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El Espantapájaros de Comala

Capítulo 1

Miró todo asomándose desde la loma en la que se encontraba haciendo un barrido con su vista de izquierda a derecha. No era la noche más luminosa de la historia pero ello no impedía que gran parte del pueblo se viera lo suficiente. Había menos estrellas de lo normal, como si un zarpazo invisible las hubiera espantado. Fue entonces cuando se preguntó cómo podría alguien vivir en aquel lugar durante tanto tiempo. No, al lugar no le sucedía nada en especial. Pero, sin embargo, todo Zoar parecía descansar sobre la palma de la mano de un demonio. Como si la mano de aquel demonio sujetase los cimientos, las raíces de los árboles y entre sus líneas serpenteasen los ríos. Sintió que de un momento a otro rompería la tierra agrietada un puño invisible y comenzasen a recorrer todo aquello lenguas de azufre. Nada parecía indicar que fuera así realmente pero, sin embargo, era la sensación que daba. Un aire raro. El lugar no tenía nada de atípico, tal vez algo más pequeño incluso de lo que había imaginado. Y ya lo había imaginado demasiado pequeño. Había resultado tan difícil localizar todo aquello. Olía a lluvia pero aún no llovía y el cielo parecía despejado. El lugar tenía un río que se veía a lo lejos, y si no era un río era algo parecido. Pero no era ese tipo de olor a humedad, si no olor a lluvia. Pronto comenzaría a llover, lo intuía. A su derecha quedaba una casa, no muy lejos de donde se encontraba. Era la última casa, o la primera, según se mirase. No era ni grande ni pequeña. Era una casa normal. Con todas las connotaciones de la palabra. Tal vez había en ella una mezcla de solemnidad y humildad. Pero nada más. Después había un camino que bajaba. Algunas callejas que se veían estaban formadas por casas que goteaban del suelo y parecían asomarse a la noche. Poco más se podía observar hasta el puente del fondo, que estaba sobre el río. El río sonaba como un rumor en la noche fresca. Y el ruido del río hacía que pareciera la noche más fría aún. Sobre el agua que llevaba el río la luna había engordado. Y una parte de ella se reflejaba en el río. Era una lástima que no cupiera por completo. Tan solo se veía como si girones de luna hubieran caído y estuviesen remando corriente arriba. Pero la luna se veía completa. Tan solo su reflejo era incompleto por manchas de sombras y de luces producto de su propio reflejo. Que inhóspito resultaba aquel lugar. Antes de que se diera cuenta la luna había desaparecido del río. También había desaparecido del cielo. También habían desaparecido las pocas estrellas que volaban. Algunas gotas afiladas comenzaban a atravesar el cauce. Resultaba una lluvia intermitente, en un principio no parecía que lloviese demasiado. Nunca nada tan normal había resultado tan lúgubre.

 

Arrastrando los pies en unas zapatillas que hacía ya mucho tiempo habían dejado de ser nuevas, con pasos lentos y cortos, como si un inexplicable magnetismo le impidiera separarlos del suelo más de dos dedos, se aproximó a la ventana. Con el pulgar y el índice de la mano derecha haciendo pinza tiró de la delgada cinta carcomida y amarillenta. Resultaba increíble ver la rapidez con que envejecía todo. Ante él apareció la ventana desnuda imperturbable ante la proximidad de la mañana. En la otra mano llevaba el candil. El candil con la vela encendida. Le vela no era indispensable, es más, ni siquiera era necesaria, pues con pulsar el interruptor de la luz podía conseguir toda la luminosidad que quisiera y necesitara, pero era una de sus costumbres inamovibles; recién despierto encender la vela del candil y antes de dormir vigilar que no se hubiera consumido por completo para evitar quedarse sin la dichosa llama para la mañana siguiente antes de que se hiciera de día y dejarla extinguiéndose para poder empezar una nueva a la noche siguiente. Suponía incomprensible entender todo esto. El porqué de todo aquello. Tal vez tan solo fuera por ocupar los minutos con minucias que le impidieran vivir más tiempo todo el tiempo que le quedaba por vivir. O de llenar con nada el estúpido existir.

Sin embargo aquella mañana se había despertado más melancólico que de costumbre. Como si la memoria quisiera propinarle un mazazo definitivo en el ánimo para sumirle en el torbellino de los años que se fueron. Si alguien le hubiera preguntado en aquel momento hubiera respondido que no. Que él no quería seguir. Tan solo revivir lo ya acontecido marcha atrás. Tanto lo bueno como lo malo.

Acercó el candil, con la vela, y ésta con su llama a la ventana muda y allí estaba, majestuoso, el sauce llorando. Fue cuando uno de esos pensamientos automáticos le llevó a la idea de que debía de haber estado lloviendo todo lo que llevaba de noche hasta hacía bien poco, esa noche que aún se resistía a marcharse. Hasta hacía prácticamente nada. Cuando de pronto millones de hilos comenzaron a descolgarse del cielo. Millones de arañas azules caían kamikazes para ir a morir a la tierra. De nuevo la lluvia en la noche. Aún no la había visto ese día pero no le hubiera importado nada. Ya no se pudieron distinguir las lágrimas de los sauces.

El sauce que se veía era extraordinariamente grande. Mediría cosa de trece metros echando cuentas de vieja. Y eso para un sauce era bastante grande. El tronco tenía la piel fisurada, llena de arrugas, como si alguien perturbara su sueño para rastrillarlo. Pero apenas se veía porque las ramas y hojas disfrazadas de fantasma verde llegaban, cansinas, casi hasta el suelo. Parecía que tan solo asomase los pies. Todo lo verde parecía igualmente líquido y esperando para romperse contra el suelo y extenderse como una alfombra de otoño. Y así, tal vez, tapar la lluvia.

Tenía por rutina despertarse antes del alba, nadie sabía muy bien si era una de esas costumbres que se acentúan en la senectud o tan solo reminiscencia de algún tiempo que pasó en la sierra. Se acostaba temprano y según decía él con un sueño de mil demonios que le hacía bostezar como un león enjaulado y amenazaba medrar de un zarpazo su inquebrantable carácter paciente y afable, silencioso tal vez, para convertirse en gesto mohíno y monosílabos. Si alguna vez no se había ido a dormir de día cuando las persianas todavía podían mantenerse completamente arriba bien podría haber sido por vergüenza. O también porque Carmen para esas cosas siempre tenía la escopeta cargada, y para otras también. También, alguna vez, después de comer empezaban a cerrársele lentamente los ojos como quien no quiere la cosa, y él casi sin darse cuenta de que su estado de vigilia estaba adormilándose y antes de que su cabeza se hubiera descolgado y echado a rodar por el pasillo Carmen le daba una voz y reía para los adentros. Y él volvía a erguirse rezando en silencio y mirándola de forma poco amistosa.

Si sus costumbres a la hora de irse a dormir eran caprichosas y a veces, incluso, ritualistas las de despertarse no iban mucho más lejos. A falta de un largo trecho para que llegase el día sus ojos se abrían como platos en medio del colchón luchando contra la oscuridad y el silencio y quedaba vigilando que no hubiera salido ninguna grieta nueva en el techo. Movía una pierna para un sitio y el brazo para el otro, cambiaba el culo de posición y hundía la cabeza en la almohada. Cualquiera que le viera podría decir que era una lagartija con apariencia humana. O una cola de lagartija con apariencia humana. Después se movía hacia el otro lado y el brazo que colocó aquí ahora estaba allá y tras algún codazo de Carmen debajo de las costillas y alguna que otra vez un grito entre susurros en medio de la noche mandándole no precisamente cerca saltaba de la cama como un resorte, todo lo rápido que le permitía el moho de las articulaciones, enfundándose las zapatillas casi al mismo tiempo.

Se quedó observando la lluvia. Como algunas gotas engordaban bajo las ramas haciendo crecer sus barrigas para caer y desaparecer para siempre, y otras como simplemente caían y caían y caían como si a alguien desde muy alto se le hubiera volcado una cesta de alfileres.  La lluvia, siempre le gustó la lluvia. Incluso cuando en otro tiempo amenazaba convertirse en uno de sus enemigos más mortales y se podía quedar guardándola dos semanas dentro del pecho nunca la rechazó por completo. En aquellos tiempos se quedaba observándola sobre un chaparro con el fusil en la mano. En aquellos tiempos tan solo la observaba deleitándose de la belleza y del peligro que comprendía al mismo tiempo. Como si lo uno fuese necesariamente unido a lo otro y si se separase lo uno de lo otro perdiesen sus propiedades para siempre. Cada vez más violenta, sin estrépito, y cuando parecía el culmen de la furia la lluvia se tranquilizaba. Y de nuevo las gotas mansas se posaban sobre las ramas y las recorrían y se posaban sobre las hojas buscando un respiro ante su fin antes de desaparecer debajo de la hojarasca y los cantos convirtiéndose en barro.  

Aquella lluvia era digna de admirar, pero no tanto como la que había visto una vez siendo niño.  A menudo cuando recordaba se le ponía gesto bobalicón en la cara y la mirada se le perdía en la inmensidad de los años. Aquella vez salió de casa poco después de comer. Su madre no estaría, porque a veces su madre acompañaba a su padre en asuntos sumamente importantes que a él no se lo parecían tanto. Llevaba un aro de metal en la mano. Su padre estaría sacando dientes. Abrió la puerta y se quedó ante ella. Su madre estaría esperando a su padre en algún sitio a que dejase de sacar dientes. Jugaba con los demás chicos del pueblo a empujar el aro calle abajo, a que el suyo llegase antes que el de los demás muchachos. Y si así era suya era la gloria de aquel día, o hasta la próxima ronda por lo menos en la que volvía a subir el aro calle arriba con los calcetines subidos. Cayó delante de sus narices la mayor tromba de agua que jamás había podido imaginar y que nunca llegaría a volver a ver. Los rayos empezaron a recorrer el cielo como culebras luminosas y los truenos resonaban en los tejados como si el tiempo quisiera vengarse de un verano demasiado caluroso. Se quedó mirando todo aquello embobado. De arriba abajo y de un lado al otro. Como si ante él hubiera una cortina de agua que nacía, nacía y nacía, sin hacer caso de su aro de metal que hace unos instantes tan interesante le resultaba. Como si estuviera ante un bombardeo impuesto por el clima. El aro se le escapó de las manos y avanzó unos metros sorteando la lluvia. Se frenó, pareció retroceder y caía al suelo dando con un lado y otro del diámetro hasta que por último se tumbó en el suelo, empapado. Él no se daba cuenta de nada. Estaba viendo la lluvia caer y casi la sentía en el paladar. Antes de que le diera tiempo a reaccionar oyó como su abuela decía que tan solo era una tormenta de verano, restándole cualquier importancia. En ese momento toda la lluvia pareció caer en un instante y romperse en el suelo, con nubes negras y todo. Le agarró del brazo y tiró de él hacia el interior de la casa, y le dio un pescozón y cerró la puerta. Por ser tan tonto, por haberse quedado embobado mirando una simple tormenta mientras cogía una pulmonía.  Cuando cerró la puerta había terminado para siempre con la lluvia más espectacular que jamás había presenciado. Cuanto la echaría de menos.

Se apartó de la ventana dando por terminado el espectáculo. El olor a tierra mojada se le metía en las narices a través de la ventana cerrada. Era un olor reconfortante que por un momento provocó que se le fueran las ánimas de la cabeza. Y en ese momento le hubiera gustado abrir la ventana e inspirar profundamente achicando la nariz para llenar los pulmones de tierra mojada. Pero no lo hizo. No hacía frío, pero la mañana estaba fresca. Él sí que sabía bien lo que era pasar frío y aquello no le parecía nada.  Sin volver a bajar la persiana posó el candil en el escritorio y se sentó frente a lo que quedaba de lluvia. El sillón era cómodo. Acolchado. Marrón. De un marrón bastante oscuro que si hubiera sido azul sería casi negro. Los reposabrazos, de algo parecido a madera barnizada, parecían enroscarse sobre sí mismos al final, como si hubiese estado allí, esperando, silenciosamente para tal ocasión.  A su derecha una cristalera que nunca cogió polvo mas debido a la pulcritud de su mujer que su devoción por la limpieza. Siempre la observaba después de acercarse a la ventana. Lo que muchos hubieran pensado que era fijarse todos los días unos instantes ante la novedad de algo nuevo, hacía ya muchos años que ningún miembro nuevo formaba parte de su colección, se había convertido en rutina y admiración de por vida, o tal vez ya fuera costumbre. Una de esas cosas que se hacen porque un día se hizo, y al día siguiente también se hizo y ya nunca se abandonó.  Y es que todas las cosas nuevas o se entierran para siempre en el injusto rincón del olvido o se empeñan en acompañarnos del brazo. Él se quedó con la segunda. Y allí estaban el rojo y el blanco mezclados con el azul, el blanco con motas negras, las antenas con la capa extendida. El negro de luto y el azul casi metalizado como si fuera la piel de un avión. El arte natural de los brazos extendidos, las formas más simples, algunas que parecían a medio terminar por un Dios temeroso y falto de talento y otras sin embargo, tal vez las menos bellas, no parecían más que algo a medio camino entre una mariposa y la cucaracha. Otras parecían retales de un traje de folclórica. Y para terminar la Trogonoptera como si estuviera coronando a todas las demás, vigilando que ningún insecto disecado cobrase vida para romper el cristal de repente y echar a volar con las alas de tela oxidada, la única que conocía el nombre a ciencia cierta sin lugar a discrepancias. Porque de algunas tan solo lo intuía y de otras pese a que las nombraba de tal o cual modo este podía ser de modo arbitrario y del mismo modo podía denominar a otra que se la parecía pero que no era exactamente igual. La Trogonoptera era un relámpago negro con azabache negro y chal negro, en luto perpetuo. Y mostrando unos colmillos verdes, como pintajos, mostrando que la naturaleza, en ocasiones, puede ser injusta y violentamente feroz.

De nunca fue una de esas personas con demasiada tendencia a echar cosas pasadas de menos. Si alguna vez eso ocurría se trataba de una leve molestia y un peso excesivo para los huesos y lo espantaba rápidamente con un pisotón al suelo o bebiendo infusiones. Como si la manzanilla ahogase los recuerdos y los dejase flotando en ella. Pero esta vez era diferente y sentía como si las fotografías amarillas y las risas que ya no podía oír se hubieran fundido con la hiel y se hubiera convertido en un bloque en su tripa que ahora le dolía.

Terminado el ritual se abrían casi siempre las dos mismas posibilidades, o coger uno de los pocos tomos empolvados que adornaban su biblioteca o sacar del bureau un oscurecido tablero de ajedrez con piezas retuertas de roble. La mayoría de los libros descansaban allí, algunos de pie otros recostados, sin más oficio que el ocupar un lugar. Casi la totalidad estaba leída y a veces hasta releída, como aquel que a fuerza de una obstinada afición a lo que en él se contaba había hecho que se sintiera casi como el compañero de viajes del propio héroe Eneas. Para él mejor que Odiseo, donde iba a parar. Esta vez le pareció más llevadero poner sobre la mesa el tablero de ajedrez.

Hacía ya mucho tiempo que el poco pellejo que se le pegaba a los huesos había dejado de estar firme sobre la osamenta larga y delgada, como el camino viejo. Sin embargo, con orgullo propio de hidalgo lucía unas canas que nunca había querido sepultar bajo una boina más por vanidad que por desapego a la prenda. Un traje viejo, cortado con cuidado por las cuidadosas manos de un sastre, en cuya tela a veces se adivinaban colores que ligeramente cambiaban el tono del marrón claro dominante y que elevaban su posición y su ego lejos de la realidad y que guardaba celosamente desde hace mucho tiempo. Los ojos huidizos que se escondían tras las pestañas como grillos negros acompañaban sin más. Alguna que otra cicatriz, unas inevitables y no deseadas, las de mayor longitud, y otras buscadas y probablemente perseguidas con obstinación en sus pillerías infantiles.  Todo esto antes mencionado, la humedad de años y años viendo caer la lluvia clavada en las entrañas y el polvo que había quedado atrincherado bajo las uñas para siempre era todo cuanto tenía. Desde muy joven había comenzado a destacar por su estatura y ya en la escuela a menudo le tocaba coger las cosas a las que no llegaba el maestro, que también cabe mencionar que este no destacaba precisamente por su altura sino más bien por todo lo contrario. Nunca le molestaron este tipo de cosas. Tan solo protestó aquella vez en la que todos los días la misma mujer le decía lo alto que se estaba poniendo, cuando se la encontraba al ir a comprar el pan o a recoger la carne nueva que le llegaba al carnicero o pasando frente a su puerta, y lo largo que era y él respondió que ella estaba todos los días igual de vieja y no se lo decía cada vez que la veía. Tras el obsequio que le hizo su padre en forma de moflete amoratado en cuanto se enteró aprendió la lección de que a veces era mejor callar y protestar hacia dentro, y fue precisamente lo que se dedicó a hacer durante toda la vida hasta que se hartó.

Colocó cuidadosamente cada pieza encuadrándola perfectamente en cada casilla. Con sutileza. De forma minuciosa, como si el hecho de que el soporte de alguna tocase la línea que separaba el negro del blanco hubiera sido traspasar una frontera imposible. ¿Había vuelto a llover? ¿Había dejado de llover en algún momento? Al frente, los peones, todos iguales, con la cabeza gacha fija en los dedos de los pies ante las órdenes que debían acometer de sus superiores que les respiraban en el cogote. Detrás los caballos sonrientes, con las crines como el fuego, erizadas, parecían mecerse delante y atrás esperando que alguien los empujase al centro del tablero y comenzar alguna nueva aventura en solitario. A su lado estaban los alfiles serios y taciturnos, pulcros y rectos con un gesto en la cara de gato arisco y traicionero. Las torres con el pelo de punta, el rey con su barba blanca y aires de grandeza y a su lado la reina mirándole con el rabillo del ojo, como permitiéndole tener el poder que ostentaba el monarca e ideando que hacer para que de un bandazo derrocarle en cuanto tuviera ocasión.

Probó alguna apertura, y luego otra. “De esta gustaba Philidor” solía decir su abuelo ante otra. Rechazaba las italianas aunque fuesen las mejores por prejuicios más morales que técnicos, probaba algunas de jugadores legendarios de siglos pasados pero unas las desechaba porque no las entendía y las otras solo por lentas y aburridas por más que, en el fondo,  tampoco las comprendiera del todo. De todas la que más le gustaba era la Ruy López por dinámica y agresiva y casi también porque tal vez fuese la única que sabía jugar y no con destreza de maestro. Cuando jugaba ante algún trebejista del cual sabía que obtendría la victoria sin demasiada dificultad le daba igual pero si, por el contrario, las distancias se acortaban y no tenía tan seguro que fuera a ganar echaba mano de esta apertura. De su autor le gustaba su origen extremeño y esto hacía que le recorriera el cuerpo cierto orgullo patriótico y no tanto su condición de religioso, que le daba lo mismo. O al menos siempre creyó que lo había sido sin haberlo podido verificar por completo. Algunos hechos al abandonar su niñez habían provocado que cada vez confiase menos en su memoria porque a veces se fundía con su propia imaginación, como aquella vez que había visto en un libro una lámina con el rostro de Góngora y creyendo verle ataviado de hábito se había pasado media vida pensando que fue cura. Un peón. Otro peón. Otro peón que se le enfrentaba queriendo ponerle freno. Un caballo que saltaba del negro al blanco como una danzadora rusa con brasas en los pies. La lluvia intermitente que parecía extinguirse poco a poco como el fin de una canción. Un alfil que se descolgaba. Y así hasta que daba por concluida la lucha consigo mismo por no darse la razón ni quitársela o el inevitable exterminio que se producía con la muerte del indefenso monarca que caía lentamente dando un golpe sordo mientras profesaba órdenes imposibles a sus vasallos.

Pero aquella vez fue diferente y sin ninguna causa aparente, como si en un instante su cabeza se hubiera llenado de humo, se quedó mirando las motas de polvo suspendidas en el aire desafiando las leyes de Newton y por más que trataba de atender a los movimientos de las piezas una y otra vez volvía a mirar a ese espacio vacío como si no lo hubiera visto nunca antes. Las motas planeaban en la estancia para posarse en el suelo o en algún obstáculo que estuviera por el medio. Maldijo que ninguna se posase en alguna pieza para de ese modo poder aunar las dos cosas en una. Tanto le absorbió aquella visión que llegó un momento en el que perdió la noción de si era el turno de las blancas o de las negras y no consiguió averiguarlo ni tratando de recrear la partida marcha atrás en su cabeza movimiento a movimiento. Y con la percusión líquida de los últimos cuchicheos de lluvia que quedaban, los inertes guerreros y el espacio vacío donde no cabía nada descubrió a la noche palideciendo y negociando con el día la hora del alba.

Carmen se despertaba más tarde que don Julián, pero nunca ni la pereza ni el último sueño la dejaban enredada entre las sábanas pasadas las ocho de la mañana. Sabiendo que su marido llevaría ya un buen rato despierto se desperezaba poniendo en orden la cama, abriendo una boca feroz y con movimientos de contorsionista trataba de colocar a ciegas el desaguisado de su peinado. Sacudía las almohadas dándolas palmadas en el pecho y en la espalda, la de don Julián con algo más de tacto porque siempre se quejaba de la forma más exagerada que podía de que la dejaba demasiado menuda y le daba la impresión de estar durmiendo en un ataúd cuando se acostaba. Como si su mujer de aquella manera le estuviera diciendo que haber cuando le daba la alegría de llevarla pronto de entierro siendo ella la viuda. Estiraba las sábanas, colocaba encima la manta sin que nada sobresaliera y con una precisión de relojero culminaba con el embozo dando por zanjado el orden del dormitorio.

Notó como se la erizaba el vello bajo las mangas del pijama y se la punteaba la piel. Debía de hacer frío fuera. Se acercó al perchero y dejó caer sobre su menudo cuerpo la bata azul moteada en pelusas azules y se la ató alrededor de la cintura con un nudo que no se deshacía ni con los dientes. Entró a la cocina aún echando el pulso con el rebelde pelo que parecía querer desafiar toda lógica estética. Era una batalla perdida de antemano. Cogió algo parecido a una taza de café que llevaba varios días sobre la mesa, pero más bien podría llamarse agua sucia. Cuando se despertaba no sentía nada, ni mal humor ni bueno. Ni ganas de despertarse ni enfado por haber escapado de la cama. No era hasta que se tomaba el café cuando sus humores escapaban y subían a la superficie de la piel. Y podía ser que estuviese encantadora. Pocas veces. Casi nunca. O poco llevadera.

Gritó dos veces a don Julián por si quería desayunar con ella. Seguro que ya había desayunado al poco de levantarse. Muy de mañana le gustaba mojar un par de tostadas del pan que había sobrado el día anterior en la leche azucarada, nunca fue muy de café. Sin embargo si en la leche vertía unos granos de azúcar le resultaba mucho más sofisticado y mas que un desayuno a lo pobre le resultaba casi casi de señorito. Sin embargo no era raro que se sentase al lado de Carmen con su silencio infinito y algo parecido a docilidad conyugal para volver a desayunar. Como no obtuvo respuesta alguna se bebió el café de dos tragos sin saborearlo aún a riesgo de que saliera humo de su garganta. Trató de recordar que había pensado el día anterior  que sería la comida, y como lo olvidaba a menudo de nuevo comenzaba a idear que debía de preparar siendo en alguna que otra ocasión una sorpresa, y no siempre grata, cuando se daba cuenta de que el plato realizado era el mismo que había pensado el día anterior y había olvidado repentinamente durante el desayuno.

Ella no se acordaba de porqué era, un día lo olvidó y no volvió a recordarlo nunca más. Pero a veces cuando Carmen se encontraba con don Julián por el pasillo, o comiendo frente a él o en el dormitorio, se lo quedaba mirando muy al fondo de los ojos y sentía como un escalofrío la recorría la espalda tan solo de mirarle y observaba sus ojos negros como si fuesen dos cristales que se iban a rajar y caerían al suelo rompiéndose. Y se imaginaba agachada y guardando los trozos en el bolsillo de la bata. Y entonces don Julián sonriendo la preguntaba que qué miraba y ella cambiaba el gesto de ensoñación y le contestaba malhumorada que porque pensaba que lo estaba mirando a él y no pensando en sus cosas y que el estuviese frente a ella solo era casualidad. Pero no lo engañaba. Es más, no se engañaba ni a si misma. Y todo fue porque un día, le vio bajo el sol. Y se preguntó que hacía un muchacho con aires refinados en aquel rincón alejado de las cafeterías y de la ciudad. En un pueblo que olía a animales y a pan tostado. Y él la saludó y preguntó algo, y ella como no le oyó se acercó aún más. Y fue la primera vez que le vio los ojos, y se los miró. Y antes de que se diera cuenta no se estaba enterando de nada de lo que decía porque no le quitaba la vista del negro de los ojos. Él no tardó en darse cuenta de lo que sucedía, entonces Carmen le contestó que si le parecían maneras esas de ser forastero y tratar a una muchacha del pueblo a la que no conocía de nada. El joven don Julián nunca había estado tan desconcertado antes en su vida y se preguntaba qué podría haber importunado a aquella chica, qué gesto o qué palabra hubiera sido la ofensa. Y simplemente la vio alejándose por el mismo sitio por el que había venido con un semblante que bien hubiera valido un retrato.

Carmen, al contrario que don Julián, no era ni alta ni enjuta sino más bien todo lo contrario, se decía que escondía tres cuartas de su cuerpo bajo tierra. De siempre dijo que en su mocedad había lucido una cintura estrecha y que en los días de baile don Julián, como todo el mundo le llamaba pese a que ella siempre se olvidase del tratamiento de cortesía y acentuase el posesivo con golpes de pecho, cuando no andaba cerca Dionisio, el padre de Carmen, ni Marina, la madre de Carmen, ni hubiera ningún pariente de la familia de la novia lo suficientemente cerca como para darse cuenta, la agarraba del talle como quien coge una chaqueta del ropero para echar a correr con ella de la mano y llevarla lo más cerca de la orquesta. Sin importarle si para llegar hasta allí había levantado polvo haciendo toser a las viejas y protestar a las más quisquillosas. Una vez allí la soltaba, porque aún no era la época en la que estaba bien visto bailar agarrado, y trataba de mover los pies y la cadera como nuevamente podía, pero tenía más estilo de escoba articulada barriendo el suelo que de bailarín. Todo el mundo dejó esto en la memoria como una mentira aceptada por muchos aún a sabiendas de que no era verdad pese a que nadie se lo hiciera ver así, y muchísimo menos don Julián, porque ella nunca tuvo cintura de avispa ni mucho menos se la podía coger como un abrigo del ropero, y siendo mentira esta minucia también podía cuestionarse el resto de la historia.

Por el contrario los ojos de los dos si se parecían. O se habían ido acercando los de uno a los del otro después de los años de convivencia y los restos del amor, o ya hasta compartían los mismos grillos negros para distintos ojos.  El pelo siempre le andaba tieso apuntando al techo en un intento tímido de parecer el peinado de la actriz de algún cartel y el negro ceniza se veía invadido por el blanco que siempre se asomaba en el nacimiento de cada cabello a pesar de combatirlo con tinte e insultos. A don Julián de siempre le gustaron los pómulos de Carmen y como parecían salirse del rostro cuando reía. A pesar de que su risa provocaba un sonido que hubiera sido el terror de un vidriero él nunca le dio mayor importancia.

Volvió a gritar a don Julián para que cogiera un bote del estante superior del armario que trataba de alcanzar inútilmente alargando el brazo y viendo que no aparecía supuso que estaría inmerso en una de esas lecturas que hacían que provocara la pérdida de la noción del tiempo incluso de la propia identidad y le compensaba más subirse a una silla que ir a buscarle y hacerle andar hasta la cocina con la melodía de los reproches y los dientes afilados. Carmen de siempre se sintió muy orgullosa de que Julián sabía leer y escribir perfectamente sin cometer errores ortográficos pues en el pueblo bastante era aquel que sabía silabear las palabras y emborronar una hoja de papel. Desenroscó todos los botes que era menester, incluso algunos que permanecían vacíos, algunos de primeras y otros ayudándose de un trapo mientras mordía la lengua a un extremo de la boca. Dejó todo encima de la mesa de madera y se lo quedó mirando secándose unas manos que ya estaban secas con un trapo. Esperó por un momento como si por arte de magia los ingredientes echasen a volar y se mezclasen en el aire. Pero nada de eso sucedía mientras sacaba el puchero de debajo de la oxidada pila. Al agacharse a por él le crujió la espalda y se lo recriminó mentalmente. Sabía perfectamente que debía flexionar las rodillas, bajar el trasero e inclinar ligeramente el lomo para acceder a ello, sin embargo seguía doblando la espalda cuanto podía solo por no darle la razón a Julián que tantas veces la había indicado como debía agacharse para que luego no se quejase de dolor de espalda. Pero le podía el orgullo y la alegría de llevar la contraria a su marido. Finalmente lo colocó en la chimenea que aún estaba por encender.

Don Julián sí que se acordaba perfectamente, pero sin embargo los recovecos del olvido se habían encargado de fabricarle un laberinto que provocaba que lo recordase a retazos. Y tenía clavado en la memoria como aquella noche se le quedó riendo pensando en la tozudez de aquella muchacha a la que había preguntado. Y antes de que pudiera darse cuenta la recordaba antes de dormir  súbitamente para olvidarla durante el sueño hasta la mañana siguiente. Como no era de allí no tenía ni la más remota idea de cómo encontrarla. Cuando alguna puerta se abría a su paso trataba de que sus ojos se colasen al otro lado por si pudiera verla. Hasta que unos días después sin venir a cuento la encontró en el mismo sitio donde la había encontrado la otra vez y se sintió profundamente estúpido y pequeño. Esta vez fue ella la que le preguntó y ya no solo le pareció tozuda si no que también osada.

A Marina, la madre de Carmen, le gustaba aquel chico al que veía entre visillos. Dionisio, el padre de Carmen, preguntó por el pueblo  si alguien conocía aquel forastero que se veía con su hija y en cuanto algunas de sus preguntas fueron respondidas empezó a fantasear con la idea de que su hija podría haber pescado a un señorito de ciudad. Y le venían ideas de cómo podría ser posible cuando sabía que su hija no era ni guapa ni fea y que cuando sacaba el genio era capaz de revolucionar una casa entera. En ese momento empezó a compadecer a aquel muchacho.

Gritó una vez más a don Julián para que le trajera algo de leña del cobertizo, que de ese modo él tan solo hacía un viaje mientras que ella debería de hacer dos o tres, pero ni apareció la leña asomando por la puerta en los brazos de don Julián ni ninguna voz diciendo que no y mandándola al carajo. Empezó a ponerse nerviosa y a crecerla una rabia en el interior que la hacía sentir calor en las venas. Se remangó y mientras tanto cogió agua del cubo y vertió una parte dentro del puchero y otra parte encima de sus zapatillas de tela negra que llevaba desde que se levantaba hasta que se acostaba. Tomó un poco de sal entre tres dedos sosteniéndola en vilo y la dejó caer sobre el puchero como si un druida preparase algún ungüento. Se quedó mirando la mesa discerniendo que rábano cortar primero o si picar antes los ajos y el perejil.

Hacía algunos meses don Julián, una mañana, se había despertado más huraño que de costumbre, por el mal final de un libro o incluso por una partida de ajedrez que no le dejaba la conciencia tranquila o tal vez un recuerdo fugaz y doliente, y cuando Carmen se acercó a hablarle, él contestó no de la manera más apropiada. No era consciente aún de lo que acababa de desencadenar. Ella lejos de decirle nada pasó la mañana sin más. Apenas se cruzaron y por lo tanto no tuvieron ocasión de decirse nada. Pero Carmen se cuidó mucho de preparar las lentejas lo más sosas que fueran posible. Antes de que don Julián se sentase a comer echó sal en su propio plato cuidando de que no la hubiera visto. Cuando él la probó soltó la cuchara con gesto de asco y se quejó de que las lentejas no sabían a nada ni tenían indicios de sal. Fue entonces cuando Carmen se levantó de su silla tirándola al suelo del impulso, dio un puñetazo a la mesa y le dijo que si se había levantado con el pie izquierdo no era culpa suya y que las lentejas estaban estupendamente y tenían su punto de sal, ni de más ni de menos. Don Julián se levantó sin decir nada, con su parsimonia habitual, y salió mientras seguía oyendo como Carmen soltaba por la boca sapos y culebras. Pasaron el día evitándose el uno al otro. Si se encontraban por el pasillo cada uno miraba a un lado diferente de la pared como si no se hubieran visto.

Al día siguiente cuando don Julián se despertó se encontró sin vela en el candil. En ese momento supo que eso tan solo era el principio. Cuando se encontraba con Carmen por el pasillo ella lejos de apartarse enfilaba con más ganas el recorrido como si fuera una locomotora echando humo por la nariz. Rara vez se dirigían la palabra y cuando lo hacían era para que la una le reprochase cualquier cosa desde recordarle que era viejo, o que vivía en el fondo de un sótano para no mostrar sus sentimientos o le decía chaquetero. Él la contestaba con temblor en la voz que con la afición que tenía a los chismes y a los lloros bien podía haberse ganado la vida de plañidera y entre sollozo y sollozo podría contar nuevas de los demás. Desde entonces le esperaron en la mesa para comer en los días siguientes un pimiento crudo en un plato con agua, una manzana rellena de carne de gusano, hierba de la que crecía en la parte baja de la fachada de la casa e incluso un par de botas viejas con las punteras dobladas hacía arriba y las suelas a medio caer que Carmen se habría encontrado por casualidad en algún rincón. Don Julián pensaba que en momentos como ese era cuando su mujer más disfrutaba de los placeres del matrimonio. Y Carmen la verdad es que no se lo pasaba mal del todo porque se pasaba los días con una sonrisa burlona en los labios cual sería su próxima escaramuza. Ya no solo le desaparecían al bueno de don Julián las velas del candil si no que también algunos libros que pasados unos días aparecían en los sitios más inverosímiles. A tanto llegaron las venganzas de Carmen que Don Julián se despertaba por las mañanas con la psicosis de que nueva sorpresa le habría sido preparada y más de una vez al tomar conciencia de sí mismo se daba cuenta de que le rechinaban los dientes cuando la sentía pasar cerca suya. Llegó a tener bajo la cama solo calzado del pie derecho y tuvo que remediarlo poniendo otro zapato del pie derecho de un modelo diferente en el pie izquierdo. Toda represalia no era suficiente para Carmen. Hasta que un día, por fin, se encontró Julián con las mondas de una patata sobre el plato y él se las comió sin rechistar, haciendo de tripas corazón, cortándolas cuidadosamente con cuchillo y tenedor antes de dar cada uno de los bocados. Terminado el plato le dijo a Carmen que era la monda de patata mejor cocinada que había probado en su vida. Fue así como dieron por zanjada aquella guerra sin trincheras.

Elevando la voz nombró tres veces más a don Julián, esta vez no porque le necesitase para nada. Probablemente ni ella sabía por qué lo había hecho, tal vez porque la corroía las entrañas haberle llamado anteriormente y que no la hubiera hecho el menor caso. Y como obtuvo más de lo mismo resopló con aires equinos y con el cuchillo en la mano se decidió por dar muerte al rábano con maneras de descuartizador no sin antes haberlo cogido y haberle regalado una mirada sentenciadora. Después laminó los ajos casi sin mirar y a una velocidad mucho mayor de la indicada para su edad y para la salud de las yemas de los dedos.  El perejil simplemente lo arrugó entre sus manos como si fuese un periódico viejo y los dejó marchitos sobre la superficie esperando un mejor trato.

Alguna vez Dionisio, el padre de Carmen, y Julián discutieron. Discutían sobre todo por las cosas que sucedían lejos de ellos y de lo que se hablaba en los periódicos. Dionisio no sabía que letras representaban que palabras y firmaba con un borrón en el dedo pero tenía una idea bien formada de los acontecimientos que se sucedían y por más que su yerno trataba de convencerle él sacaba argumentos suficientes para no dar su brazo a torcer e incluso a veces hacer ceder a Julián. También es cierto que el hombre se había desilusionado cuando comprendió que su hija no se convertiría en una urbanita porque inexplicablemente para todo el mundo aquel señorito había enraizado en un mundo rural en el cual no terminaba de encajar y todo eso provocaba que, de un modo inconsciente, de vez en cuando no fuera del todo justo con él. Por el contrario Julián desde el principio sí que se llevó bien con Zacarías desde el principio. Pero es que era imposible que alguien se llevase mal con Zacarías pese a que en algunas ocasiones diera muestras de un excesivo radicalismo. Hablaba de cosas como si tuviese un disco en la cabeza y se limitase a utilizar determinados términos de modo obstinado. Zacarías era familiar de Carmen. El padre del uno y la madre de la otra eran primas segundas o algo similar.

Trató de hacer otra vez que don Julián le hiciera algo de caso a voces y antes de que hubiera ocasión alguna para la réplica salió de la cocina bufando y envenenando todo cuanto veía. Debido a la velocidad de sus pasos la parte inferior de la bata se iba levantando al vuelo, las plantas de las macetas se inclinaban a su paso, y más parecía un caballero camino de las cruzadas que de una anciana con achaques de reuma. De un empujón abrió la vieja puerta del salón que don Julián siempre dejaba cerrada con la excusa de no despertarla aún a sabiendas de que Carmen no se despertaba ni siquiera cuando la pasaba corriendo por el pecho una manada de lobos, o cuando don Julián se desvelaba y comenzaba a moverse en la cama. Don Julián a veces fantaseaba con la idea de que Carmen era capaz de pasarse una noche entera haciéndose la dormida tan solo por el gusto de darle un buen codazo en cuanto le sintiera moverse. La puerta se quejó y antes de que amenazase con hacerse añicos en ese mismo instante se abrió. Fue entonces cuando lo vio todo.

Vio el tablero de ajedrez volcado con algunas piezas intentando rodar hasta el suelo y otras que ya habían alcanzado la liberación y permanecían con sus huesos sobre las baldosas. Más allá, como si la hubieran crecido pies de la base y hubiera echado a correr todo lo lejos posible permanecía la dama negra habiéndose librado del desastre por un capricho de la divina providencia. Hasta los caballos rodando boca abajo habían dejado de sonreír. La ventana cubierta con gotas de lluvia arañando aún el cristal y las hojas de un libro extendiéndose por el piso queriendo huir de la esclavitud impuesta en la imprenta. Y en medio de todo ello don Julián, con los ojos abiertos, en el suelo de medio lado, recostado sobre el lado izquierdo y las rodillas contraídas. Observando a las mariposas. El brazo aún extendido sobre el suelo parecía señalar  la ventana abierta por donde hacía un rato se habría colado el amanecer. En el rostro la boca y los ojos abiertos de un modo exagerado, como si hubiese querido encontrarse con la muerte con el peor de sus gestos para que no tuviera un grato recuerdo de él.

Carmen se llevó  las manos a la boca queriendo contener un grito de horror y salió corriendo tirando todo cuánto se encontraba a su paso; macetas y cachivaches inservibles por igual. Corriendo más de lo que nadie hubiera imaginado. Dobló la puerta del salón hacia la derecha casi sin cambiar la trayectoria de su cuerpo  y enfiló el pasillo principal de la casa a la velocidad del viento. Abrió de un golpe brutal la puerta que daba a la calle, que  era la más pesada de todas, y se dejó caer de rodillas al suelo sosteniéndose las lágrimas con las manos, mandó callar el trino de los pájaros y los zigzagueos que se oían entre las piedras y en voz alta, llorando las palabras, sin la intención de que nadie la escuchase gritó que Julián, su Julián, había muerto, que don Julián estaba muerto en el suelo de su salón y que como podría haber sido posible eso. Ya había dejado de llover, pero el suelo seguía húmedo.  Maldijo el cielo, el suelo que pisaba, a los árboles, la lluvia. Se maldijo a si misma e incluso parece que fruto de la ira maldijo al mismo don Julián sin ser consciente de las palabras que se la escapaban de la boca. Maldijo la sierra, la tierra que jamás debieron abandonar y la nueva que habían encontrado, maldijo también el porqué de que se hubieran puesto del lado equivocado. Todo ello, y por primera vez en su larga vida, sin importarla lo más mínimo que había salido a la calle con pelos de loca y una bata repleta de pelotillas.

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