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El Espantapájaros de Comala

Las lágrimas de los sauces

Capítulo 2

 

 

 

 

 

<< Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro.  En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén>>

 

El último día de su vida, Adrián no fue a la escuela. Su madre lo despertó temprano, más o menos a la hora a la que lo despertaba los días que sí acudía a la escuela. Probablemente mamá sabía que no habría escuela pero no se había parado a pensarlo un instante para ser consciente de ello y por eso le había despertado. También podría ser porque no estaba bien que el último día de una persona se despertase demasiado tarde como para malgastarlo en la cama, pero no era probable. Adrián nunca se despertaba tarde porque hasta dormía con el nervio propio de los niños. Y mamá tampoco se había parado a pensar que era el último día de Adrián como para hacerle madrugar por ese motivo. Tal vez le había despertado a esa hora solo por costumbre, porque siempre le despertaba a esa hora.

Cuando la mujer entró en la habitación Adrián aún dormía. Estaba hecho un revoltijo entre las sábanas y mantas. Pasó sin cuidarse de no hacer ruido. Fue hasta la ventana, aquella ventana desde la que siempre se veía al abuelo Melquiades, retiró las cortinas con sendos golpes de muñeca y subió la persiana hasta que dio golpe en el tope. La mañana comenzó a corretear por la habitación y dio un salto en los párpados cerrados de Adrián, a esas horas tan tempranas más que guardar dos iris marrones y dos pupilas negras sus ojos parecían custodios de un lejano faraón egipcio. Desde ese momento Adrián ya sabía que algo no iba como debiera porque mamá le había dicho un “buenos dormilón” más forzado que de costumbre, aparentando una normalidad que desde luego no existía. Con una voz impostada y mentirosa. Era muy difícil que Adrián engañase a mamá, pero también era muy difícil que mamá engañase a Adrián. Y mucho menos en cuanto a su estado de ánimo.

Despegó los ojillos despacio como si llevasen sellados durante años y pesaran como el puente levadizo de un castillo. La claridad le sorprendió y trató de cubrirse con la mano. Entonces el rayo de la conciencia le cruzó la cabeza y comenzó a pensar en la velocidad de las mañanas del desayunar, del mete este brazo por esta manga y este pie por este otro lado, lávate y enjuágate bien los dientes y el date prisa que llegas tarde a la escuela y don Félix te va a castigar. Porque él aún no sabía que no iría a la escuela. Tampoco sabía lo que había sucedido. Tras liberarse de la ropa de cama dándole patadas dio un bostezo y dos pestañeos y sus pies ya colgaban del borde de la cama dispuestos a dar un salto danzarín para ponerse de un brinco en el suelo. Entonces se dio cuenta de que hacía frío y se frotó los brazos con las manos encogiéndose de hombros, en aquel momento le hubiera gustado estar más tiempo bajo la manta. Convenía ponerse rápido en marcha por que si se quedaba allí un segundo más comenzaría a tiritar. También cuando sus ojos se acostumbraron al día se dio cuenta de que el día estaba nublado, porque más que de una mañana parecía la luz de la tarde, y Adrián sabía que eso no era normal. Seguro que el cielo estaba cubierto de nubes moradas.

Vio desde la cama como mamá hurgaba en el armario. Abría la puerta, se agachaba, cogía algo del interior y la cerraba. Y antes de que saliera del dormitorio le dijo que don Julián había muerto. Adrián sabía perfectamente lo que eso significaba.

Pero a pesar de todo no conseguía imaginar cómo se encontraría don Julián muerto. Que gesto tendría en la cara o que ropa llevaría un muerto. O si uno, por ser su último día debía de vestirse de algún modo. Porque había visto a don Julián el día anterior andando, en carne y hueso, por la calle. No sabía cómo sería ahora el don Julián muerto que tanto había conocido de vivo. Ni cómo serían las calles ahora sin él que tan acostumbradas a verle estaban.

Iba bajando los peldaños despacio, uno a uno, aún más dormido que despierto. Tan solo avanzaba con el pie derecho por que el izquierdo lo ponía en el mismo peldaño en el que estaba el anterior. Con una mano tiraba del elástico del pantalón del pijama gris porque casi le llegaba a la planta de los pies no fuera que lo pisara y diera con sus huesos y el culo en los escalones. Con la otra mano acariciaba la barandilla por si se trastabillaba poder agarrarse con fuerza rápidamente. De la parte de arriba del pijama se le salía un hombro casi entero. A menudo tenía que tirar del cuello para colocarlo bien.  Y las mangas le colgaban lo suficiente como para que le tapasen las manos si no se remangaba. Aún faltaba mucho Adrián para llenar todo el pijama.  Iba descalzo y sentía en la planta de los pies el frío del suelo, aquel frío que no marchaba ni tan siquiera en los días más calurosos del verano. Los días de puro invierno en los que se le ocurría pisar descalzo se sentía un esquimal con zapatos de hielo. A mamá no le gustaba que Adrián fuese descalzo por la casa. Decía que siempre terminaba con los pies negros y arrastrando la mierda de un rincón a otro de la casa, también si se rompía un vaso o algo podía clavarse los cristales. Y por último, y en lo que más insistía mamá, era en que podía constiparse por ello, y que si cedía en dejarle andar descalzo en verano lo tomaría por costumbre y en invierno también lo haría. A papá no le importaba aquello. No le preocupaba que moviera el polvo de la casa de un sitio para otro porque, total, ya estaba allí y daba lo mismo que la suciedad estuviera en el piso de arriba que en el de abajo, y si le veía los pies oscuros le llamaba “pies negros”, tampoco le preocupaba que se clavara nada, porque decía que eso solo le sucedería una vez que luego ya, o se pondría las zapatillas, o se andaría con cuidado de ver donde pisaba. Y por último, si sentía frío en los pies ya correría a ponerse las zapatillas, que era de tontos pasar frío cuando la cosa tenía solución. Papá sabía muy bien lo que era pasar frío. Mamá también sabía bien lo que era pasar frío, casi tanto como papá. Pero a Adrián le daba igual fuese otoño que primavera. Porque él siempre iba descalzo y con un hombro descubierto cuando no tiraba del cuello del pijama. Aquel era uno de esos días en que debería haber hecho caso a mamá y calzarse, pero era tozudo y persistía siempre.

 

-Ya queda poco, es inminente que entren, por fin.

-¿Se los oye llegar?

-No, aún no. Pero no tardarán, ya verás mujer, no tardarán en llegar

-¿Y cómo sabes tú eso?

-Lo sé, simplemente. Y estoy deseando que lleguen.

-¿Porqué?

-El orden al fin.

 

Adrián tenía cinco o seis años y un remolino en el pelo. Las viejas del pueblo decían que los niños con remolinos en el pelo tenían que ser muy malos. Pero sin embargo el hijo de Roque Pancorbo, que también se llamaba Roque, cuando don Félix se daba la vuelta él cargaba su canutillo con granos de arroz y le lanzaba un proyectil a cualquiera que estuviese concentrado en la explicación o realizando alguna tarea en su cuaderno y no tenía ningún remolino en el pelo. Entonces una de dos, o no era cierto que el tener un remolino en el pelo significaba ser malo, o convertirse en la escuela en francotirador de cerbatanas improvisadas no era tan malo. Tenía las manos pequeñas. Tanto que muchas veces los objetos más insignificantes se le caían al suelo, no era difícil ver rodando las naranjas que un segundo atrás sujetaba. Pero esto tenía una ventaja y es que sus dedos cabían en cualquier rendija y a menudo podía escarbar a ver qué era lo que se encontraba; encontrar arañas en los agujeros o arrastrar con los dedos lo que se colaba debajo de los muebles. Mamá decía que estaba tan flaco porque comía muy despacio, y como la cocina, que era donde siempre comían, a menudo estaba repleta de moscas éstas se comían toda la comida del plato antes de que él se lo hubiera llevado a la boca y por eso tampoco crecería nunca. Cuando le cambiaba de ropa, para hacerle ver lo flaco que estaba a menudo le mostraba como era capaz de rodearle el brazo uniendo el índice y el pulgar, y ante la pregunta de que si lo veía él decía que sí con la cabeza fijándose en lo largas y bonitas que eran las uñas de mamá obviando el grosor de sus brazos. También tenía las piernas delgadas y cortas y las rodillas con heridas. Parecían de juguete y le hacían tropezar con bastante frecuencia. Al abuelo Melquiades le daba miedo tan solo mirarlas cuando iba su nieto en pantalón corto no fuera a romperlas de un golpe de vista. De debajo de los gemelos le salía un hueso finísimo que le llegaba hasta el talón y parecía un palillo. Pero no todo en el pequeño Adrián era pequeño. Tenía los ojos grandes. Grandes y redondos como nenúfares. Y cuando atendía ante algo que le interesaba mucho, que era pocas veces, o se sorprendía los hacía más grandes aún. Pero por el contrario, si le entraban ganas de llorar o se enfadaba era capaz de hacerlos tan pequeños que casi le desaparecían de la cara. El labio inferior lo tenía grueso y le caía sobre la barbilla. El labio superior era más fino y a menudo se escondía bajo su vecino del primero.

Hizo todo el recorrido con los ojos cubiertos de legañas y a medio abrir por el sueño, como si tuviera telarañas. Cada dos o tres peldaños se paraba y se los frotaba con la mano enrollada en la manga. Algunas rayas de la almohada aún estaban por su cara. Antes de cruzar el marco de la puerta de la cocina dio el último bostezo de los que le quedaban y allí vio a papá sentado con su camisa a rayas azules y rojas y el café y un panecillo tostado. Ya era el segundo café que se tomaba y seguro que no el último. Adrián se sorprendió un poco al verle porque siempre que se despertaba ya no estaba, se había ido a trabajar. En el regazo de papá estaba Leire que hacía ruidos y reía mientras se atravesaba las manos con sus ojillos azules como si las hubiera descubierto por primera vez. Las escondía y volvía a ponerlas delante y se reía. Leire aún no tenía dientes y por eso a Adrián le gustaba que cuando sonreía su risa no era blanca si no rosa, y parecía un abuelo desdentado y cuando reía a él le entraban ganas de reír porque la risa de Leire se escondía detrás de los muebles y allí se quedaba volando, y cuando Leire lloraba a él también le entraban ganas de llorar porque él casi siempre que lloraba era porque algo le dolía, o porque había tropezado o se había dado un golpe en el dedo gordo y no le gustaba que a Leire le doliera nada. Porque si papá se daba un golpe no pasaba nada, porque él le miraba y papá apenas se inmutaba, pero como si se lo daba él mismo probablemente lloraría, había llegado a la conclusión que cuando uno era más pequeño sentía más dolor por las mismas cosas y por eso vivía con el miedo de que a Leire podría matarla de dolor un simple pellizco. Algunas veces, en cuanto se despistaba un momento, su hermanita le agarraba un dedo y se lo metía en la boca intentando absorberlo, y a Adrián le hacía cosquillas y le entraba la risa floja. Y mamá se reía y le decía ganso y papá también se reía aunque no mirase porque estuviera arreglando algo o mirando para otro lado.

 

-Puede que no pase nada.

-En todos los sitios están pasando cosas.

-Ya, pero aquí va a ser diferente. Siempre, dentro de lo que cabe nos hemos llevado bien.

-¿Bien dices? ¿Alguna vez el silencio indicó normalidad?

-Eso no significa que aquí tenga que pasar algo.

-¿Estás seguro?

 

 Adrián se acercó a papá, le dio un beso en la mejilla y éste le devolvió un “buenos días, hijo” sin separar la vista del mantel, rodeó la mesa y se subió a su banquetilla delante de un vaso de leche y dos trozos de pan que su madre habría tostado hace poco. El café de papá seguro que ya estaba frío, porque no bebía de él ni parecía querer hacerlo. Su panecillo estaba a medio comer encima del mantel que tanto observaba. Mamá siempre tostaba el pan que sobraba el día anterior para así desayunar. A veces sobraba mucho pan y otras veces nada, y cuando no sobraba nada había que tostar el pan que se había guardado de los días que había sobrado mucho. Adrián sabía perfectamente porque papá no tenía ganas de revolearle el pelo ni de pellizcarle el ombligo, ni de sonreírle ni de mirarle cuando le decía buenos días hijo como hacía los domingos. Toda la cocina estaba ocupada por una neblina olor a café recién hecho, leche fresca, moscas, panecillos recién sacados del horno y las risitas de Leire jugando con sus manos. También quedaban restos del café que papá se había tomado hacía ya un rato y que mamá había dejado hecho la noche anterior. También olía al café nuevo que estaba tomando papá y el que aún estaba en la cafetera. Dio un bocado a su panecillo y se convirtió en una gran pelota bajo el carrillo mientras observaba jugar a su hermana; una mano, otra mano, se escondían y volvían a aparecer, cinco ramas de olivo que nacían de un matamoscas y que Leire movía una y otra vez y las sacudía entre risas queriendo deshacerse de ellas. Adrián pensó que a lo mejor les estaba buscando el nombre, el ya no podría porque sabía el nombre de casi todas las cosas del pueblo pero Leire no, y si le decía que los girasoles se llamaban chicharras y que las nubes se llamaban sartenes seguro que igualmente lo iba a dar por bueno. Por un momento la envidió, si hubiera estado en su lugar aún estaría a tiempo de poner nombre a las cosas antes de que se lo hubiera puesto mamá, papá y el abuelo Melquiades, aunque luego le hubiera tocado decir a mamá, papá y al abuelo Melquiades como se llamaban las cosas. Así podría haber llamado a todo como le diera la gana. De nunca entendió porque la palabra oscuridad era tan larga cuando ni siquiera se veía.

Era martes, y Adrián sabía que los martes papá no estaba en la cocina cuando él se levantaba, ni sentado, ni con Leire en brazos. Porque los martes su padre se despertaba antes que él. Mamá casi siempre se despertaba al mismo tiempo que papá. Y Leire al fin y al cabo se despertaba cuando le daba la gana y casi siempre cuando menos le apetecía a los demás. Porque podía ponerse a llorar a todo volumen en medio de la noche y despertar a todo el pueblo. También podía empezar a quedarse dormida cuando Adrián más ganas tenía de hacerla cucamonas y a veces pensaba que porque las cosas no podían ser más sencillas y que Leire tuviese sueño cuando él lo tenía y ganas de jugar cuando él quería jugar. Adrián sabía perfectamente porque papá no había ido a trabajar. Ni los mayores estarían trabajando ni los niños irían a la escuela. Porque don Félix tampoco hubiera ido a la escuela, y si don Félix no iba a la escuela no tenía sentido que ningún niño fuese a la escuela. Todos los padres estarían en casa, desayunando café en silencio, y leyendo el periódico sin ganas de decirles nada o mirando el mantel. Y todos los hijos estarían guardando panecillos masticados en los mofletes mientras veían a sus padres leyendo el periódico. Y pensando que estaba bien no tener que ir a la escuela, pero no de aquella manera.

Hasta ese momento Adrián no había conocido a nadie que se hubiese muerto y pensaba que las personas estaban en el mundo sin más, sin principio ni fin. Que el mundo no se renovaba y las personas formaban parte de un todo pequeño que no se movía de cuanto él conocía. No sabía si a partir de ese momento una sombra sustituiría a don Julián. Una sombra que hiciese todas las cosas que hacía don Julián en vida. Así él habría muerto tranquilo y la gente no le echaría tanto de menos. Acababa de morir y estaba más vivo que nunca para él.

Todo el pueblo pensaba que Leire no tardaría en hablar. Lo pensaba mamá, papá y el abuelo Melquiades. Cuando estaba jugando sentada en la mesa, o en el sofá todos  se le quedaban mirando como si esperase que de un momento a otro soltase los juguetes y se pusiera a señalar las cosas que la rodeaban y a decir su nombre. Y es que Adrián tardó tanto tiempo en comenzar a pronunciar sus primeras palabras que por una especie de compensación tácita del destino, todos creían que Leire debería de recuperar todo el que había perdido su hermano.

Muchas veces estaba el Adrián bebé que fue tan tranquilo y llegaba alguien con algo en la mano y comenzaba a silabear aquel objeto delante de las narices de Adrián, que miraba aquello con ojos bizcos, como si de aquel modo él pudiese sacarse el chupete de la boca y decir “na-ran-ja”. Pero tras observar que tan solo sacaba algunos sonidos guturales todos se daban cuenta de que había sido un paso en falso. Hasta que una tarde mamá le oyó por primera vez decir algo parecido a una palabra con sonidos más o menos articulados pero que no formaban parte de ningún sistema fonético conocido, como si se hubiese estado guardando las palabras para aquella ocasión. Pero ahí no terminaba todo. Cuando Adrián empezó a hablar se dio cuenta de que algo raro pasaba, porque él entendía a las personas, pero las personas no le entendían a él. Y él creía que decía las cosas bien, porque así era como debían de ser dichas y como él sabía decirlas, pero nadie más lo debería ver de ese modo. Esto le trajo muchas horas de dudas y moscas en la cabeza.  Eran muchas las veces que delante del espejo, donde mamá se ponía guapa los domingos, se cuadraba y pronunciaba sus palabras. “Pues no puede ser” pensaba a menudo “pero si yo me entiendo perfectamente”. Entonces bajaba las escaleras corriendo y se encontraba con su madre, abría la boca y pensaba que esa prueba no valía porque mamá siempre le entendía cuando hablaba y cuando no hablaba, cuando reía sabía porque se reía y si algo le dolía mamá le miraba al fondo de los ojos y le decía te duele aquí o te duele allí acertando sin titubear, incluso cuando comía caramelos de mas o jugaba a las piedras con los niños más mayores del colegio y llegaba a casa y su madre lo llamaba y lo castigaba porque olía a culpa, y él se olía una y otra vez y no se olía nada raro, pero mamá seguía diciendo que olía a culpa. También es verdad que a veces se equivocaba; como cuando iba a casa la madre de Pedro “el ciento” o alguna vieja del pueblo y se ponían a hablar y mamá le decía a Adrián que tenía ganas de hacer pis y que fuera al baño, y él no tenía ganas pero tenía que ir porque si no mamá le echaba una mirada de las de “luego toca pescozón”. No, mamá no valía para su prueba. Pero realmente daba igual, porque tampoco sabía lo que trataba de decirle por mucho que le hiciera creer que sí, incluso le seguía la conversación de un modo más o menos lógico. Entonces echaba a correr y se encontraba con papá y le hablaba y papá parecía no enterarse de nada y se quedaba con cara de tonto cuando le veía irse tan rápido como había llegado, o corría hasta la tienda de la Matilde y la Matilde no sabía que quería comprar el pequeño Adrián. De todos modos si la Matilde le hubiera entendido solo hubiera servido para reforzar su autoestima porque no tenía ni una moneda en los bolsillos para pagar lo que pedía. “Pero será posible” pensaba muy a menudo, “estos adultos o se han vuelto todos gilipoyas o se han olvidado de las palabras”. Se pasó mucho tiempo escuchando a los mayores las palabras que decían, pues podría haber sido que llevaban todos tanto tiempo allí, sin salir, que igual que se habían olvidado de los nombres de la gente que ya no veían también podrían haber olvidado todos aquellos objetos que ha fuerza de nombrarlos parecían no ver, pero por más que aguzaba el oído no parecían haber olvidado palabra alguna, es mas conocían palabras que Adrián desconocía. No, las palabras no habían escapado de las bocas de los mayores.

Por lo tanto uno de esos días en que las moscas le revoloteaban la cabeza dio con una idea, como si una libélula se le hubiera colado por las orejas y hubiera espantado a todas las moscas con su luz, “pues va a ser… que a lo mejor es que yo hablo en otro idioma y por eso yo entiendo a las personas pero las personas no me entienden a mi”. Se pasó días y días pensando que podría hacer con sus palabras, tal vez todos aprendieran aquel idioma nuevo a fuerza de oírle. En momentos mamá se lo quedaba mirando como si se estuviera poniendo rojo entero del esfuerzo y la lucha que se estaba gestando en su cabeza, hasta que por fin calló en la cuenta. Si cuando mamá le pedía lentejas a la Matilde y la Matilde se equivocaba y le daba arroz, cuando mamá llegaba a casa y se daba cuenta volvía donde la Matilde y se lo cambiaba. Pues él podría hacer lo mismo; llegar al mostrador y decirle a la Matilde que le disculpase, pero que estaba equivocado y necesitaba que lo cambiasen porque hablaba en otro idioma que no era el que hablaba todo el mundo y nadie le comprendía. Pero… ¿y a quien se lo diría? Porque la Matilde vendía garbanzos y chocolatinas pero no sabía nada de niños porque regañaba a Maruchilla cuando pintaba rayuelas en la puerta de su tienda, como si fuesen más importantes las lentejas que las rayuelas, y además menos mal que no tenía que acudir a la Matilde porque ella nunca le entendía. No, no podía ser. Se contaba sus problemas a sí mismo en aquel lenguaje extraño que nadie comprendía. Muy bajito, casi en silencio. Y como mediante aquel diálogo consigo mismo no conseguía sacar nada en claro, trataba de explicarlo a objetos inanimados, a rocas por ejemplo, o a los pájaros que pasaban volando como si esperase que saliera una voz del entresuelo y le dijera que era lo que debía de hacer. Por las noches, como sintiéndose más íntimo en la oscuridad, era cuando más hablaba consigo mismo. Desde entonces haría como mamá cuando hablaba con los ojos, y le echaba esas miradas cuando jugaba en la plaza y él solito ya sabía que cuando llegase a casa y se quitase la chaqueta se iba a llevar dos o tres collejas. O cuando papá rompía algo y mamá giraba la cabeza como si fuese una lechuza y papá se quedaba petrificado. Eso haría.

Entonces lo intentaba una y otra vez. Cuando algo se le preguntaba él comenzaba a mover los ojos pronunciando con los párpados todo lo que no conseguía con los labios. Y se imaginaba que sus pestañas se curvaban y se estiraban y que en vez de guiños salían palabras. También señalaba y eso le ahorraba mucho esfuerzo, porque de ese modo no tenía que pestañear  tanto y así no le dolía tan pronto la cabeza. Creía que a los que usaban la boca para hablar tenía que dolerles mucho la garganta. Pero no solo no conseguía expresar lo que quería sino que además mamá empezó a pensar que tenía tics moviendo de aquella manera los ojos como si quisiera dar palmas con las pestañas. Y mamá fue a preguntar a Petra, y a Carmen y también a don Félix, que si alguna vez habían visto a un niño con tics en los ojos. Y luego iba con Adrián en la mano para que vieran en primera persona una demostración de todo aquello que les contaba. Y ellos contestaban que no, que era muy extraño. Y que nunca habían visto nada así, ni tan siquiera parecido. Fue cuando decidió que jamás trataría de hacerse entender de más ya fuera con la boca o con los ojos y que el que quisiera saber que pensaba o que quería se molestase en entenderle o en imaginárselo o en seguir la dirección de su dedo.

 

-Corre Vicente, corre. Dicen que ya entraron, que cogieron a tu padre.

-¿Qué es lo que estás diciendo? ¿A quién dices que cogieron?

-Al alcalde señora, al alcalde le cogieron. Ya entraron

-¿Tan pronto? Aún no se les esperaba

-Sí, entraron. Ya entraron. Corre muchacho corre que cogieron a tu padre.

 

Al rato bajó mamá con ellos que habría estado terminando de hacer la cama de Adrián. Se sentó frente a papá y ni siquiera lo miro si no que se quedó cabizbaja frotándose las manos una y otra vez. Mamá estaba con la mirada perdida como si en su taza de café hubiera habido un naufragio, papá sin despegar los ojos de las rayas del mantel y alguna vez observando por el rabillo del ojo que era lo que estaba haciendo Leire. Leire estaba descubriendo sus manitas con sus uñas, con sus laderas y cordilleras, y las moscas revoloteando alrededor de la ventana como si su existencia se basara en eso, como si algún día el rey de las moscas le hubiera dicho a una mosca “pues mira mosca, aquí mando yo, y tu a partir de ahora y hasta que te hartes de vivir te lo vas a pasar revoloteando al lado de la ventana de la cocina de casa de Adrián, y si no te hartas de vivir, que es lo más fácil, tampoco te preocupes porque te vas a morir igual, al fin y al cabo solo vas a revolotear”. Si hubiera tenido vida propia el panecillo de papá hacía ya mucho rato que habría salido corriendo medio mordido, porque prácticamente lo tenía olvidado sobre el mantel. Todo esto había durante el desayuno cuando mamá empezó a gritar a Adrián, sin causa aparente, que desayunara más rápido, que era muy lento, que cuando se tragase el pan ya iba a ser de antes de ayer. Adrián no le vio sentido pero aún así se limitó a bajar la cabeza y tratar de comerse los panecillos más deprisa; royendo más rápido con sus paletas de leche y haciendo fuerza con los carrillos para que la miga se disolviera en la saliva. Un día de colegio eso era válido porque desayunaba muy despacio y podría llegar tarde al cole y no esperarle ni Pedro “el ciento” y llegar a la escuela y que don Félix le diera la bienvenida con un castigo y que después, a la hora de salir, se tuviera que quedar borrando las pizarras, pero sabía que probablemente Pedro “el ciento” le estuviera esperando, pero don Félix no, y Pedro “el ciento” nunca tenía prisa y probablemente mamá también lo sabía pero como siempre se lo decía aunque fuera el último día se lo iba a seguir diciendo, tal vez, a lo mejor, solo por costumbre. Porque así lo hacía siempre.

En la cocina también hacía frío a pesar del fuego y del café recién hecho, tal vez algo menos que en el dormitorio por todo esto. Pero nadie le hacía ya caso al frío.

Adrián muchas veces se preguntaba que como podía ser aquello de que estuviese siempre regañándole y porque mamá era dulce con todos los niños del pueblo menos con él. Cuando algún niño iba a su casa a merendar después de la escuela mamá siempre se paraba a hablar con él, le preguntaba por sus padres, por sus estudios, le preguntaba que quería merendar, cuál era su juego favorito –mamá a veces se acordaba de que un día también fue niño-, incluso cuando les curaba las heridas parecía que los acariciaba suavemente y apenas se quejaban… pero con él… con él era muy diferente, le regañaba por no lavarse las manos después de comer, por no cepillarse los dientes antes de irse a dormir, por no hacer bien la tarea, por salirse de las líneas al escribir, por confundir una resta con una suma, en fin que le regañaba por casi todo. Y sin embargo no se daba cuenta de las cosas más importantes; que era capaz de hacer que los cantos dieran saltos en las charcas y volver a caer, que también podía mover el dedo meñique como si no tuviese hueso o de que le gustaba ver a las hormigas meterse en un agujero cargadas de semillas que se habían encontrado. De todos modos, pensaba a menudo, a lo mejor por eso cuando era más pequeño, tanto que no se acordaba ni de cómo eran sus ojos, ni sus manos, aquella podría haber sido la forma de darse cuenta que mamá era su madre. Porque su madre también habría podido ser la madre de Pedro “el ciento”, o la Matilde su madre o la madre de Maruchilla, y se podría haber equivocado. De este modo, lo más probable, es que se hubiera dado cuenta que su mamá era dulce con todos menos con él y por eso no quedaba otra posibilidad de que aquella fuera su madre. Porque la madre de Pedro “el ciento” también era agradable con él y sin embargo a Pedro lo regañaba a menudo, hasta por esas cosas de las que mamá decía que podía aprender de él a la propia madre de Pedro “el ciento” le sacaban de quicio. A lo mejor a papá le podía haber pasado lo mismo, si no ¿Cómo sabría él que era su mujer?, posiblemente en la escuela mamá fuese buena con todos los muchachos  menos con papá y así papá se hubiera dado cuenta de que era su mujer del mismo modo que Adrián se había dado cuenta. Mamá, en la escuela, podría haberle empujado del subibaja o haberle tirado piedras a la cabeza cuando salía de la escuela. Y a Adrián le daba miedo porque a él ninguna niña le tiraba piedras en la escuela ni le empujaba por las calles y no quería quedarse solo cuando fuera mayor en las noches que eran muy oscuras y a él le daban miedo. También era cierto que la única niña de la escuela era Maruchilla y que de mayor tendría que ser la mujer de todos los niños. Pero no, eso no era posible porque mamá siempre era dulce con papá, incluso cuando papá no se lo merecía y se enfadaba con las noticias que llegaban del otro lado del puente, o cuando se daba con el martillo en un dedo y llenaba de mierda a todos los santos y a toda la corte celestial. Eso no podía ser, seguro.

 

-Ahora ellos están aquí ¿no queda sitio para nosotros?

-Parecer ser que no, no lo hay, no.

-Vaya, no sé porqué.

-Dime, estando nosotros, todo en orden ¿hubiera habido sitio para ellos?

-Tal vez no, probablemente no. No

 

Hacía un rato, antes de que Adrián se despertara, papá aún estaba en casa preparándose para salir cuanto antes y mamá estaba tostando los panecillos del desayuno y preparando café. Alguien llamó a la puerta, de forma airada, con los nudillos. Ni mamá ni papá se esperaban que nadie llamase a esas horas tempranas en casa. Mamá le dijo a papá que si podía abrir él, que ella estaba con los panecillos y que si no se le quemarían. Entonces fue papá a abrir metiéndose los faldones por dentro del pantalón y abrochándose el cinturón. Al otro lado se encontró a Alfonso Pancorbo con la cara pálida, como si hubiera visto un fantasma. Se había quitado la gorra y la hacía un ovillo entre las manos de forma nerviosa, luciendo un pelo ralo que pocas veces mostraba. Papá se preguntó que qué estaría sucediendo y le fue respondido antes de que ni siquiera saludara a Alfonso, ni le invitase a pasar ni le dijera nada. Le dijo que don Julián había muerto. Que Carmen aún estaba gritando como una loca en la puerta de su casa. A papá se le quedó la misma cara que a Alfonso y a mamá, que lo escuchaba todo, se le quemaron los panecillos a pesar de tenerlos a un palmo de las narices. Entonces papá cerró la puerta sin darse cuenta de que Alfonso seguía quieto frente a ella con la misma piel pálida y la gorra echa un nudo, pero las palabras ya habían entrado en casa y Alfonso no parecía tener la intención de querer entrar. No hacía falta que saliera ya. Dadas las circunstancias a Alfonso aquello no le molestó, tal vez ni siquiera se había dado cuenta. Y papá se fue a la cocina cabeceando síes al suelo y se sentó en el mismo sitio del que no se movió en toda la mañana. Ya no era necesario que fuese a trabajar porque nadie iría a trabajar. Sabía perfectamente lo que eso significaba.

No hacía falta ya que subiera arriba del todo con su hacha, y se pusiera a cortar los troncos de Noviembre. No tenía porque arrancar las ramas bajas ni hacer caer los árboles al suelo apartándose de un salto. Tampoco era necesario que atase todo eso con sogas, y las dejara en el cauce del río para que corriente abajo llegaran hasta el pueblo y las fuera recogiendo la gente que necesitaba más leña o más madera. Tampoco tenía que llevar colgadas sus herramientas ni llevar puesto el abrigo gordo de lana. Aquellos a los que la noticia les había cogido faenando ya habían vuelto a sus casas con la misma cara de fantasma que ahora tenían Alfonso y Tomás.  Zacarías estaba trabajando cuando se enteró. Vicente iba de camino, con su escopeta al hombro. Nicanor estaba en cuclillas con las manos sobre algún hierbajo cuando oyó los gritos. Y ahora todos ellos y alguno más tenían cara de haber visto un fantasma. De haber visto un fantasma y de esperar a ver que decía “El manco”, que tenía respuestas para casi todo.

Papá era alto. Era más alto que el abuelo Melquiades que como ya era abuelo se había ido encorvando para acercarse a la tierra. Tenía las espaldas anchas. Mamá de joven le decía que quería vivir colgada de sus hombros. Y papá pensaba que a él le hubiera gustado vivir en el ombligo de mamá. Pero papá nunca decía esas cosas porque pensaba que esas cosas solo podían decirlas las mujeres y que los hombres solo podían sentirlas. Porque según él los hombres no pensaban, tenían que sentir, las mujeres eran las que debían pensar porque se les daba mucho mejor a ellas. Cuando caminaba, los pies parecía que se fuesen a desenroscar de los tobillos y quedarse en el suelo bailoteando porque siempre apuntaba con el dedo gordo hacía el exterior. Su cara era similar a la de Adrián, se parecían bastante. Pero tal vez le brillaban mucho menos los ojos. También tenía una nariz prominente que le daba un perfil con aire importante e imponente. El pelo lo tenía lacio y casi negro, el flequillo le caía sobre la frente y a veces lo apartaba de un soplido.  Rara vez se enfadaba, pero cuando se enfadaba hacía temblar toda la casa y le salían de la boca truenos y sapos. Adrián pensaba que las personas mayores solo se enfadaban por cosas importantes e imaginaba que de mayor, en su caso, sería así. Que solo se enfadaría por cosas importantes. Así que ahora que estaba a tiempo tenía que aprovechar para enfadarse de vez en cuando por tonterías.

Un día, estaba Alfredo tirado en la plaza del pueblo, llorando a lágrima viva y pataleando en el suelo. Como si el suelo tuviese toda la culpa de sus desgracias. Cuando le preguntaban que porqué lloraba él respondía que porque estaba muy enfadado, enfadadísimo. Y por más que insistían en preguntarle que porqué lloraba él lloraba y lloraba más. Hasta que por fin el berrinche le permitió hablar y dijo que estaba enfadado porque se había comido un caramelo y volvió a llorar como si le estuvieran matando. Petra se le acercó y le dijo que no se podía llorar porque uno se había comido un caramelo que eso era bueno y solo se podía llorar por cosas malas. Petra siempre era muy dulce con todos los niños, porque ella no tenía hijos y de siempre quiso tener hijos y lo compensó amadrinando a todos los niños como si fuesen suyos. Entonces él la dijo que lloraba porque quería comerse otra vez el caramelo y Petra sacó un caramelo de su delantal y se lo metió en la boca a Alfredo casi sin que le diera tiempo a reaccionar. Fue cuando Alfredo se puso a llorar más y más y con más rabia incluso luciendo el bulto en la mejilla del caramelo y Petra le preguntó que porque lloraba ahora y él contestó que lloraba ahora más fuerte porque él no quería un caramelo si no que quería el caramelo que se había comido antes. Petra reconoció mentalmente que aquel niño lloraba por una razón sincera y profundamente justificada y trató de convencerle de que lo que pretendía era imposible. Pero no lo consiguió y Alfredo estuvo todo el día llorando hasta que dejaron de hacerle caso. Por cosas así era por lo que Adrián consideraba que merecía la pena enfadarse de verdad. Pero papá a veces también se enfadaba por tonterías aunque Adrián no se diera cuenta. Y al día siguiente, cuando había dormido de mal humor, se levantaba más cabizbajo de lo normal y sintiéndose ridículo por su comportamiento anterior. Mamá se enfadaba más a menudo que papá pero los enfados le duraban menos, y nunca se sentía culpable. Tal vez porque tenía más práctica en eso de enfadarse. Y enfadarse era como la ortografía; cuando uno más lo practicaba más maestría se conseguía.

 

-¿A quién dice usted que se llevaron ahora?

 

Cuando por fin terminó Adrián de desayunar subió las escaleras detrás de mamá para ir al baño. Allí le preguntó que si no tenía ganas de hacer pis y él contestó que no con la cabeza. Allí también le preguntó que si tenía ganas de hacer caca y él volvió a contestar que no.  Apoyándose con los brazos se aupó sobre la pila y se quedó mirando un ojo y al otro. Se quedaba fijamente mirando el uno pensando que cuando creciera sería un gran alivio porque no tendría que auparse en la pila y tendría las manos libres para poder medirse los ojos. Pero también pensaba que el verdadero alivio era darse cuenta de una vez por todas de que no existía diferencia alguna. Y luego miraba el otro convencido de que la apertura era menor. Miraba este último de nuevo con cuidado, sin que se le escapase el menor detalle, y volvía a decepcionarse porque veía el otro más abierto. Así una y otra vez. Había tomado esa costumbre de medirse los ojos con la incertidumbre de si uno estaba más abierto que el otro. Muchas veces cuando volvía a casa con Pedro “el ciento” y había charcos en la calle se paraba en seco para poder mirarse no fuese que hubieran cambiado en un instante, hasta que Pedro “el ciento” se daba cuenta que iba hablando solo y se daba la vuelta y veía a Adrián mirando los charcos. Pedro “el ciento” pensaba que trataba de ver si había hormigas ahogadas o si allí había aparecido de repente un barco de papel cargado de piratas. Comenzó a mirarse y sentía que la carne que le cubría el cuerpo no le pertenecía a él si no que era un traje prestado y que podría arrancarse la nariz, ponerla sobre el lavabo y probarse una nueva que fuera de otra persona. Porque en aquel instante se sintió dentro de un cuerpo extraño, como si solo le pertenecieran los huesos y las tripas. Pero no los ojos, ni las orejas, ni los labios. Y podía salirse de allí y coger otro cuerpo. Y por un instante dejó de lado sus ojos y su propio ser para ver allí a los dos reflejados, él mirando fijamente y mamá moviéndose tras él.

Mientras esto hacía pasó mamá detrás de él y la vio reflejada en el espejo. Vio su pelo castaño que le caía por las orejas, como algunos rizos habían escapado de la coleta y caían sobre las clavículas. También vio las caderas estrechas que se juntaban por encima de la cintura y luego volvía a expandirse. Entonces le vino a la cabeza que qué sucedería cuando todo hubiese terminado. Que tal vez aquellos que estaban al otro lado del espejo se quedarían quietos eternamente, tal como quedaron la última vez que alguien se asomó ante ellos, esperando a que un nuevo niño se mirase fijamente y una madre pasara detrás de él para que pudieran volver a cobrar vida. Debería ser muy aburrido quedarse allí quieto sin poder hacer nada hasta que alguien se le ocurriera asomarse a verlos. Sería algo así como un eterno escondite inglés sin nadie que ligase. O también podría ser que dejasen de ser el reflejo esclavo de alguien y podrían ejecutar sus propios movimientos dejando de ser imitadores de nadie mientras no los mirasen, pero si a alguien se le ocurría asomarse a mirar deberían de adoptar rápidamente la forma en la que habían quedado quietos, no levantasen sospechas. Que cuando la gente se fuera del espejo ellos sacarían sus juguetes e irían allí dentro a su propia escuela con sus propios amigos. Por un momento pensó que también era una posibilidad el que las personas del otro lado del espejo fuesen seres reales, los que realmente vivían y reían e iban a la escuela y cocinaban y mamá y él, sin saberlo, los que se dedicaban a ejecutar los gestos que otros hacían, a imitar la vida que otros habían decidido vivir. Y que cuando todo terminase los señores del otro lado del espejo podrían estar tranquilamente sin que nadie los observase y sin que nadie hiciera lo que ellos querían hacer. Tampoco era difícil que así fuera.

Cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos y allí apareció un hombre montando sobre un monociclo haciéndolo marchar delante y atrás y sorteando bestias que se le cruzaban: leones y osos encadenados, iguanas gigantes que entraban de los límites del espejo amenazaban con una mandíbula feroz y ratas escondiéndose tras las piedras que se asomaban cuando nadie las miraba. También había un payaso, con nariz roja de payaso y ojos pintados de payaso, tenía media cara cubierta de espuma y se afeitaba con una navaja mirándose en un espejo ¿sería aquel espejo en el que estarían mamá y él mismo reflejado? Un hombre andaba sobre la cuerda de la ropa, atravesando el cielo, con una pértiga larga en sentido horizontal. Y un hombre menudo y con barba arrastraba una jaula en cuyo interior un monstruo con apariencia humana daba voces y amenazaba romper los barrotes. Dos hombres delgados caminaban con unos zancos, y dos chinas diminutas se ponían morritos la una a la otra. También había un hombre con harapos y boina que estaba sentado en el suelo sin más. Hasta que mamá le regañó por quedarse embobado como un tonto mirándose al espejo y por perder siempre el tiempo.

 

-Dicen que allí se lo encontró.

-¿Y donde es allí?

-Pues allí hombre, allí. Cerca del cuartelillo ¿Donde va a ser si no?

-¿Y qué pasó entonces?

-Lo señaló delante de aquellos hombres que no son del pueblo. Y dijo esto y lo otro de él. Como si no le conociera nada más que de malhabladurías.

-¿Se lo llevaron?

-No, de momento no. Pero no tardarán en hacerlo.

 

Mamá empezó a quitarle la parte de arriba del pijama gris mientras él estiraba los brazos para facilitar la tarea. Cuando se la hubo quitado, le dijo que se fijase bien lo delgado que estaba, que eso le pasaba por comer tan despacio. Que cada día estaba más flaco y las moscas de la casa más gordas y algún día habría en la cocina una mosca tan espabilada que se haría gigantesca y se los comería enteros, con zapatos y todo. Que se fijase bien en cómo se le marcaban las costillas, que parecía tener la piel de cristal de tanto que se le veían, y que como no tenía chichas bajo las costillas había hueco suficiente para que las golondrinas pusieran un nido. Y que algún día por eso su corazón sería entero de paja y podría deshacerse si llovía. También si bebía agua con mucho ímpetu. Adrián pensó que le gustaría tener un nido de golondrinas debajo de las costillas porque así le acompañarían a todos los sitios y nunca estaría solo. Y las oiría piar y hasta podría darles de comer. Vería crecer a las más pequeñas y escapar de su pecho saliendo por la boca. E irían a visitarle. Y si llovía con llevar paraguas o guarecerse valdría, para que no se mojasen las golondrinas y su corazón no se deshiciera.  Y antes de que se diera cuenta se vio con una camisa blanca y un pantalón gris por encima de las rodillas. “Ten cuidado que siempre te caes y luego te despellejas las rodillas de tanto caerte” le dijo su madre. Tenía puesta la ropa de los domingos, pero él sabía que no era domingo porque era martes. Sabía perfectamente porque no tenía escuela, porque papá no había ido a trabajar y porqué llevaba puesta la ropa de los domingos. También sabía que mamá no tardaría en darle la rebeca para que no pasara frío, y que no podía quitársela aunque sudase que si no podría resfriarse, y muchos menos si llovía. Porque tenía pinta de llover, y si llovía, le dijo mamá, que volviese rápido a casa no se empapase. O que se quedara en la calle. Total, si era el último día. Pero siempre se acababa quitando la chaqueta dijera lo que dijera mamá.

Cuando a punto estaba de salir por la puerta de su casa papá le gritó que, como siempre que no había escuela, no se olvidara de ir a ver al abuelo Melquiades antes de ir a buscar a Pedro “el ciento”. Él pensó que lo veía siempre porque desde la ventana de su habitación se veía la puerta de la casa del abuelo y él siempre estaba allí, sentado, en la piedra que estaba debajo del árbol ¿el abuelo Melquiades también tendría un espejo donde se vería su oreja cortada? A lo mejor se le había roto y por eso estaba siempre allí quieto. O tal vez el señor al que reflejaba se hubiera muerto. Como no le importaba demasiado y lo hacía todos los días que no tenía que ir escuela lo acató sin protesta alguna. Le dio un beso a Leire. Le dio un beso papá elevándose en la punta de los pies y se marchó.

Abrió la puerta tirando de ella con las dos manos sujetas al picaporte y una vez fuera dio un portazo para cerrarla y que no quedara entreabierta. Se quedó un momento parado viendo el suelo; estaba mojado y en el uniforme cemento se habían formado pequeños charcos. En el cielo había nubes moradas. Por sorpresa oyó un traqueteo que se acercaba a él ¿de dónde podría venir? Acercándose más aún identificó un galope que se le aproximaba. Tan rápido como pudo reaccionar se pegó fuertemente a la puerta todo lo que pudo pareciendo que quería entrar de nuevo en la casa sin ni siquiera abrir la puerta. Y vio pasar a unos palmos de sus narices un caballo negro corriendo todo cuanto podía, sin rumbo a pesar de que iba a salir por una calleja, solo por el hecho de correr mientras que Adrián observaba, asustado, con los ojos como platos. La velocidad del animal hizo que se le moviera el cabello y por un momento se le erizara el flequillo. Aquel caballo negro con las crines salvajes parecía un alma que llevase el diablo y probablemente no sabía ni a donde iba ni de dónde venía. Adrián tampoco lo sabía.

 

 

Capítulo 1

Miró todo asomándose desde la loma en la que se encontraba haciendo un barrido con su vista de izquierda a derecha. No era la noche más luminosa de la historia pero ello no impedía que gran parte del pueblo se viera lo suficiente. Había menos estrellas de lo normal, como si un zarpazo invisible las hubiera espantado. Fue entonces cuando se preguntó cómo podría alguien vivir en aquel lugar durante tanto tiempo. No, al lugar no le sucedía nada en especial. Pero, sin embargo, todo Zoar parecía descansar sobre la palma de la mano de un demonio. Como si la mano de aquel demonio sujetase los cimientos, las raíces de los árboles y entre sus líneas serpenteasen los ríos. Sintió que de un momento a otro rompería la tierra agrietada un puño invisible y comenzasen a recorrer todo aquello lenguas de azufre. Nada parecía indicar que fuera así realmente pero, sin embargo, era la sensación que daba. Un aire raro. El lugar no tenía nada de atípico, tal vez algo más pequeño incluso de lo que había imaginado. Y ya lo había imaginado demasiado pequeño. Había resultado tan difícil localizar todo aquello. Olía a lluvia pero aún no llovía y el cielo parecía despejado. El lugar tenía un río que se veía a lo lejos, y si no era un río era algo parecido. Pero no era ese tipo de olor a humedad, si no olor a lluvia. Pronto comenzaría a llover, lo intuía. A su derecha quedaba una casa, no muy lejos de donde se encontraba. Era la última casa, o la primera, según se mirase. No era ni grande ni pequeña. Era una casa normal. Con todas las connotaciones de la palabra. Tal vez había en ella una mezcla de solemnidad y humildad. Pero nada más. Después había un camino que bajaba. Algunas callejas que se veían estaban formadas por casas que goteaban del suelo y parecían asomarse a la noche. Poco más se podía observar hasta el puente del fondo, que estaba sobre el río. El río sonaba como un rumor en la noche fresca. Y el ruido del río hacía que pareciera la noche más fría aún. Sobre el agua que llevaba el río la luna había engordado. Y una parte de ella se reflejaba en el río. Era una lástima que no cupiera por completo. Tan solo se veía como si girones de luna hubieran caído y estuviesen remando corriente arriba. Pero la luna se veía completa. Tan solo su reflejo era incompleto por manchas de sombras y de luces producto de su propio reflejo. Que inhóspito resultaba aquel lugar. Antes de que se diera cuenta la luna había desaparecido del río. También había desaparecido del cielo. También habían desaparecido las pocas estrellas que volaban. Algunas gotas afiladas comenzaban a atravesar el cauce. Resultaba una lluvia intermitente, en un principio no parecía que lloviese demasiado. Nunca nada tan normal había resultado tan lúgubre.

 

Arrastrando los pies en unas zapatillas que hacía ya mucho tiempo habían dejado de ser nuevas, con pasos lentos y cortos, como si un inexplicable magnetismo le impidiera separarlos del suelo más de dos dedos, se aproximó a la ventana. Con el pulgar y el índice de la mano derecha haciendo pinza tiró de la delgada cinta carcomida y amarillenta. Resultaba increíble ver la rapidez con que envejecía todo. Ante él apareció la ventana desnuda imperturbable ante la proximidad de la mañana. En la otra mano llevaba el candil. El candil con la vela encendida. Le vela no era indispensable, es más, ni siquiera era necesaria, pues con pulsar el interruptor de la luz podía conseguir toda la luminosidad que quisiera y necesitara, pero era una de sus costumbres inamovibles; recién despierto encender la vela del candil y antes de dormir vigilar que no se hubiera consumido por completo para evitar quedarse sin la dichosa llama para la mañana siguiente antes de que se hiciera de día y dejarla extinguiéndose para poder empezar una nueva a la noche siguiente. Suponía incomprensible entender todo esto. El porqué de todo aquello. Tal vez tan solo fuera por ocupar los minutos con minucias que le impidieran vivir más tiempo todo el tiempo que le quedaba por vivir. O de llenar con nada el estúpido existir.

Sin embargo aquella mañana se había despertado más melancólico que de costumbre. Como si la memoria quisiera propinarle un mazazo definitivo en el ánimo para sumirle en el torbellino de los años que se fueron. Si alguien le hubiera preguntado en aquel momento hubiera respondido que no. Que él no quería seguir. Tan solo revivir lo ya acontecido marcha atrás. Tanto lo bueno como lo malo.

Acercó el candil, con la vela, y ésta con su llama a la ventana muda y allí estaba, majestuoso, el sauce llorando. Fue cuando uno de esos pensamientos automáticos le llevó a la idea de que debía de haber estado lloviendo todo lo que llevaba de noche hasta hacía bien poco, esa noche que aún se resistía a marcharse. Hasta hacía prácticamente nada. Cuando de pronto millones de hilos comenzaron a descolgarse del cielo. Millones de arañas azules caían kamikazes para ir a morir a la tierra. De nuevo la lluvia en la noche. Aún no la había visto ese día pero no le hubiera importado nada. Ya no se pudieron distinguir las lágrimas de los sauces.

El sauce que se veía era extraordinariamente grande. Mediría cosa de trece metros echando cuentas de vieja. Y eso para un sauce era bastante grande. El tronco tenía la piel fisurada, llena de arrugas, como si alguien perturbara su sueño para rastrillarlo. Pero apenas se veía porque las ramas y hojas disfrazadas de fantasma verde llegaban, cansinas, casi hasta el suelo. Parecía que tan solo asomase los pies. Todo lo verde parecía igualmente líquido y esperando para romperse contra el suelo y extenderse como una alfombra de otoño. Y así, tal vez, tapar la lluvia.

Tenía por rutina despertarse antes del alba, nadie sabía muy bien si era una de esas costumbres que se acentúan en la senectud o tan solo reminiscencia de algún tiempo que pasó en la sierra. Se acostaba temprano y según decía él con un sueño de mil demonios que le hacía bostezar como un león enjaulado y amenazaba medrar de un zarpazo su inquebrantable carácter paciente y afable, silencioso tal vez, para convertirse en gesto mohíno y monosílabos. Si alguna vez no se había ido a dormir de día cuando las persianas todavía podían mantenerse completamente arriba bien podría haber sido por vergüenza. O también porque Carmen para esas cosas siempre tenía la escopeta cargada, y para otras también. También, alguna vez, después de comer empezaban a cerrársele lentamente los ojos como quien no quiere la cosa, y él casi sin darse cuenta de que su estado de vigilia estaba adormilándose y antes de que su cabeza se hubiera descolgado y echado a rodar por el pasillo Carmen le daba una voz y reía para los adentros. Y él volvía a erguirse rezando en silencio y mirándola de forma poco amistosa.

Si sus costumbres a la hora de irse a dormir eran caprichosas y a veces, incluso, ritualistas las de despertarse no iban mucho más lejos. A falta de un largo trecho para que llegase el día sus ojos se abrían como platos en medio del colchón luchando contra la oscuridad y el silencio y quedaba vigilando que no hubiera salido ninguna grieta nueva en el techo. Movía una pierna para un sitio y el brazo para el otro, cambiaba el culo de posición y hundía la cabeza en la almohada. Cualquiera que le viera podría decir que era una lagartija con apariencia humana. O una cola de lagartija con apariencia humana. Después se movía hacia el otro lado y el brazo que colocó aquí ahora estaba allá y tras algún codazo de Carmen debajo de las costillas y alguna que otra vez un grito entre susurros en medio de la noche mandándole no precisamente cerca saltaba de la cama como un resorte, todo lo rápido que le permitía el moho de las articulaciones, enfundándose las zapatillas casi al mismo tiempo.

Se quedó observando la lluvia. Como algunas gotas engordaban bajo las ramas haciendo crecer sus barrigas para caer y desaparecer para siempre, y otras como simplemente caían y caían y caían como si a alguien desde muy alto se le hubiera volcado una cesta de alfileres.  La lluvia, siempre le gustó la lluvia. Incluso cuando en otro tiempo amenazaba convertirse en uno de sus enemigos más mortales y se podía quedar guardándola dos semanas dentro del pecho nunca la rechazó por completo. En aquellos tiempos se quedaba observándola sobre un chaparro con el fusil en la mano. En aquellos tiempos tan solo la observaba deleitándose de la belleza y del peligro que comprendía al mismo tiempo. Como si lo uno fuese necesariamente unido a lo otro y si se separase lo uno de lo otro perdiesen sus propiedades para siempre. Cada vez más violenta, sin estrépito, y cuando parecía el culmen de la furia la lluvia se tranquilizaba. Y de nuevo las gotas mansas se posaban sobre las ramas y las recorrían y se posaban sobre las hojas buscando un respiro ante su fin antes de desaparecer debajo de la hojarasca y los cantos convirtiéndose en barro.  

Aquella lluvia era digna de admirar, pero no tanto como la que había visto una vez siendo niño.  A menudo cuando recordaba se le ponía gesto bobalicón en la cara y la mirada se le perdía en la inmensidad de los años. Aquella vez salió de casa poco después de comer. Su madre no estaría, porque a veces su madre acompañaba a su padre en asuntos sumamente importantes que a él no se lo parecían tanto. Llevaba un aro de metal en la mano. Su padre estaría sacando dientes. Abrió la puerta y se quedó ante ella. Su madre estaría esperando a su padre en algún sitio a que dejase de sacar dientes. Jugaba con los demás chicos del pueblo a empujar el aro calle abajo, a que el suyo llegase antes que el de los demás muchachos. Y si así era suya era la gloria de aquel día, o hasta la próxima ronda por lo menos en la que volvía a subir el aro calle arriba con los calcetines subidos. Cayó delante de sus narices la mayor tromba de agua que jamás había podido imaginar y que nunca llegaría a volver a ver. Los rayos empezaron a recorrer el cielo como culebras luminosas y los truenos resonaban en los tejados como si el tiempo quisiera vengarse de un verano demasiado caluroso. Se quedó mirando todo aquello embobado. De arriba abajo y de un lado al otro. Como si ante él hubiera una cortina de agua que nacía, nacía y nacía, sin hacer caso de su aro de metal que hace unos instantes tan interesante le resultaba. Como si estuviera ante un bombardeo impuesto por el clima. El aro se le escapó de las manos y avanzó unos metros sorteando la lluvia. Se frenó, pareció retroceder y caía al suelo dando con un lado y otro del diámetro hasta que por último se tumbó en el suelo, empapado. Él no se daba cuenta de nada. Estaba viendo la lluvia caer y casi la sentía en el paladar. Antes de que le diera tiempo a reaccionar oyó como su abuela decía que tan solo era una tormenta de verano, restándole cualquier importancia. En ese momento toda la lluvia pareció caer en un instante y romperse en el suelo, con nubes negras y todo. Le agarró del brazo y tiró de él hacia el interior de la casa, y le dio un pescozón y cerró la puerta. Por ser tan tonto, por haberse quedado embobado mirando una simple tormenta mientras cogía una pulmonía.  Cuando cerró la puerta había terminado para siempre con la lluvia más espectacular que jamás había presenciado. Cuanto la echaría de menos.

Se apartó de la ventana dando por terminado el espectáculo. El olor a tierra mojada se le metía en las narices a través de la ventana cerrada. Era un olor reconfortante que por un momento provocó que se le fueran las ánimas de la cabeza. Y en ese momento le hubiera gustado abrir la ventana e inspirar profundamente achicando la nariz para llenar los pulmones de tierra mojada. Pero no lo hizo. No hacía frío, pero la mañana estaba fresca. Él sí que sabía bien lo que era pasar frío y aquello no le parecía nada.  Sin volver a bajar la persiana posó el candil en el escritorio y se sentó frente a lo que quedaba de lluvia. El sillón era cómodo. Acolchado. Marrón. De un marrón bastante oscuro que si hubiera sido azul sería casi negro. Los reposabrazos, de algo parecido a madera barnizada, parecían enroscarse sobre sí mismos al final, como si hubiese estado allí, esperando, silenciosamente para tal ocasión.  A su derecha una cristalera que nunca cogió polvo mas debido a la pulcritud de su mujer que su devoción por la limpieza. Siempre la observaba después de acercarse a la ventana. Lo que muchos hubieran pensado que era fijarse todos los días unos instantes ante la novedad de algo nuevo, hacía ya muchos años que ningún miembro nuevo formaba parte de su colección, se había convertido en rutina y admiración de por vida, o tal vez ya fuera costumbre. Una de esas cosas que se hacen porque un día se hizo, y al día siguiente también se hizo y ya nunca se abandonó.  Y es que todas las cosas nuevas o se entierran para siempre en el injusto rincón del olvido o se empeñan en acompañarnos del brazo. Él se quedó con la segunda. Y allí estaban el rojo y el blanco mezclados con el azul, el blanco con motas negras, las antenas con la capa extendida. El negro de luto y el azul casi metalizado como si fuera la piel de un avión. El arte natural de los brazos extendidos, las formas más simples, algunas que parecían a medio terminar por un Dios temeroso y falto de talento y otras sin embargo, tal vez las menos bellas, no parecían más que algo a medio camino entre una mariposa y la cucaracha. Otras parecían retales de un traje de folclórica. Y para terminar la Trogonoptera como si estuviera coronando a todas las demás, vigilando que ningún insecto disecado cobrase vida para romper el cristal de repente y echar a volar con las alas de tela oxidada, la única que conocía el nombre a ciencia cierta sin lugar a discrepancias. Porque de algunas tan solo lo intuía y de otras pese a que las nombraba de tal o cual modo este podía ser de modo arbitrario y del mismo modo podía denominar a otra que se la parecía pero que no era exactamente igual. La Trogonoptera era un relámpago negro con azabache negro y chal negro, en luto perpetuo. Y mostrando unos colmillos verdes, como pintajos, mostrando que la naturaleza, en ocasiones, puede ser injusta y violentamente feroz.

De nunca fue una de esas personas con demasiada tendencia a echar cosas pasadas de menos. Si alguna vez eso ocurría se trataba de una leve molestia y un peso excesivo para los huesos y lo espantaba rápidamente con un pisotón al suelo o bebiendo infusiones. Como si la manzanilla ahogase los recuerdos y los dejase flotando en ella. Pero esta vez era diferente y sentía como si las fotografías amarillas y las risas que ya no podía oír se hubieran fundido con la hiel y se hubiera convertido en un bloque en su tripa que ahora le dolía.

Terminado el ritual se abrían casi siempre las dos mismas posibilidades, o coger uno de los pocos tomos empolvados que adornaban su biblioteca o sacar del bureau un oscurecido tablero de ajedrez con piezas retuertas de roble. La mayoría de los libros descansaban allí, algunos de pie otros recostados, sin más oficio que el ocupar un lugar. Casi la totalidad estaba leída y a veces hasta releída, como aquel que a fuerza de una obstinada afición a lo que en él se contaba había hecho que se sintiera casi como el compañero de viajes del propio héroe Eneas. Para él mejor que Odiseo, donde iba a parar. Esta vez le pareció más llevadero poner sobre la mesa el tablero de ajedrez.

Hacía ya mucho tiempo que el poco pellejo que se le pegaba a los huesos había dejado de estar firme sobre la osamenta larga y delgada, como el camino viejo. Sin embargo, con orgullo propio de hidalgo lucía unas canas que nunca había querido sepultar bajo una boina más por vanidad que por desapego a la prenda. Un traje viejo, cortado con cuidado por las cuidadosas manos de un sastre, en cuya tela a veces se adivinaban colores que ligeramente cambiaban el tono del marrón claro dominante y que elevaban su posición y su ego lejos de la realidad y que guardaba celosamente desde hace mucho tiempo. Los ojos huidizos que se escondían tras las pestañas como grillos negros acompañaban sin más. Alguna que otra cicatriz, unas inevitables y no deseadas, las de mayor longitud, y otras buscadas y probablemente perseguidas con obstinación en sus pillerías infantiles.  Todo esto antes mencionado, la humedad de años y años viendo caer la lluvia clavada en las entrañas y el polvo que había quedado atrincherado bajo las uñas para siempre era todo cuanto tenía. Desde muy joven había comenzado a destacar por su estatura y ya en la escuela a menudo le tocaba coger las cosas a las que no llegaba el maestro, que también cabe mencionar que este no destacaba precisamente por su altura sino más bien por todo lo contrario. Nunca le molestaron este tipo de cosas. Tan solo protestó aquella vez en la que todos los días la misma mujer le decía lo alto que se estaba poniendo, cuando se la encontraba al ir a comprar el pan o a recoger la carne nueva que le llegaba al carnicero o pasando frente a su puerta, y lo largo que era y él respondió que ella estaba todos los días igual de vieja y no se lo decía cada vez que la veía. Tras el obsequio que le hizo su padre en forma de moflete amoratado en cuanto se enteró aprendió la lección de que a veces era mejor callar y protestar hacia dentro, y fue precisamente lo que se dedicó a hacer durante toda la vida hasta que se hartó.

Colocó cuidadosamente cada pieza encuadrándola perfectamente en cada casilla. Con sutileza. De forma minuciosa, como si el hecho de que el soporte de alguna tocase la línea que separaba el negro del blanco hubiera sido traspasar una frontera imposible. ¿Había vuelto a llover? ¿Había dejado de llover en algún momento? Al frente, los peones, todos iguales, con la cabeza gacha fija en los dedos de los pies ante las órdenes que debían acometer de sus superiores que les respiraban en el cogote. Detrás los caballos sonrientes, con las crines como el fuego, erizadas, parecían mecerse delante y atrás esperando que alguien los empujase al centro del tablero y comenzar alguna nueva aventura en solitario. A su lado estaban los alfiles serios y taciturnos, pulcros y rectos con un gesto en la cara de gato arisco y traicionero. Las torres con el pelo de punta, el rey con su barba blanca y aires de grandeza y a su lado la reina mirándole con el rabillo del ojo, como permitiéndole tener el poder que ostentaba el monarca e ideando que hacer para que de un bandazo derrocarle en cuanto tuviera ocasión.

Probó alguna apertura, y luego otra. “De esta gustaba Philidor” solía decir su abuelo ante otra. Rechazaba las italianas aunque fuesen las mejores por prejuicios más morales que técnicos, probaba algunas de jugadores legendarios de siglos pasados pero unas las desechaba porque no las entendía y las otras solo por lentas y aburridas por más que, en el fondo,  tampoco las comprendiera del todo. De todas la que más le gustaba era la Ruy López por dinámica y agresiva y casi también porque tal vez fuese la única que sabía jugar y no con destreza de maestro. Cuando jugaba ante algún trebejista del cual sabía que obtendría la victoria sin demasiada dificultad le daba igual pero si, por el contrario, las distancias se acortaban y no tenía tan seguro que fuera a ganar echaba mano de esta apertura. De su autor le gustaba su origen extremeño y esto hacía que le recorriera el cuerpo cierto orgullo patriótico y no tanto su condición de religioso, que le daba lo mismo. O al menos siempre creyó que lo había sido sin haberlo podido verificar por completo. Algunos hechos al abandonar su niñez habían provocado que cada vez confiase menos en su memoria porque a veces se fundía con su propia imaginación, como aquella vez que había visto en un libro una lámina con el rostro de Góngora y creyendo verle ataviado de hábito se había pasado media vida pensando que fue cura. Un peón. Otro peón. Otro peón que se le enfrentaba queriendo ponerle freno. Un caballo que saltaba del negro al blanco como una danzadora rusa con brasas en los pies. La lluvia intermitente que parecía extinguirse poco a poco como el fin de una canción. Un alfil que se descolgaba. Y así hasta que daba por concluida la lucha consigo mismo por no darse la razón ni quitársela o el inevitable exterminio que se producía con la muerte del indefenso monarca que caía lentamente dando un golpe sordo mientras profesaba órdenes imposibles a sus vasallos.

Pero aquella vez fue diferente y sin ninguna causa aparente, como si en un instante su cabeza se hubiera llenado de humo, se quedó mirando las motas de polvo suspendidas en el aire desafiando las leyes de Newton y por más que trataba de atender a los movimientos de las piezas una y otra vez volvía a mirar a ese espacio vacío como si no lo hubiera visto nunca antes. Las motas planeaban en la estancia para posarse en el suelo o en algún obstáculo que estuviera por el medio. Maldijo que ninguna se posase en alguna pieza para de ese modo poder aunar las dos cosas en una. Tanto le absorbió aquella visión que llegó un momento en el que perdió la noción de si era el turno de las blancas o de las negras y no consiguió averiguarlo ni tratando de recrear la partida marcha atrás en su cabeza movimiento a movimiento. Y con la percusión líquida de los últimos cuchicheos de lluvia que quedaban, los inertes guerreros y el espacio vacío donde no cabía nada descubrió a la noche palideciendo y negociando con el día la hora del alba.

Carmen se despertaba más tarde que don Julián, pero nunca ni la pereza ni el último sueño la dejaban enredada entre las sábanas pasadas las ocho de la mañana. Sabiendo que su marido llevaría ya un buen rato despierto se desperezaba poniendo en orden la cama, abriendo una boca feroz y con movimientos de contorsionista trataba de colocar a ciegas el desaguisado de su peinado. Sacudía las almohadas dándolas palmadas en el pecho y en la espalda, la de don Julián con algo más de tacto porque siempre se quejaba de la forma más exagerada que podía de que la dejaba demasiado menuda y le daba la impresión de estar durmiendo en un ataúd cuando se acostaba. Como si su mujer de aquella manera le estuviera diciendo que haber cuando le daba la alegría de llevarla pronto de entierro siendo ella la viuda. Estiraba las sábanas, colocaba encima la manta sin que nada sobresaliera y con una precisión de relojero culminaba con el embozo dando por zanjado el orden del dormitorio.

Notó como se la erizaba el vello bajo las mangas del pijama y se la punteaba la piel. Debía de hacer frío fuera. Se acercó al perchero y dejó caer sobre su menudo cuerpo la bata azul moteada en pelusas azules y se la ató alrededor de la cintura con un nudo que no se deshacía ni con los dientes. Entró a la cocina aún echando el pulso con el rebelde pelo que parecía querer desafiar toda lógica estética. Era una batalla perdida de antemano. Cogió algo parecido a una taza de café que llevaba varios días sobre la mesa, pero más bien podría llamarse agua sucia. Cuando se despertaba no sentía nada, ni mal humor ni bueno. Ni ganas de despertarse ni enfado por haber escapado de la cama. No era hasta que se tomaba el café cuando sus humores escapaban y subían a la superficie de la piel. Y podía ser que estuviese encantadora. Pocas veces. Casi nunca. O poco llevadera.

Gritó dos veces a don Julián por si quería desayunar con ella. Seguro que ya había desayunado al poco de levantarse. Muy de mañana le gustaba mojar un par de tostadas del pan que había sobrado el día anterior en la leche azucarada, nunca fue muy de café. Sin embargo si en la leche vertía unos granos de azúcar le resultaba mucho más sofisticado y mas que un desayuno a lo pobre le resultaba casi casi de señorito. Sin embargo no era raro que se sentase al lado de Carmen con su silencio infinito y algo parecido a docilidad conyugal para volver a desayunar. Como no obtuvo respuesta alguna se bebió el café de dos tragos sin saborearlo aún a riesgo de que saliera humo de su garganta. Trató de recordar que había pensado el día anterior  que sería la comida, y como lo olvidaba a menudo de nuevo comenzaba a idear que debía de preparar siendo en alguna que otra ocasión una sorpresa, y no siempre grata, cuando se daba cuenta de que el plato realizado era el mismo que había pensado el día anterior y había olvidado repentinamente durante el desayuno.

Ella no se acordaba de porqué era, un día lo olvidó y no volvió a recordarlo nunca más. Pero a veces cuando Carmen se encontraba con don Julián por el pasillo, o comiendo frente a él o en el dormitorio, se lo quedaba mirando muy al fondo de los ojos y sentía como un escalofrío la recorría la espalda tan solo de mirarle y observaba sus ojos negros como si fuesen dos cristales que se iban a rajar y caerían al suelo rompiéndose. Y se imaginaba agachada y guardando los trozos en el bolsillo de la bata. Y entonces don Julián sonriendo la preguntaba que qué miraba y ella cambiaba el gesto de ensoñación y le contestaba malhumorada que porque pensaba que lo estaba mirando a él y no pensando en sus cosas y que el estuviese frente a ella solo era casualidad. Pero no lo engañaba. Es más, no se engañaba ni a si misma. Y todo fue porque un día, le vio bajo el sol. Y se preguntó que hacía un muchacho con aires refinados en aquel rincón alejado de las cafeterías y de la ciudad. En un pueblo que olía a animales y a pan tostado. Y él la saludó y preguntó algo, y ella como no le oyó se acercó aún más. Y fue la primera vez que le vio los ojos, y se los miró. Y antes de que se diera cuenta no se estaba enterando de nada de lo que decía porque no le quitaba la vista del negro de los ojos. Él no tardó en darse cuenta de lo que sucedía, entonces Carmen le contestó que si le parecían maneras esas de ser forastero y tratar a una muchacha del pueblo a la que no conocía de nada. El joven don Julián nunca había estado tan desconcertado antes en su vida y se preguntaba qué podría haber importunado a aquella chica, qué gesto o qué palabra hubiera sido la ofensa. Y simplemente la vio alejándose por el mismo sitio por el que había venido con un semblante que bien hubiera valido un retrato.

Carmen, al contrario que don Julián, no era ni alta ni enjuta sino más bien todo lo contrario, se decía que escondía tres cuartas de su cuerpo bajo tierra. De siempre dijo que en su mocedad había lucido una cintura estrecha y que en los días de baile don Julián, como todo el mundo le llamaba pese a que ella siempre se olvidase del tratamiento de cortesía y acentuase el posesivo con golpes de pecho, cuando no andaba cerca Dionisio, el padre de Carmen, ni Marina, la madre de Carmen, ni hubiera ningún pariente de la familia de la novia lo suficientemente cerca como para darse cuenta, la agarraba del talle como quien coge una chaqueta del ropero para echar a correr con ella de la mano y llevarla lo más cerca de la orquesta. Sin importarle si para llegar hasta allí había levantado polvo haciendo toser a las viejas y protestar a las más quisquillosas. Una vez allí la soltaba, porque aún no era la época en la que estaba bien visto bailar agarrado, y trataba de mover los pies y la cadera como nuevamente podía, pero tenía más estilo de escoba articulada barriendo el suelo que de bailarín. Todo el mundo dejó esto en la memoria como una mentira aceptada por muchos aún a sabiendas de que no era verdad pese a que nadie se lo hiciera ver así, y muchísimo menos don Julián, porque ella nunca tuvo cintura de avispa ni mucho menos se la podía coger como un abrigo del ropero, y siendo mentira esta minucia también podía cuestionarse el resto de la historia.

Por el contrario los ojos de los dos si se parecían. O se habían ido acercando los de uno a los del otro después de los años de convivencia y los restos del amor, o ya hasta compartían los mismos grillos negros para distintos ojos.  El pelo siempre le andaba tieso apuntando al techo en un intento tímido de parecer el peinado de la actriz de algún cartel y el negro ceniza se veía invadido por el blanco que siempre se asomaba en el nacimiento de cada cabello a pesar de combatirlo con tinte e insultos. A don Julián de siempre le gustaron los pómulos de Carmen y como parecían salirse del rostro cuando reía. A pesar de que su risa provocaba un sonido que hubiera sido el terror de un vidriero él nunca le dio mayor importancia.

Volvió a gritar a don Julián para que cogiera un bote del estante superior del armario que trataba de alcanzar inútilmente alargando el brazo y viendo que no aparecía supuso que estaría inmerso en una de esas lecturas que hacían que provocara la pérdida de la noción del tiempo incluso de la propia identidad y le compensaba más subirse a una silla que ir a buscarle y hacerle andar hasta la cocina con la melodía de los reproches y los dientes afilados. Carmen de siempre se sintió muy orgullosa de que Julián sabía leer y escribir perfectamente sin cometer errores ortográficos pues en el pueblo bastante era aquel que sabía silabear las palabras y emborronar una hoja de papel. Desenroscó todos los botes que era menester, incluso algunos que permanecían vacíos, algunos de primeras y otros ayudándose de un trapo mientras mordía la lengua a un extremo de la boca. Dejó todo encima de la mesa de madera y se lo quedó mirando secándose unas manos que ya estaban secas con un trapo. Esperó por un momento como si por arte de magia los ingredientes echasen a volar y se mezclasen en el aire. Pero nada de eso sucedía mientras sacaba el puchero de debajo de la oxidada pila. Al agacharse a por él le crujió la espalda y se lo recriminó mentalmente. Sabía perfectamente que debía flexionar las rodillas, bajar el trasero e inclinar ligeramente el lomo para acceder a ello, sin embargo seguía doblando la espalda cuanto podía solo por no darle la razón a Julián que tantas veces la había indicado como debía agacharse para que luego no se quejase de dolor de espalda. Pero le podía el orgullo y la alegría de llevar la contraria a su marido. Finalmente lo colocó en la chimenea que aún estaba por encender.

Don Julián sí que se acordaba perfectamente, pero sin embargo los recovecos del olvido se habían encargado de fabricarle un laberinto que provocaba que lo recordase a retazos. Y tenía clavado en la memoria como aquella noche se le quedó riendo pensando en la tozudez de aquella muchacha a la que había preguntado. Y antes de que pudiera darse cuenta la recordaba antes de dormir  súbitamente para olvidarla durante el sueño hasta la mañana siguiente. Como no era de allí no tenía ni la más remota idea de cómo encontrarla. Cuando alguna puerta se abría a su paso trataba de que sus ojos se colasen al otro lado por si pudiera verla. Hasta que unos días después sin venir a cuento la encontró en el mismo sitio donde la había encontrado la otra vez y se sintió profundamente estúpido y pequeño. Esta vez fue ella la que le preguntó y ya no solo le pareció tozuda si no que también osada.

A Marina, la madre de Carmen, le gustaba aquel chico al que veía entre visillos. Dionisio, el padre de Carmen, preguntó por el pueblo  si alguien conocía aquel forastero que se veía con su hija y en cuanto algunas de sus preguntas fueron respondidas empezó a fantasear con la idea de que su hija podría haber pescado a un señorito de ciudad. Y le venían ideas de cómo podría ser posible cuando sabía que su hija no era ni guapa ni fea y que cuando sacaba el genio era capaz de revolucionar una casa entera. En ese momento empezó a compadecer a aquel muchacho.

Gritó una vez más a don Julián para que le trajera algo de leña del cobertizo, que de ese modo él tan solo hacía un viaje mientras que ella debería de hacer dos o tres, pero ni apareció la leña asomando por la puerta en los brazos de don Julián ni ninguna voz diciendo que no y mandándola al carajo. Empezó a ponerse nerviosa y a crecerla una rabia en el interior que la hacía sentir calor en las venas. Se remangó y mientras tanto cogió agua del cubo y vertió una parte dentro del puchero y otra parte encima de sus zapatillas de tela negra que llevaba desde que se levantaba hasta que se acostaba. Tomó un poco de sal entre tres dedos sosteniéndola en vilo y la dejó caer sobre el puchero como si un druida preparase algún ungüento. Se quedó mirando la mesa discerniendo que rábano cortar primero o si picar antes los ajos y el perejil.

Hacía algunos meses don Julián, una mañana, se había despertado más huraño que de costumbre, por el mal final de un libro o incluso por una partida de ajedrez que no le dejaba la conciencia tranquila o tal vez un recuerdo fugaz y doliente, y cuando Carmen se acercó a hablarle, él contestó no de la manera más apropiada. No era consciente aún de lo que acababa de desencadenar. Ella lejos de decirle nada pasó la mañana sin más. Apenas se cruzaron y por lo tanto no tuvieron ocasión de decirse nada. Pero Carmen se cuidó mucho de preparar las lentejas lo más sosas que fueran posible. Antes de que don Julián se sentase a comer echó sal en su propio plato cuidando de que no la hubiera visto. Cuando él la probó soltó la cuchara con gesto de asco y se quejó de que las lentejas no sabían a nada ni tenían indicios de sal. Fue entonces cuando Carmen se levantó de su silla tirándola al suelo del impulso, dio un puñetazo a la mesa y le dijo que si se había levantado con el pie izquierdo no era culpa suya y que las lentejas estaban estupendamente y tenían su punto de sal, ni de más ni de menos. Don Julián se levantó sin decir nada, con su parsimonia habitual, y salió mientras seguía oyendo como Carmen soltaba por la boca sapos y culebras. Pasaron el día evitándose el uno al otro. Si se encontraban por el pasillo cada uno miraba a un lado diferente de la pared como si no se hubieran visto.

Al día siguiente cuando don Julián se despertó se encontró sin vela en el candil. En ese momento supo que eso tan solo era el principio. Cuando se encontraba con Carmen por el pasillo ella lejos de apartarse enfilaba con más ganas el recorrido como si fuera una locomotora echando humo por la nariz. Rara vez se dirigían la palabra y cuando lo hacían era para que la una le reprochase cualquier cosa desde recordarle que era viejo, o que vivía en el fondo de un sótano para no mostrar sus sentimientos o le decía chaquetero. Él la contestaba con temblor en la voz que con la afición que tenía a los chismes y a los lloros bien podía haberse ganado la vida de plañidera y entre sollozo y sollozo podría contar nuevas de los demás. Desde entonces le esperaron en la mesa para comer en los días siguientes un pimiento crudo en un plato con agua, una manzana rellena de carne de gusano, hierba de la que crecía en la parte baja de la fachada de la casa e incluso un par de botas viejas con las punteras dobladas hacía arriba y las suelas a medio caer que Carmen se habría encontrado por casualidad en algún rincón. Don Julián pensaba que en momentos como ese era cuando su mujer más disfrutaba de los placeres del matrimonio. Y Carmen la verdad es que no se lo pasaba mal del todo porque se pasaba los días con una sonrisa burlona en los labios cual sería su próxima escaramuza. Ya no solo le desaparecían al bueno de don Julián las velas del candil si no que también algunos libros que pasados unos días aparecían en los sitios más inverosímiles. A tanto llegaron las venganzas de Carmen que Don Julián se despertaba por las mañanas con la psicosis de que nueva sorpresa le habría sido preparada y más de una vez al tomar conciencia de sí mismo se daba cuenta de que le rechinaban los dientes cuando la sentía pasar cerca suya. Llegó a tener bajo la cama solo calzado del pie derecho y tuvo que remediarlo poniendo otro zapato del pie derecho de un modelo diferente en el pie izquierdo. Toda represalia no era suficiente para Carmen. Hasta que un día, por fin, se encontró Julián con las mondas de una patata sobre el plato y él se las comió sin rechistar, haciendo de tripas corazón, cortándolas cuidadosamente con cuchillo y tenedor antes de dar cada uno de los bocados. Terminado el plato le dijo a Carmen que era la monda de patata mejor cocinada que había probado en su vida. Fue así como dieron por zanjada aquella guerra sin trincheras.

Elevando la voz nombró tres veces más a don Julián, esta vez no porque le necesitase para nada. Probablemente ni ella sabía por qué lo había hecho, tal vez porque la corroía las entrañas haberle llamado anteriormente y que no la hubiera hecho el menor caso. Y como obtuvo más de lo mismo resopló con aires equinos y con el cuchillo en la mano se decidió por dar muerte al rábano con maneras de descuartizador no sin antes haberlo cogido y haberle regalado una mirada sentenciadora. Después laminó los ajos casi sin mirar y a una velocidad mucho mayor de la indicada para su edad y para la salud de las yemas de los dedos.  El perejil simplemente lo arrugó entre sus manos como si fuese un periódico viejo y los dejó marchitos sobre la superficie esperando un mejor trato.

Alguna vez Dionisio, el padre de Carmen, y Julián discutieron. Discutían sobre todo por las cosas que sucedían lejos de ellos y de lo que se hablaba en los periódicos. Dionisio no sabía que letras representaban que palabras y firmaba con un borrón en el dedo pero tenía una idea bien formada de los acontecimientos que se sucedían y por más que su yerno trataba de convencerle él sacaba argumentos suficientes para no dar su brazo a torcer e incluso a veces hacer ceder a Julián. También es cierto que el hombre se había desilusionado cuando comprendió que su hija no se convertiría en una urbanita porque inexplicablemente para todo el mundo aquel señorito había enraizado en un mundo rural en el cual no terminaba de encajar y todo eso provocaba que, de un modo inconsciente, de vez en cuando no fuera del todo justo con él. Por el contrario Julián desde el principio sí que se llevó bien con Zacarías desde el principio. Pero es que era imposible que alguien se llevase mal con Zacarías pese a que en algunas ocasiones diera muestras de un excesivo radicalismo. Hablaba de cosas como si tuviese un disco en la cabeza y se limitase a utilizar determinados términos de modo obstinado. Zacarías era familiar de Carmen. El padre del uno y la madre de la otra eran primas segundas o algo similar.

Trató de hacer otra vez que don Julián le hiciera algo de caso a voces y antes de que hubiera ocasión alguna para la réplica salió de la cocina bufando y envenenando todo cuanto veía. Debido a la velocidad de sus pasos la parte inferior de la bata se iba levantando al vuelo, las plantas de las macetas se inclinaban a su paso, y más parecía un caballero camino de las cruzadas que de una anciana con achaques de reuma. De un empujón abrió la vieja puerta del salón que don Julián siempre dejaba cerrada con la excusa de no despertarla aún a sabiendas de que Carmen no se despertaba ni siquiera cuando la pasaba corriendo por el pecho una manada de lobos, o cuando don Julián se desvelaba y comenzaba a moverse en la cama. Don Julián a veces fantaseaba con la idea de que Carmen era capaz de pasarse una noche entera haciéndose la dormida tan solo por el gusto de darle un buen codazo en cuanto le sintiera moverse. La puerta se quejó y antes de que amenazase con hacerse añicos en ese mismo instante se abrió. Fue entonces cuando lo vio todo.

Vio el tablero de ajedrez volcado con algunas piezas intentando rodar hasta el suelo y otras que ya habían alcanzado la liberación y permanecían con sus huesos sobre las baldosas. Más allá, como si la hubieran crecido pies de la base y hubiera echado a correr todo lo lejos posible permanecía la dama negra habiéndose librado del desastre por un capricho de la divina providencia. Hasta los caballos rodando boca abajo habían dejado de sonreír. La ventana cubierta con gotas de lluvia arañando aún el cristal y las hojas de un libro extendiéndose por el piso queriendo huir de la esclavitud impuesta en la imprenta. Y en medio de todo ello don Julián, con los ojos abiertos, en el suelo de medio lado, recostado sobre el lado izquierdo y las rodillas contraídas. Observando a las mariposas. El brazo aún extendido sobre el suelo parecía señalar  la ventana abierta por donde hacía un rato se habría colado el amanecer. En el rostro la boca y los ojos abiertos de un modo exagerado, como si hubiese querido encontrarse con la muerte con el peor de sus gestos para que no tuviera un grato recuerdo de él.

Carmen se llevó  las manos a la boca queriendo contener un grito de horror y salió corriendo tirando todo cuánto se encontraba a su paso; macetas y cachivaches inservibles por igual. Corriendo más de lo que nadie hubiera imaginado. Dobló la puerta del salón hacia la derecha casi sin cambiar la trayectoria de su cuerpo  y enfiló el pasillo principal de la casa a la velocidad del viento. Abrió de un golpe brutal la puerta que daba a la calle, que  era la más pesada de todas, y se dejó caer de rodillas al suelo sosteniéndose las lágrimas con las manos, mandó callar el trino de los pájaros y los zigzagueos que se oían entre las piedras y en voz alta, llorando las palabras, sin la intención de que nadie la escuchase gritó que Julián, su Julián, había muerto, que don Julián estaba muerto en el suelo de su salón y que como podría haber sido posible eso. Ya había dejado de llover, pero el suelo seguía húmedo.  Maldijo el cielo, el suelo que pisaba, a los árboles, la lluvia. Se maldijo a si misma e incluso parece que fruto de la ira maldijo al mismo don Julián sin ser consciente de las palabras que se la escapaban de la boca. Maldijo la sierra, la tierra que jamás debieron abandonar y la nueva que habían encontrado, maldijo también el porqué de que se hubieran puesto del lado equivocado. Todo ello, y por primera vez en su larga vida, sin importarla lo más mínimo que había salido a la calle con pelos de loca y una bata repleta de pelotillas.