Capítulo 2
<< Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén>>
El último día de su vida, Adrián no fue a la escuela. Su madre lo despertó temprano, más o menos a la hora a la que lo despertaba los días que sí acudía a la escuela. Probablemente mamá sabía que no habría escuela pero no se había parado a pensarlo un instante para ser consciente de ello y por eso le había despertado. También podría ser porque no estaba bien que el último día de una persona se despertase demasiado tarde como para malgastarlo en la cama, pero no era probable. Adrián nunca se despertaba tarde porque hasta dormía con el nervio propio de los niños. Y mamá tampoco se había parado a pensar que era el último día de Adrián como para hacerle madrugar por ese motivo. Tal vez le había despertado a esa hora solo por costumbre, porque siempre le despertaba a esa hora.
Cuando la mujer entró en la habitación Adrián aún dormía. Estaba hecho un revoltijo entre las sábanas y mantas. Pasó sin cuidarse de no hacer ruido. Fue hasta la ventana, aquella ventana desde la que siempre se veía al abuelo Melquiades, retiró las cortinas con sendos golpes de muñeca y subió la persiana hasta que dio golpe en el tope. La mañana comenzó a corretear por la habitación y dio un salto en los párpados cerrados de Adrián, a esas horas tan tempranas más que guardar dos iris marrones y dos pupilas negras sus ojos parecían custodios de un lejano faraón egipcio. Desde ese momento Adrián ya sabía que algo no iba como debiera porque mamá le había dicho un “buenos dormilón” más forzado que de costumbre, aparentando una normalidad que desde luego no existía. Con una voz impostada y mentirosa. Era muy difícil que Adrián engañase a mamá, pero también era muy difícil que mamá engañase a Adrián. Y mucho menos en cuanto a su estado de ánimo.
Despegó los ojillos despacio como si llevasen sellados durante años y pesaran como el puente levadizo de un castillo. La claridad le sorprendió y trató de cubrirse con la mano. Entonces el rayo de la conciencia le cruzó la cabeza y comenzó a pensar en la velocidad de las mañanas del desayunar, del mete este brazo por esta manga y este pie por este otro lado, lávate y enjuágate bien los dientes y el date prisa que llegas tarde a la escuela y don Félix te va a castigar. Porque él aún no sabía que no iría a la escuela. Tampoco sabía lo que había sucedido. Tras liberarse de la ropa de cama dándole patadas dio un bostezo y dos pestañeos y sus pies ya colgaban del borde de la cama dispuestos a dar un salto danzarín para ponerse de un brinco en el suelo. Entonces se dio cuenta de que hacía frío y se frotó los brazos con las manos encogiéndose de hombros, en aquel momento le hubiera gustado estar más tiempo bajo la manta. Convenía ponerse rápido en marcha por que si se quedaba allí un segundo más comenzaría a tiritar. También cuando sus ojos se acostumbraron al día se dio cuenta de que el día estaba nublado, porque más que de una mañana parecía la luz de la tarde, y Adrián sabía que eso no era normal. Seguro que el cielo estaba cubierto de nubes moradas.
Vio desde la cama como mamá hurgaba en el armario. Abría la puerta, se agachaba, cogía algo del interior y la cerraba. Y antes de que saliera del dormitorio le dijo que don Julián había muerto. Adrián sabía perfectamente lo que eso significaba.
Pero a pesar de todo no conseguía imaginar cómo se encontraría don Julián muerto. Que gesto tendría en la cara o que ropa llevaría un muerto. O si uno, por ser su último día debía de vestirse de algún modo. Porque había visto a don Julián el día anterior andando, en carne y hueso, por la calle. No sabía cómo sería ahora el don Julián muerto que tanto había conocido de vivo. Ni cómo serían las calles ahora sin él que tan acostumbradas a verle estaban.
Iba bajando los peldaños despacio, uno a uno, aún más dormido que despierto. Tan solo avanzaba con el pie derecho por que el izquierdo lo ponía en el mismo peldaño en el que estaba el anterior. Con una mano tiraba del elástico del pantalón del pijama gris porque casi le llegaba a la planta de los pies no fuera que lo pisara y diera con sus huesos y el culo en los escalones. Con la otra mano acariciaba la barandilla por si se trastabillaba poder agarrarse con fuerza rápidamente. De la parte de arriba del pijama se le salía un hombro casi entero. A menudo tenía que tirar del cuello para colocarlo bien. Y las mangas le colgaban lo suficiente como para que le tapasen las manos si no se remangaba. Aún faltaba mucho Adrián para llenar todo el pijama. Iba descalzo y sentía en la planta de los pies el frío del suelo, aquel frío que no marchaba ni tan siquiera en los días más calurosos del verano. Los días de puro invierno en los que se le ocurría pisar descalzo se sentía un esquimal con zapatos de hielo. A mamá no le gustaba que Adrián fuese descalzo por la casa. Decía que siempre terminaba con los pies negros y arrastrando la mierda de un rincón a otro de la casa, también si se rompía un vaso o algo podía clavarse los cristales. Y por último, y en lo que más insistía mamá, era en que podía constiparse por ello, y que si cedía en dejarle andar descalzo en verano lo tomaría por costumbre y en invierno también lo haría. A papá no le importaba aquello. No le preocupaba que moviera el polvo de la casa de un sitio para otro porque, total, ya estaba allí y daba lo mismo que la suciedad estuviera en el piso de arriba que en el de abajo, y si le veía los pies oscuros le llamaba “pies negros”, tampoco le preocupaba que se clavara nada, porque decía que eso solo le sucedería una vez que luego ya, o se pondría las zapatillas, o se andaría con cuidado de ver donde pisaba. Y por último, si sentía frío en los pies ya correría a ponerse las zapatillas, que era de tontos pasar frío cuando la cosa tenía solución. Papá sabía muy bien lo que era pasar frío. Mamá también sabía bien lo que era pasar frío, casi tanto como papá. Pero a Adrián le daba igual fuese otoño que primavera. Porque él siempre iba descalzo y con un hombro descubierto cuando no tiraba del cuello del pijama. Aquel era uno de esos días en que debería haber hecho caso a mamá y calzarse, pero era tozudo y persistía siempre.
-Ya queda poco, es inminente que entren, por fin.
-¿Se los oye llegar?
-No, aún no. Pero no tardarán, ya verás mujer, no tardarán en llegar
-¿Y cómo sabes tú eso?
-Lo sé, simplemente. Y estoy deseando que lleguen.
-¿Porqué?
-El orden al fin.
Adrián tenía cinco o seis años y un remolino en el pelo. Las viejas del pueblo decían que los niños con remolinos en el pelo tenían que ser muy malos. Pero sin embargo el hijo de Roque Pancorbo, que también se llamaba Roque, cuando don Félix se daba la vuelta él cargaba su canutillo con granos de arroz y le lanzaba un proyectil a cualquiera que estuviese concentrado en la explicación o realizando alguna tarea en su cuaderno y no tenía ningún remolino en el pelo. Entonces una de dos, o no era cierto que el tener un remolino en el pelo significaba ser malo, o convertirse en la escuela en francotirador de cerbatanas improvisadas no era tan malo. Tenía las manos pequeñas. Tanto que muchas veces los objetos más insignificantes se le caían al suelo, no era difícil ver rodando las naranjas que un segundo atrás sujetaba. Pero esto tenía una ventaja y es que sus dedos cabían en cualquier rendija y a menudo podía escarbar a ver qué era lo que se encontraba; encontrar arañas en los agujeros o arrastrar con los dedos lo que se colaba debajo de los muebles. Mamá decía que estaba tan flaco porque comía muy despacio, y como la cocina, que era donde siempre comían, a menudo estaba repleta de moscas éstas se comían toda la comida del plato antes de que él se lo hubiera llevado a la boca y por eso tampoco crecería nunca. Cuando le cambiaba de ropa, para hacerle ver lo flaco que estaba a menudo le mostraba como era capaz de rodearle el brazo uniendo el índice y el pulgar, y ante la pregunta de que si lo veía él decía que sí con la cabeza fijándose en lo largas y bonitas que eran las uñas de mamá obviando el grosor de sus brazos. También tenía las piernas delgadas y cortas y las rodillas con heridas. Parecían de juguete y le hacían tropezar con bastante frecuencia. Al abuelo Melquiades le daba miedo tan solo mirarlas cuando iba su nieto en pantalón corto no fuera a romperlas de un golpe de vista. De debajo de los gemelos le salía un hueso finísimo que le llegaba hasta el talón y parecía un palillo. Pero no todo en el pequeño Adrián era pequeño. Tenía los ojos grandes. Grandes y redondos como nenúfares. Y cuando atendía ante algo que le interesaba mucho, que era pocas veces, o se sorprendía los hacía más grandes aún. Pero por el contrario, si le entraban ganas de llorar o se enfadaba era capaz de hacerlos tan pequeños que casi le desaparecían de la cara. El labio inferior lo tenía grueso y le caía sobre la barbilla. El labio superior era más fino y a menudo se escondía bajo su vecino del primero.
Hizo todo el recorrido con los ojos cubiertos de legañas y a medio abrir por el sueño, como si tuviera telarañas. Cada dos o tres peldaños se paraba y se los frotaba con la mano enrollada en la manga. Algunas rayas de la almohada aún estaban por su cara. Antes de cruzar el marco de la puerta de la cocina dio el último bostezo de los que le quedaban y allí vio a papá sentado con su camisa a rayas azules y rojas y el café y un panecillo tostado. Ya era el segundo café que se tomaba y seguro que no el último. Adrián se sorprendió un poco al verle porque siempre que se despertaba ya no estaba, se había ido a trabajar. En el regazo de papá estaba Leire que hacía ruidos y reía mientras se atravesaba las manos con sus ojillos azules como si las hubiera descubierto por primera vez. Las escondía y volvía a ponerlas delante y se reía. Leire aún no tenía dientes y por eso a Adrián le gustaba que cuando sonreía su risa no era blanca si no rosa, y parecía un abuelo desdentado y cuando reía a él le entraban ganas de reír porque la risa de Leire se escondía detrás de los muebles y allí se quedaba volando, y cuando Leire lloraba a él también le entraban ganas de llorar porque él casi siempre que lloraba era porque algo le dolía, o porque había tropezado o se había dado un golpe en el dedo gordo y no le gustaba que a Leire le doliera nada. Porque si papá se daba un golpe no pasaba nada, porque él le miraba y papá apenas se inmutaba, pero como si se lo daba él mismo probablemente lloraría, había llegado a la conclusión que cuando uno era más pequeño sentía más dolor por las mismas cosas y por eso vivía con el miedo de que a Leire podría matarla de dolor un simple pellizco. Algunas veces, en cuanto se despistaba un momento, su hermanita le agarraba un dedo y se lo metía en la boca intentando absorberlo, y a Adrián le hacía cosquillas y le entraba la risa floja. Y mamá se reía y le decía ganso y papá también se reía aunque no mirase porque estuviera arreglando algo o mirando para otro lado.
-Puede que no pase nada.
-En todos los sitios están pasando cosas.
-Ya, pero aquí va a ser diferente. Siempre, dentro de lo que cabe nos hemos llevado bien.
-¿Bien dices? ¿Alguna vez el silencio indicó normalidad?
-Eso no significa que aquí tenga que pasar algo.
-¿Estás seguro?
Adrián se acercó a papá, le dio un beso en la mejilla y éste le devolvió un “buenos días, hijo” sin separar la vista del mantel, rodeó la mesa y se subió a su banquetilla delante de un vaso de leche y dos trozos de pan que su madre habría tostado hace poco. El café de papá seguro que ya estaba frío, porque no bebía de él ni parecía querer hacerlo. Su panecillo estaba a medio comer encima del mantel que tanto observaba. Mamá siempre tostaba el pan que sobraba el día anterior para así desayunar. A veces sobraba mucho pan y otras veces nada, y cuando no sobraba nada había que tostar el pan que se había guardado de los días que había sobrado mucho. Adrián sabía perfectamente porque papá no tenía ganas de revolearle el pelo ni de pellizcarle el ombligo, ni de sonreírle ni de mirarle cuando le decía buenos días hijo como hacía los domingos. Toda la cocina estaba ocupada por una neblina olor a café recién hecho, leche fresca, moscas, panecillos recién sacados del horno y las risitas de Leire jugando con sus manos. También quedaban restos del café que papá se había tomado hacía ya un rato y que mamá había dejado hecho la noche anterior. También olía al café nuevo que estaba tomando papá y el que aún estaba en la cafetera. Dio un bocado a su panecillo y se convirtió en una gran pelota bajo el carrillo mientras observaba jugar a su hermana; una mano, otra mano, se escondían y volvían a aparecer, cinco ramas de olivo que nacían de un matamoscas y que Leire movía una y otra vez y las sacudía entre risas queriendo deshacerse de ellas. Adrián pensó que a lo mejor les estaba buscando el nombre, el ya no podría porque sabía el nombre de casi todas las cosas del pueblo pero Leire no, y si le decía que los girasoles se llamaban chicharras y que las nubes se llamaban sartenes seguro que igualmente lo iba a dar por bueno. Por un momento la envidió, si hubiera estado en su lugar aún estaría a tiempo de poner nombre a las cosas antes de que se lo hubiera puesto mamá, papá y el abuelo Melquiades, aunque luego le hubiera tocado decir a mamá, papá y al abuelo Melquiades como se llamaban las cosas. Así podría haber llamado a todo como le diera la gana. De nunca entendió porque la palabra oscuridad era tan larga cuando ni siquiera se veía.
Era martes, y Adrián sabía que los martes papá no estaba en la cocina cuando él se levantaba, ni sentado, ni con Leire en brazos. Porque los martes su padre se despertaba antes que él. Mamá casi siempre se despertaba al mismo tiempo que papá. Y Leire al fin y al cabo se despertaba cuando le daba la gana y casi siempre cuando menos le apetecía a los demás. Porque podía ponerse a llorar a todo volumen en medio de la noche y despertar a todo el pueblo. También podía empezar a quedarse dormida cuando Adrián más ganas tenía de hacerla cucamonas y a veces pensaba que porque las cosas no podían ser más sencillas y que Leire tuviese sueño cuando él lo tenía y ganas de jugar cuando él quería jugar. Adrián sabía perfectamente porque papá no había ido a trabajar. Ni los mayores estarían trabajando ni los niños irían a la escuela. Porque don Félix tampoco hubiera ido a la escuela, y si don Félix no iba a la escuela no tenía sentido que ningún niño fuese a la escuela. Todos los padres estarían en casa, desayunando café en silencio, y leyendo el periódico sin ganas de decirles nada o mirando el mantel. Y todos los hijos estarían guardando panecillos masticados en los mofletes mientras veían a sus padres leyendo el periódico. Y pensando que estaba bien no tener que ir a la escuela, pero no de aquella manera.
Hasta ese momento Adrián no había conocido a nadie que se hubiese muerto y pensaba que las personas estaban en el mundo sin más, sin principio ni fin. Que el mundo no se renovaba y las personas formaban parte de un todo pequeño que no se movía de cuanto él conocía. No sabía si a partir de ese momento una sombra sustituiría a don Julián. Una sombra que hiciese todas las cosas que hacía don Julián en vida. Así él habría muerto tranquilo y la gente no le echaría tanto de menos. Acababa de morir y estaba más vivo que nunca para él.
Todo el pueblo pensaba que Leire no tardaría en hablar. Lo pensaba mamá, papá y el abuelo Melquiades. Cuando estaba jugando sentada en la mesa, o en el sofá todos se le quedaban mirando como si esperase que de un momento a otro soltase los juguetes y se pusiera a señalar las cosas que la rodeaban y a decir su nombre. Y es que Adrián tardó tanto tiempo en comenzar a pronunciar sus primeras palabras que por una especie de compensación tácita del destino, todos creían que Leire debería de recuperar todo el que había perdido su hermano.
Muchas veces estaba el Adrián bebé que fue tan tranquilo y llegaba alguien con algo en la mano y comenzaba a silabear aquel objeto delante de las narices de Adrián, que miraba aquello con ojos bizcos, como si de aquel modo él pudiese sacarse el chupete de la boca y decir “na-ran-ja”. Pero tras observar que tan solo sacaba algunos sonidos guturales todos se daban cuenta de que había sido un paso en falso. Hasta que una tarde mamá le oyó por primera vez decir algo parecido a una palabra con sonidos más o menos articulados pero que no formaban parte de ningún sistema fonético conocido, como si se hubiese estado guardando las palabras para aquella ocasión. Pero ahí no terminaba todo. Cuando Adrián empezó a hablar se dio cuenta de que algo raro pasaba, porque él entendía a las personas, pero las personas no le entendían a él. Y él creía que decía las cosas bien, porque así era como debían de ser dichas y como él sabía decirlas, pero nadie más lo debería ver de ese modo. Esto le trajo muchas horas de dudas y moscas en la cabeza. Eran muchas las veces que delante del espejo, donde mamá se ponía guapa los domingos, se cuadraba y pronunciaba sus palabras. “Pues no puede ser” pensaba a menudo “pero si yo me entiendo perfectamente”. Entonces bajaba las escaleras corriendo y se encontraba con su madre, abría la boca y pensaba que esa prueba no valía porque mamá siempre le entendía cuando hablaba y cuando no hablaba, cuando reía sabía porque se reía y si algo le dolía mamá le miraba al fondo de los ojos y le decía te duele aquí o te duele allí acertando sin titubear, incluso cuando comía caramelos de mas o jugaba a las piedras con los niños más mayores del colegio y llegaba a casa y su madre lo llamaba y lo castigaba porque olía a culpa, y él se olía una y otra vez y no se olía nada raro, pero mamá seguía diciendo que olía a culpa. También es verdad que a veces se equivocaba; como cuando iba a casa la madre de Pedro “el ciento” o alguna vieja del pueblo y se ponían a hablar y mamá le decía a Adrián que tenía ganas de hacer pis y que fuera al baño, y él no tenía ganas pero tenía que ir porque si no mamá le echaba una mirada de las de “luego toca pescozón”. No, mamá no valía para su prueba. Pero realmente daba igual, porque tampoco sabía lo que trataba de decirle por mucho que le hiciera creer que sí, incluso le seguía la conversación de un modo más o menos lógico. Entonces echaba a correr y se encontraba con papá y le hablaba y papá parecía no enterarse de nada y se quedaba con cara de tonto cuando le veía irse tan rápido como había llegado, o corría hasta la tienda de la Matilde y la Matilde no sabía que quería comprar el pequeño Adrián. De todos modos si la Matilde le hubiera entendido solo hubiera servido para reforzar su autoestima porque no tenía ni una moneda en los bolsillos para pagar lo que pedía. “Pero será posible” pensaba muy a menudo, “estos adultos o se han vuelto todos gilipoyas o se han olvidado de las palabras”. Se pasó mucho tiempo escuchando a los mayores las palabras que decían, pues podría haber sido que llevaban todos tanto tiempo allí, sin salir, que igual que se habían olvidado de los nombres de la gente que ya no veían también podrían haber olvidado todos aquellos objetos que ha fuerza de nombrarlos parecían no ver, pero por más que aguzaba el oído no parecían haber olvidado palabra alguna, es mas conocían palabras que Adrián desconocía. No, las palabras no habían escapado de las bocas de los mayores.
Por lo tanto uno de esos días en que las moscas le revoloteaban la cabeza dio con una idea, como si una libélula se le hubiera colado por las orejas y hubiera espantado a todas las moscas con su luz, “pues va a ser… que a lo mejor es que yo hablo en otro idioma y por eso yo entiendo a las personas pero las personas no me entienden a mi”. Se pasó días y días pensando que podría hacer con sus palabras, tal vez todos aprendieran aquel idioma nuevo a fuerza de oírle. En momentos mamá se lo quedaba mirando como si se estuviera poniendo rojo entero del esfuerzo y la lucha que se estaba gestando en su cabeza, hasta que por fin calló en la cuenta. Si cuando mamá le pedía lentejas a la Matilde y la Matilde se equivocaba y le daba arroz, cuando mamá llegaba a casa y se daba cuenta volvía donde la Matilde y se lo cambiaba. Pues él podría hacer lo mismo; llegar al mostrador y decirle a la Matilde que le disculpase, pero que estaba equivocado y necesitaba que lo cambiasen porque hablaba en otro idioma que no era el que hablaba todo el mundo y nadie le comprendía. Pero… ¿y a quien se lo diría? Porque la Matilde vendía garbanzos y chocolatinas pero no sabía nada de niños porque regañaba a Maruchilla cuando pintaba rayuelas en la puerta de su tienda, como si fuesen más importantes las lentejas que las rayuelas, y además menos mal que no tenía que acudir a la Matilde porque ella nunca le entendía. No, no podía ser. Se contaba sus problemas a sí mismo en aquel lenguaje extraño que nadie comprendía. Muy bajito, casi en silencio. Y como mediante aquel diálogo consigo mismo no conseguía sacar nada en claro, trataba de explicarlo a objetos inanimados, a rocas por ejemplo, o a los pájaros que pasaban volando como si esperase que saliera una voz del entresuelo y le dijera que era lo que debía de hacer. Por las noches, como sintiéndose más íntimo en la oscuridad, era cuando más hablaba consigo mismo. Desde entonces haría como mamá cuando hablaba con los ojos, y le echaba esas miradas cuando jugaba en la plaza y él solito ya sabía que cuando llegase a casa y se quitase la chaqueta se iba a llevar dos o tres collejas. O cuando papá rompía algo y mamá giraba la cabeza como si fuese una lechuza y papá se quedaba petrificado. Eso haría.
Entonces lo intentaba una y otra vez. Cuando algo se le preguntaba él comenzaba a mover los ojos pronunciando con los párpados todo lo que no conseguía con los labios. Y se imaginaba que sus pestañas se curvaban y se estiraban y que en vez de guiños salían palabras. También señalaba y eso le ahorraba mucho esfuerzo, porque de ese modo no tenía que pestañear tanto y así no le dolía tan pronto la cabeza. Creía que a los que usaban la boca para hablar tenía que dolerles mucho la garganta. Pero no solo no conseguía expresar lo que quería sino que además mamá empezó a pensar que tenía tics moviendo de aquella manera los ojos como si quisiera dar palmas con las pestañas. Y mamá fue a preguntar a Petra, y a Carmen y también a don Félix, que si alguna vez habían visto a un niño con tics en los ojos. Y luego iba con Adrián en la mano para que vieran en primera persona una demostración de todo aquello que les contaba. Y ellos contestaban que no, que era muy extraño. Y que nunca habían visto nada así, ni tan siquiera parecido. Fue cuando decidió que jamás trataría de hacerse entender de más ya fuera con la boca o con los ojos y que el que quisiera saber que pensaba o que quería se molestase en entenderle o en imaginárselo o en seguir la dirección de su dedo.
-Corre Vicente, corre. Dicen que ya entraron, que cogieron a tu padre.
-¿Qué es lo que estás diciendo? ¿A quién dices que cogieron?
-Al alcalde señora, al alcalde le cogieron. Ya entraron
-¿Tan pronto? Aún no se les esperaba
-Sí, entraron. Ya entraron. Corre muchacho corre que cogieron a tu padre.
Al rato bajó mamá con ellos que habría estado terminando de hacer la cama de Adrián. Se sentó frente a papá y ni siquiera lo miro si no que se quedó cabizbaja frotándose las manos una y otra vez. Mamá estaba con la mirada perdida como si en su taza de café hubiera habido un naufragio, papá sin despegar los ojos de las rayas del mantel y alguna vez observando por el rabillo del ojo que era lo que estaba haciendo Leire. Leire estaba descubriendo sus manitas con sus uñas, con sus laderas y cordilleras, y las moscas revoloteando alrededor de la ventana como si su existencia se basara en eso, como si algún día el rey de las moscas le hubiera dicho a una mosca “pues mira mosca, aquí mando yo, y tu a partir de ahora y hasta que te hartes de vivir te lo vas a pasar revoloteando al lado de la ventana de la cocina de casa de Adrián, y si no te hartas de vivir, que es lo más fácil, tampoco te preocupes porque te vas a morir igual, al fin y al cabo solo vas a revolotear”. Si hubiera tenido vida propia el panecillo de papá hacía ya mucho rato que habría salido corriendo medio mordido, porque prácticamente lo tenía olvidado sobre el mantel. Todo esto había durante el desayuno cuando mamá empezó a gritar a Adrián, sin causa aparente, que desayunara más rápido, que era muy lento, que cuando se tragase el pan ya iba a ser de antes de ayer. Adrián no le vio sentido pero aún así se limitó a bajar la cabeza y tratar de comerse los panecillos más deprisa; royendo más rápido con sus paletas de leche y haciendo fuerza con los carrillos para que la miga se disolviera en la saliva. Un día de colegio eso era válido porque desayunaba muy despacio y podría llegar tarde al cole y no esperarle ni Pedro “el ciento” y llegar a la escuela y que don Félix le diera la bienvenida con un castigo y que después, a la hora de salir, se tuviera que quedar borrando las pizarras, pero sabía que probablemente Pedro “el ciento” le estuviera esperando, pero don Félix no, y Pedro “el ciento” nunca tenía prisa y probablemente mamá también lo sabía pero como siempre se lo decía aunque fuera el último día se lo iba a seguir diciendo, tal vez, a lo mejor, solo por costumbre. Porque así lo hacía siempre.
En la cocina también hacía frío a pesar del fuego y del café recién hecho, tal vez algo menos que en el dormitorio por todo esto. Pero nadie le hacía ya caso al frío.
Adrián muchas veces se preguntaba que como podía ser aquello de que estuviese siempre regañándole y porque mamá era dulce con todos los niños del pueblo menos con él. Cuando algún niño iba a su casa a merendar después de la escuela mamá siempre se paraba a hablar con él, le preguntaba por sus padres, por sus estudios, le preguntaba que quería merendar, cuál era su juego favorito –mamá a veces se acordaba de que un día también fue niño-, incluso cuando les curaba las heridas parecía que los acariciaba suavemente y apenas se quejaban… pero con él… con él era muy diferente, le regañaba por no lavarse las manos después de comer, por no cepillarse los dientes antes de irse a dormir, por no hacer bien la tarea, por salirse de las líneas al escribir, por confundir una resta con una suma, en fin que le regañaba por casi todo. Y sin embargo no se daba cuenta de las cosas más importantes; que era capaz de hacer que los cantos dieran saltos en las charcas y volver a caer, que también podía mover el dedo meñique como si no tuviese hueso o de que le gustaba ver a las hormigas meterse en un agujero cargadas de semillas que se habían encontrado. De todos modos, pensaba a menudo, a lo mejor por eso cuando era más pequeño, tanto que no se acordaba ni de cómo eran sus ojos, ni sus manos, aquella podría haber sido la forma de darse cuenta que mamá era su madre. Porque su madre también habría podido ser la madre de Pedro “el ciento”, o la Matilde su madre o la madre de Maruchilla, y se podría haber equivocado. De este modo, lo más probable, es que se hubiera dado cuenta que su mamá era dulce con todos menos con él y por eso no quedaba otra posibilidad de que aquella fuera su madre. Porque la madre de Pedro “el ciento” también era agradable con él y sin embargo a Pedro lo regañaba a menudo, hasta por esas cosas de las que mamá decía que podía aprender de él a la propia madre de Pedro “el ciento” le sacaban de quicio. A lo mejor a papá le podía haber pasado lo mismo, si no ¿Cómo sabría él que era su mujer?, posiblemente en la escuela mamá fuese buena con todos los muchachos menos con papá y así papá se hubiera dado cuenta de que era su mujer del mismo modo que Adrián se había dado cuenta. Mamá, en la escuela, podría haberle empujado del subibaja o haberle tirado piedras a la cabeza cuando salía de la escuela. Y a Adrián le daba miedo porque a él ninguna niña le tiraba piedras en la escuela ni le empujaba por las calles y no quería quedarse solo cuando fuera mayor en las noches que eran muy oscuras y a él le daban miedo. También era cierto que la única niña de la escuela era Maruchilla y que de mayor tendría que ser la mujer de todos los niños. Pero no, eso no era posible porque mamá siempre era dulce con papá, incluso cuando papá no se lo merecía y se enfadaba con las noticias que llegaban del otro lado del puente, o cuando se daba con el martillo en un dedo y llenaba de mierda a todos los santos y a toda la corte celestial. Eso no podía ser, seguro.
-Ahora ellos están aquí ¿no queda sitio para nosotros?
-Parecer ser que no, no lo hay, no.
-Vaya, no sé porqué.
-Dime, estando nosotros, todo en orden ¿hubiera habido sitio para ellos?
-Tal vez no, probablemente no. No
Hacía un rato, antes de que Adrián se despertara, papá aún estaba en casa preparándose para salir cuanto antes y mamá estaba tostando los panecillos del desayuno y preparando café. Alguien llamó a la puerta, de forma airada, con los nudillos. Ni mamá ni papá se esperaban que nadie llamase a esas horas tempranas en casa. Mamá le dijo a papá que si podía abrir él, que ella estaba con los panecillos y que si no se le quemarían. Entonces fue papá a abrir metiéndose los faldones por dentro del pantalón y abrochándose el cinturón. Al otro lado se encontró a Alfonso Pancorbo con la cara pálida, como si hubiera visto un fantasma. Se había quitado la gorra y la hacía un ovillo entre las manos de forma nerviosa, luciendo un pelo ralo que pocas veces mostraba. Papá se preguntó que qué estaría sucediendo y le fue respondido antes de que ni siquiera saludara a Alfonso, ni le invitase a pasar ni le dijera nada. Le dijo que don Julián había muerto. Que Carmen aún estaba gritando como una loca en la puerta de su casa. A papá se le quedó la misma cara que a Alfonso y a mamá, que lo escuchaba todo, se le quemaron los panecillos a pesar de tenerlos a un palmo de las narices. Entonces papá cerró la puerta sin darse cuenta de que Alfonso seguía quieto frente a ella con la misma piel pálida y la gorra echa un nudo, pero las palabras ya habían entrado en casa y Alfonso no parecía tener la intención de querer entrar. No hacía falta que saliera ya. Dadas las circunstancias a Alfonso aquello no le molestó, tal vez ni siquiera se había dado cuenta. Y papá se fue a la cocina cabeceando síes al suelo y se sentó en el mismo sitio del que no se movió en toda la mañana. Ya no era necesario que fuese a trabajar porque nadie iría a trabajar. Sabía perfectamente lo que eso significaba.
No hacía falta ya que subiera arriba del todo con su hacha, y se pusiera a cortar los troncos de Noviembre. No tenía porque arrancar las ramas bajas ni hacer caer los árboles al suelo apartándose de un salto. Tampoco era necesario que atase todo eso con sogas, y las dejara en el cauce del río para que corriente abajo llegaran hasta el pueblo y las fuera recogiendo la gente que necesitaba más leña o más madera. Tampoco tenía que llevar colgadas sus herramientas ni llevar puesto el abrigo gordo de lana. Aquellos a los que la noticia les había cogido faenando ya habían vuelto a sus casas con la misma cara de fantasma que ahora tenían Alfonso y Tomás. Zacarías estaba trabajando cuando se enteró. Vicente iba de camino, con su escopeta al hombro. Nicanor estaba en cuclillas con las manos sobre algún hierbajo cuando oyó los gritos. Y ahora todos ellos y alguno más tenían cara de haber visto un fantasma. De haber visto un fantasma y de esperar a ver que decía “El manco”, que tenía respuestas para casi todo.
Papá era alto. Era más alto que el abuelo Melquiades que como ya era abuelo se había ido encorvando para acercarse a la tierra. Tenía las espaldas anchas. Mamá de joven le decía que quería vivir colgada de sus hombros. Y papá pensaba que a él le hubiera gustado vivir en el ombligo de mamá. Pero papá nunca decía esas cosas porque pensaba que esas cosas solo podían decirlas las mujeres y que los hombres solo podían sentirlas. Porque según él los hombres no pensaban, tenían que sentir, las mujeres eran las que debían pensar porque se les daba mucho mejor a ellas. Cuando caminaba, los pies parecía que se fuesen a desenroscar de los tobillos y quedarse en el suelo bailoteando porque siempre apuntaba con el dedo gordo hacía el exterior. Su cara era similar a la de Adrián, se parecían bastante. Pero tal vez le brillaban mucho menos los ojos. También tenía una nariz prominente que le daba un perfil con aire importante e imponente. El pelo lo tenía lacio y casi negro, el flequillo le caía sobre la frente y a veces lo apartaba de un soplido. Rara vez se enfadaba, pero cuando se enfadaba hacía temblar toda la casa y le salían de la boca truenos y sapos. Adrián pensaba que las personas mayores solo se enfadaban por cosas importantes e imaginaba que de mayor, en su caso, sería así. Que solo se enfadaría por cosas importantes. Así que ahora que estaba a tiempo tenía que aprovechar para enfadarse de vez en cuando por tonterías.
Un día, estaba Alfredo tirado en la plaza del pueblo, llorando a lágrima viva y pataleando en el suelo. Como si el suelo tuviese toda la culpa de sus desgracias. Cuando le preguntaban que porqué lloraba él respondía que porque estaba muy enfadado, enfadadísimo. Y por más que insistían en preguntarle que porqué lloraba él lloraba y lloraba más. Hasta que por fin el berrinche le permitió hablar y dijo que estaba enfadado porque se había comido un caramelo y volvió a llorar como si le estuvieran matando. Petra se le acercó y le dijo que no se podía llorar porque uno se había comido un caramelo que eso era bueno y solo se podía llorar por cosas malas. Petra siempre era muy dulce con todos los niños, porque ella no tenía hijos y de siempre quiso tener hijos y lo compensó amadrinando a todos los niños como si fuesen suyos. Entonces él la dijo que lloraba porque quería comerse otra vez el caramelo y Petra sacó un caramelo de su delantal y se lo metió en la boca a Alfredo casi sin que le diera tiempo a reaccionar. Fue cuando Alfredo se puso a llorar más y más y con más rabia incluso luciendo el bulto en la mejilla del caramelo y Petra le preguntó que porque lloraba ahora y él contestó que lloraba ahora más fuerte porque él no quería un caramelo si no que quería el caramelo que se había comido antes. Petra reconoció mentalmente que aquel niño lloraba por una razón sincera y profundamente justificada y trató de convencerle de que lo que pretendía era imposible. Pero no lo consiguió y Alfredo estuvo todo el día llorando hasta que dejaron de hacerle caso. Por cosas así era por lo que Adrián consideraba que merecía la pena enfadarse de verdad. Pero papá a veces también se enfadaba por tonterías aunque Adrián no se diera cuenta. Y al día siguiente, cuando había dormido de mal humor, se levantaba más cabizbajo de lo normal y sintiéndose ridículo por su comportamiento anterior. Mamá se enfadaba más a menudo que papá pero los enfados le duraban menos, y nunca se sentía culpable. Tal vez porque tenía más práctica en eso de enfadarse. Y enfadarse era como la ortografía; cuando uno más lo practicaba más maestría se conseguía.
-¿A quién dice usted que se llevaron ahora?
Cuando por fin terminó Adrián de desayunar subió las escaleras detrás de mamá para ir al baño. Allí le preguntó que si no tenía ganas de hacer pis y él contestó que no con la cabeza. Allí también le preguntó que si tenía ganas de hacer caca y él volvió a contestar que no. Apoyándose con los brazos se aupó sobre la pila y se quedó mirando un ojo y al otro. Se quedaba fijamente mirando el uno pensando que cuando creciera sería un gran alivio porque no tendría que auparse en la pila y tendría las manos libres para poder medirse los ojos. Pero también pensaba que el verdadero alivio era darse cuenta de una vez por todas de que no existía diferencia alguna. Y luego miraba el otro convencido de que la apertura era menor. Miraba este último de nuevo con cuidado, sin que se le escapase el menor detalle, y volvía a decepcionarse porque veía el otro más abierto. Así una y otra vez. Había tomado esa costumbre de medirse los ojos con la incertidumbre de si uno estaba más abierto que el otro. Muchas veces cuando volvía a casa con Pedro “el ciento” y había charcos en la calle se paraba en seco para poder mirarse no fuese que hubieran cambiado en un instante, hasta que Pedro “el ciento” se daba cuenta que iba hablando solo y se daba la vuelta y veía a Adrián mirando los charcos. Pedro “el ciento” pensaba que trataba de ver si había hormigas ahogadas o si allí había aparecido de repente un barco de papel cargado de piratas. Comenzó a mirarse y sentía que la carne que le cubría el cuerpo no le pertenecía a él si no que era un traje prestado y que podría arrancarse la nariz, ponerla sobre el lavabo y probarse una nueva que fuera de otra persona. Porque en aquel instante se sintió dentro de un cuerpo extraño, como si solo le pertenecieran los huesos y las tripas. Pero no los ojos, ni las orejas, ni los labios. Y podía salirse de allí y coger otro cuerpo. Y por un instante dejó de lado sus ojos y su propio ser para ver allí a los dos reflejados, él mirando fijamente y mamá moviéndose tras él.
Mientras esto hacía pasó mamá detrás de él y la vio reflejada en el espejo. Vio su pelo castaño que le caía por las orejas, como algunos rizos habían escapado de la coleta y caían sobre las clavículas. También vio las caderas estrechas que se juntaban por encima de la cintura y luego volvía a expandirse. Entonces le vino a la cabeza que qué sucedería cuando todo hubiese terminado. Que tal vez aquellos que estaban al otro lado del espejo se quedarían quietos eternamente, tal como quedaron la última vez que alguien se asomó ante ellos, esperando a que un nuevo niño se mirase fijamente y una madre pasara detrás de él para que pudieran volver a cobrar vida. Debería ser muy aburrido quedarse allí quieto sin poder hacer nada hasta que alguien se le ocurriera asomarse a verlos. Sería algo así como un eterno escondite inglés sin nadie que ligase. O también podría ser que dejasen de ser el reflejo esclavo de alguien y podrían ejecutar sus propios movimientos dejando de ser imitadores de nadie mientras no los mirasen, pero si a alguien se le ocurría asomarse a mirar deberían de adoptar rápidamente la forma en la que habían quedado quietos, no levantasen sospechas. Que cuando la gente se fuera del espejo ellos sacarían sus juguetes e irían allí dentro a su propia escuela con sus propios amigos. Por un momento pensó que también era una posibilidad el que las personas del otro lado del espejo fuesen seres reales, los que realmente vivían y reían e iban a la escuela y cocinaban y mamá y él, sin saberlo, los que se dedicaban a ejecutar los gestos que otros hacían, a imitar la vida que otros habían decidido vivir. Y que cuando todo terminase los señores del otro lado del espejo podrían estar tranquilamente sin que nadie los observase y sin que nadie hiciera lo que ellos querían hacer. Tampoco era difícil que así fuera.
Cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos y allí apareció un hombre montando sobre un monociclo haciéndolo marchar delante y atrás y sorteando bestias que se le cruzaban: leones y osos encadenados, iguanas gigantes que entraban de los límites del espejo amenazaban con una mandíbula feroz y ratas escondiéndose tras las piedras que se asomaban cuando nadie las miraba. También había un payaso, con nariz roja de payaso y ojos pintados de payaso, tenía media cara cubierta de espuma y se afeitaba con una navaja mirándose en un espejo ¿sería aquel espejo en el que estarían mamá y él mismo reflejado? Un hombre andaba sobre la cuerda de la ropa, atravesando el cielo, con una pértiga larga en sentido horizontal. Y un hombre menudo y con barba arrastraba una jaula en cuyo interior un monstruo con apariencia humana daba voces y amenazaba romper los barrotes. Dos hombres delgados caminaban con unos zancos, y dos chinas diminutas se ponían morritos la una a la otra. También había un hombre con harapos y boina que estaba sentado en el suelo sin más. Hasta que mamá le regañó por quedarse embobado como un tonto mirándose al espejo y por perder siempre el tiempo.
-Dicen que allí se lo encontró.
-¿Y donde es allí?
-Pues allí hombre, allí. Cerca del cuartelillo ¿Donde va a ser si no?
-¿Y qué pasó entonces?
-Lo señaló delante de aquellos hombres que no son del pueblo. Y dijo esto y lo otro de él. Como si no le conociera nada más que de malhabladurías.
-¿Se lo llevaron?
-No, de momento no. Pero no tardarán en hacerlo.
Mamá empezó a quitarle la parte de arriba del pijama gris mientras él estiraba los brazos para facilitar la tarea. Cuando se la hubo quitado, le dijo que se fijase bien lo delgado que estaba, que eso le pasaba por comer tan despacio. Que cada día estaba más flaco y las moscas de la casa más gordas y algún día habría en la cocina una mosca tan espabilada que se haría gigantesca y se los comería enteros, con zapatos y todo. Que se fijase bien en cómo se le marcaban las costillas, que parecía tener la piel de cristal de tanto que se le veían, y que como no tenía chichas bajo las costillas había hueco suficiente para que las golondrinas pusieran un nido. Y que algún día por eso su corazón sería entero de paja y podría deshacerse si llovía. También si bebía agua con mucho ímpetu. Adrián pensó que le gustaría tener un nido de golondrinas debajo de las costillas porque así le acompañarían a todos los sitios y nunca estaría solo. Y las oiría piar y hasta podría darles de comer. Vería crecer a las más pequeñas y escapar de su pecho saliendo por la boca. E irían a visitarle. Y si llovía con llevar paraguas o guarecerse valdría, para que no se mojasen las golondrinas y su corazón no se deshiciera. Y antes de que se diera cuenta se vio con una camisa blanca y un pantalón gris por encima de las rodillas. “Ten cuidado que siempre te caes y luego te despellejas las rodillas de tanto caerte” le dijo su madre. Tenía puesta la ropa de los domingos, pero él sabía que no era domingo porque era martes. Sabía perfectamente porque no tenía escuela, porque papá no había ido a trabajar y porqué llevaba puesta la ropa de los domingos. También sabía que mamá no tardaría en darle la rebeca para que no pasara frío, y que no podía quitársela aunque sudase que si no podría resfriarse, y muchos menos si llovía. Porque tenía pinta de llover, y si llovía, le dijo mamá, que volviese rápido a casa no se empapase. O que se quedara en la calle. Total, si era el último día. Pero siempre se acababa quitando la chaqueta dijera lo que dijera mamá.
Cuando a punto estaba de salir por la puerta de su casa papá le gritó que, como siempre que no había escuela, no se olvidara de ir a ver al abuelo Melquiades antes de ir a buscar a Pedro “el ciento”. Él pensó que lo veía siempre porque desde la ventana de su habitación se veía la puerta de la casa del abuelo y él siempre estaba allí, sentado, en la piedra que estaba debajo del árbol ¿el abuelo Melquiades también tendría un espejo donde se vería su oreja cortada? A lo mejor se le había roto y por eso estaba siempre allí quieto. O tal vez el señor al que reflejaba se hubiera muerto. Como no le importaba demasiado y lo hacía todos los días que no tenía que ir escuela lo acató sin protesta alguna. Le dio un beso a Leire. Le dio un beso papá elevándose en la punta de los pies y se marchó.
Abrió la puerta tirando de ella con las dos manos sujetas al picaporte y una vez fuera dio un portazo para cerrarla y que no quedara entreabierta. Se quedó un momento parado viendo el suelo; estaba mojado y en el uniforme cemento se habían formado pequeños charcos. En el cielo había nubes moradas. Por sorpresa oyó un traqueteo que se acercaba a él ¿de dónde podría venir? Acercándose más aún identificó un galope que se le aproximaba. Tan rápido como pudo reaccionar se pegó fuertemente a la puerta todo lo que pudo pareciendo que quería entrar de nuevo en la casa sin ni siquiera abrir la puerta. Y vio pasar a unos palmos de sus narices un caballo negro corriendo todo cuanto podía, sin rumbo a pesar de que iba a salir por una calleja, solo por el hecho de correr mientras que Adrián observaba, asustado, con los ojos como platos. La velocidad del animal hizo que se le moviera el cabello y por un momento se le erizara el flequillo. Aquel caballo negro con las crines salvajes parecía un alma que llevase el diablo y probablemente no sabía ni a donde iba ni de dónde venía. Adrián tampoco lo sabía.
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