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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://elespantapajarosdecomala.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>El Espantap&#xE1;jaros de Comala</title><description/><link>https://elespantapajarosdecomala.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>Cap&#xED;tulo 2</title><link>https://elespantapajarosdecomala.blogia.com/2010/110502-capitulo-2.php</link><guid isPermaLink="true">https://elespantapajarosdecomala.blogia.com/2010/110502-capitulo-2.php</guid><description><![CDATA[<p>&nbsp;</p> <p>&nbsp;</p> <p>&nbsp;</p> <p>&nbsp;</p> <p>&nbsp;</p> <p>&lt;&lt; Por la se&ntilde;al de la Santa Cruz, de nuestros enemigos l&iacute;branos Se&ntilde;or, Dios nuestro.&nbsp; En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Esp&iacute;ritu Santo. Am&eacute;n&gt;&gt;</p> <p>&nbsp;</p> <p>El &uacute;ltimo d&iacute;a de su vida, Adri&aacute;n no fue a la escuela. Su madre lo despert&oacute; temprano, m&aacute;s o menos a la hora a la que lo despertaba los d&iacute;as que s&iacute; acud&iacute;a a la escuela. Probablemente mam&aacute; sab&iacute;a que no habr&iacute;a escuela pero no se hab&iacute;a parado a pensarlo un instante para ser consciente de ello y por eso le hab&iacute;a despertado. Tambi&eacute;n podr&iacute;a ser porque no estaba bien que el &uacute;ltimo d&iacute;a de una persona se despertase demasiado tarde como para malgastarlo en la cama, pero no era probable. Adri&aacute;n nunca se despertaba tarde porque hasta dorm&iacute;a con el nervio propio de los ni&ntilde;os. Y mam&aacute; tampoco se hab&iacute;a parado a pensar que era el &uacute;ltimo d&iacute;a de Adri&aacute;n como para hacerle madrugar por ese motivo. Tal vez le hab&iacute;a despertado a esa hora solo por costumbre, porque siempre le despertaba a esa hora.</p> <p>Cuando la mujer entr&oacute; en la habitaci&oacute;n Adri&aacute;n a&uacute;n dorm&iacute;a. Estaba hecho un revoltijo entre las s&aacute;banas y mantas. Pas&oacute; sin cuidarse de no hacer ruido. Fue hasta la ventana, aquella ventana desde la que siempre se ve&iacute;a al abuelo Melquiades, retir&oacute; las cortinas con sendos golpes de mu&ntilde;eca y subi&oacute; la persiana hasta que dio golpe en el tope. La ma&ntilde;ana comenz&oacute; a corretear por la habitaci&oacute;n y dio un salto en los p&aacute;rpados cerrados de Adri&aacute;n, a esas horas tan tempranas m&aacute;s que guardar dos iris marrones y dos pupilas negras sus ojos parec&iacute;an custodios de un lejano fara&oacute;n egipcio. Desde ese momento Adri&aacute;n ya sab&iacute;a que algo no iba como debiera porque mam&aacute; le hab&iacute;a dicho un &ldquo;buenos dormil&oacute;n&rdquo; m&aacute;s forzado que de costumbre, aparentando una normalidad que desde luego no exist&iacute;a. Con una voz impostada y mentirosa. Era muy dif&iacute;cil que Adri&aacute;n enga&ntilde;ase a mam&aacute;, pero tambi&eacute;n era muy dif&iacute;cil que mam&aacute; enga&ntilde;ase a Adri&aacute;n. Y mucho menos en cuanto a su estado de &aacute;nimo.</p> <p>Despeg&oacute; los ojillos despacio como si llevasen sellados durante a&ntilde;os y pesaran como el puente levadizo de un castillo. La claridad le sorprendi&oacute; y trat&oacute; de cubrirse con la mano. Entonces el rayo de la conciencia le cruz&oacute; la cabeza y comenz&oacute; a pensar en la velocidad de las ma&ntilde;anas del desayunar, del mete este brazo por esta manga y este pie por este otro lado, l&aacute;vate y enju&aacute;gate bien los dientes y el date prisa que llegas tarde a la escuela y don F&eacute;lix te va a castigar. Porque &eacute;l a&uacute;n no sab&iacute;a que no ir&iacute;a a la escuela. Tampoco sab&iacute;a lo que hab&iacute;a sucedido. Tras liberarse de la ropa de cama d&aacute;ndole patadas dio un bostezo y dos pesta&ntilde;eos y sus pies ya colgaban del borde de la cama dispuestos a dar un salto danzar&iacute;n para ponerse de un brinco en el suelo. Entonces se dio cuenta de que hac&iacute;a fr&iacute;o y se frot&oacute; los brazos con las manos encogi&eacute;ndose de hombros, en aquel momento le hubiera gustado estar m&aacute;s tiempo bajo la manta. Conven&iacute;a ponerse r&aacute;pido en marcha por que si se quedaba all&iacute; un segundo m&aacute;s comenzar&iacute;a a tiritar. Tambi&eacute;n cuando sus ojos se acostumbraron al d&iacute;a se dio cuenta de que el d&iacute;a estaba nublado, porque m&aacute;s que de una ma&ntilde;ana parec&iacute;a la luz de la tarde, y Adri&aacute;n sab&iacute;a que eso no era normal. Seguro que el cielo estaba cubierto de nubes moradas.</p> <p>Vio desde la cama como mam&aacute; hurgaba en el armario. Abr&iacute;a la puerta, se agachaba, cog&iacute;a algo del interior y la cerraba. Y antes de que saliera del dormitorio le dijo que don Juli&aacute;n hab&iacute;a muerto. Adri&aacute;n sab&iacute;a perfectamente lo que eso significaba.</p> <p>Pero a pesar de todo no consegu&iacute;a imaginar c&oacute;mo se encontrar&iacute;a don Juli&aacute;n muerto. Que gesto tendr&iacute;a en la cara o que ropa llevar&iacute;a un muerto. O si uno, por ser su &uacute;ltimo d&iacute;a deb&iacute;a de vestirse de alg&uacute;n modo. Porque hab&iacute;a visto a don Juli&aacute;n el d&iacute;a anterior andando, en carne y hueso, por la calle. No sab&iacute;a c&oacute;mo ser&iacute;a ahora el don Juli&aacute;n muerto que tanto hab&iacute;a conocido de vivo. Ni c&oacute;mo ser&iacute;an las calles ahora sin &eacute;l que tan acostumbradas a verle estaban.</p> <p>Iba bajando los pelda&ntilde;os despacio, uno a uno, a&uacute;n m&aacute;s dormido que despierto. Tan solo avanzaba con el pie derecho por que el izquierdo lo pon&iacute;a en el mismo pelda&ntilde;o en el que estaba el anterior. Con una mano tiraba del el&aacute;stico del pantal&oacute;n del pijama gris porque casi le llegaba a la planta de los pies no fuera que lo pisara y diera con sus huesos y el culo en los escalones. Con la otra mano acariciaba la barandilla por si se trastabillaba poder agarrarse con fuerza r&aacute;pidamente. De la parte de arriba del pijama se le sal&iacute;a un hombro casi entero. A menudo ten&iacute;a que tirar del cuello para colocarlo bien.&nbsp; Y las mangas le colgaban lo suficiente como para que le tapasen las manos si no se remangaba. A&uacute;n faltaba mucho Adri&aacute;n para llenar todo el pijama.&nbsp; Iba descalzo y sent&iacute;a en la planta de los pies el fr&iacute;o del suelo, aquel fr&iacute;o que no marchaba ni tan siquiera en los d&iacute;as m&aacute;s calurosos del verano. Los d&iacute;as de puro invierno en los que se le ocurr&iacute;a pisar descalzo se sent&iacute;a un esquimal con zapatos de hielo. A mam&aacute; no le gustaba que Adri&aacute;n fuese descalzo por la casa. Dec&iacute;a que siempre terminaba con los pies negros y arrastrando la mierda de un rinc&oacute;n a otro de la casa, tambi&eacute;n si se romp&iacute;a un vaso o algo pod&iacute;a clavarse los cristales. Y por &uacute;ltimo, y en lo que m&aacute;s insist&iacute;a mam&aacute;, era en que pod&iacute;a constiparse por ello, y que si ced&iacute;a en dejarle andar descalzo en verano lo tomar&iacute;a por costumbre y en invierno tambi&eacute;n lo har&iacute;a. A pap&aacute; no le importaba aquello. No le preocupaba que moviera el polvo de la casa de un sitio para otro porque, total, ya estaba all&iacute; y daba lo mismo que la suciedad estuviera en el piso de arriba que en el de abajo, y si le ve&iacute;a los pies oscuros le llamaba &ldquo;pies negros&rdquo;, tampoco le preocupaba que se clavara nada, porque dec&iacute;a que eso solo le suceder&iacute;a una vez que luego ya, o se pondr&iacute;a las zapatillas, o se andar&iacute;a con cuidado de ver donde pisaba. Y por &uacute;ltimo, si sent&iacute;a fr&iacute;o en los pies ya correr&iacute;a a ponerse las zapatillas, que era de tontos pasar fr&iacute;o cuando la cosa ten&iacute;a soluci&oacute;n. Pap&aacute; sab&iacute;a muy bien lo que era pasar fr&iacute;o. Mam&aacute; tambi&eacute;n sab&iacute;a bien lo que era pasar fr&iacute;o, casi tanto como pap&aacute;. Pero a Adri&aacute;n le daba igual fuese oto&ntilde;o que primavera. Porque &eacute;l siempre iba descalzo y con un hombro descubierto cuando no tiraba del cuello del pijama. Aquel era uno de esos d&iacute;as en que deber&iacute;a haber hecho caso a mam&aacute; y calzarse, pero era tozudo y persist&iacute;a siempre.</p> <p>&nbsp;</p> <p><em>-Ya queda poco, es inminente que entren, por fin. </em></p> <p><em>-&iquest;Se los oye llegar?</em></p> <p><em>-No, a&uacute;n no. Pero no tardar&aacute;n, ya ver&aacute;s mujer, no tardar&aacute;n en llegar </em></p> <p><em>-&iquest;Y c&oacute;mo sabes t&uacute; eso?</em></p> <p><em>-Lo s&eacute;, simplemente. Y estoy deseando que lleguen. </em></p> <p><em>-&iquest;Porqu&eacute;?</em></p> <p><em>-El orden al fin.</em></p> <p>&nbsp;</p> <p>Adri&aacute;n ten&iacute;a cinco o seis a&ntilde;os y un remolino en el pelo. Las viejas del pueblo dec&iacute;an que los ni&ntilde;os con remolinos en el pelo ten&iacute;an que ser muy malos. Pero sin embargo el hijo de Roque Pancorbo, que tambi&eacute;n se llamaba Roque, cuando don F&eacute;lix se daba la vuelta &eacute;l cargaba su canutillo con granos de arroz y le lanzaba un proyectil a cualquiera que estuviese concentrado en la explicaci&oacute;n o realizando alguna tarea en su cuaderno y no ten&iacute;a ning&uacute;n remolino en el pelo. Entonces una de dos, o no era cierto que el tener un remolino en el pelo significaba ser malo, o convertirse en la escuela en francotirador de cerbatanas improvisadas no era tan malo. Ten&iacute;a las manos peque&ntilde;as. Tanto que muchas veces los objetos m&aacute;s insignificantes se le ca&iacute;an al suelo, no era dif&iacute;cil ver rodando las naranjas que un segundo atr&aacute;s sujetaba. Pero esto ten&iacute;a una ventaja y es que sus dedos cab&iacute;an en cualquier rendija y a menudo pod&iacute;a escarbar a ver qu&eacute; era lo que se encontraba; encontrar ara&ntilde;as en los agujeros o arrastrar con los dedos lo que se colaba debajo de los muebles. Mam&aacute; dec&iacute;a que estaba tan flaco porque com&iacute;a muy despacio, y como la cocina, que era donde siempre com&iacute;an, a menudo estaba repleta de moscas &eacute;stas se com&iacute;an toda la comida del plato antes de que &eacute;l se lo hubiera llevado a la boca y por eso tampoco crecer&iacute;a nunca. Cuando le cambiaba de ropa, para hacerle ver lo flaco que estaba a menudo le mostraba como era capaz de rodearle el brazo uniendo el &iacute;ndice y el pulgar, y ante la pregunta de que si lo ve&iacute;a &eacute;l dec&iacute;a que s&iacute; con la cabeza fij&aacute;ndose en lo largas y bonitas que eran las u&ntilde;as de mam&aacute; obviando el grosor de sus brazos. Tambi&eacute;n ten&iacute;a las piernas delgadas y cortas y las rodillas con heridas. Parec&iacute;an de juguete y le hac&iacute;an tropezar con bastante frecuencia. Al abuelo Melquiades le daba miedo tan solo mirarlas cuando iba su nieto en pantal&oacute;n corto no fuera a romperlas de un golpe de vista. De debajo de los gemelos le sal&iacute;a un hueso fin&iacute;simo que le llegaba hasta el tal&oacute;n y parec&iacute;a un palillo. Pero no todo en el peque&ntilde;o Adri&aacute;n era peque&ntilde;o. Ten&iacute;a los ojos grandes. Grandes y redondos como nen&uacute;fares. Y cuando atend&iacute;a ante algo que le interesaba mucho, que era pocas veces, o se sorprend&iacute;a los hac&iacute;a m&aacute;s grandes a&uacute;n. Pero por el contrario, si le entraban ganas de llorar o se enfadaba era capaz de hacerlos tan peque&ntilde;os que casi le desaparec&iacute;an de la cara. El labio inferior lo ten&iacute;a grueso y le ca&iacute;a sobre la barbilla. El labio superior era m&aacute;s fino y a menudo se escond&iacute;a bajo su vecino del primero.</p> <p>Hizo todo el recorrido con los ojos cubiertos de lega&ntilde;as y a medio abrir por el sue&ntilde;o, como si tuviera telara&ntilde;as. Cada dos o tres pelda&ntilde;os se paraba y se los frotaba con la mano enrollada en la manga. Algunas rayas de la almohada a&uacute;n estaban por su cara. Antes de cruzar el marco de la puerta de la cocina dio el &uacute;ltimo bostezo de los que le quedaban y all&iacute; vio a pap&aacute; sentado con su camisa a rayas azules y rojas y el caf&eacute; y un panecillo tostado. Ya era el segundo caf&eacute; que se tomaba y seguro que no el &uacute;ltimo. Adri&aacute;n se sorprendi&oacute; un poco al verle porque siempre que se despertaba ya no estaba, se hab&iacute;a ido a trabajar. En el regazo de pap&aacute; estaba Leire que hac&iacute;a ruidos y re&iacute;a mientras se atravesaba las manos con sus ojillos azules como si las hubiera descubierto por primera vez. Las escond&iacute;a y volv&iacute;a a ponerlas delante y se re&iacute;a. Leire a&uacute;n no ten&iacute;a dientes y por eso a Adri&aacute;n le gustaba que cuando sonre&iacute;a su risa no era blanca si no rosa, y parec&iacute;a un abuelo desdentado y cuando re&iacute;a a &eacute;l le entraban ganas de re&iacute;r porque la risa de Leire se escond&iacute;a detr&aacute;s de los muebles y all&iacute; se quedaba volando, y cuando Leire lloraba a &eacute;l tambi&eacute;n le entraban ganas de llorar porque &eacute;l casi siempre que lloraba era porque algo le dol&iacute;a, o porque hab&iacute;a tropezado o se hab&iacute;a dado un golpe en el dedo gordo y no le gustaba que a Leire le doliera nada. Porque si pap&aacute; se daba un golpe no pasaba nada, porque &eacute;l le miraba y pap&aacute; apenas se inmutaba, pero como si se lo daba &eacute;l mismo probablemente llorar&iacute;a, hab&iacute;a llegado a la conclusi&oacute;n que cuando uno era m&aacute;s peque&ntilde;o sent&iacute;a m&aacute;s dolor por las mismas cosas y por eso viv&iacute;a con el miedo de que a Leire podr&iacute;a matarla de dolor un simple pellizco. Algunas veces, en cuanto se despistaba un momento, su hermanita le agarraba un dedo y se lo met&iacute;a en la boca intentando absorberlo, y a Adri&aacute;n le hac&iacute;a cosquillas y le entraba la risa floja. Y mam&aacute; se re&iacute;a y le dec&iacute;a ganso y pap&aacute; tambi&eacute;n se re&iacute;a aunque no mirase porque estuviera arreglando algo o mirando para otro lado.</p> <p>&nbsp;</p> <p><em>-Puede que no pase nada.</em></p> <p><em>-En todos los sitios est&aacute;n pasando cosas.</em></p> <p><em>-Ya, pero aqu&iacute; va a ser diferente. Siempre, dentro de lo que cabe nos hemos llevado bien.</em></p> <p><em>-&iquest;Bien dices? &iquest;Alguna vez el silencio indic&oacute; normalidad?</em></p> <p><em>-Eso no significa que aqu&iacute; tenga que pasar algo.</em></p> <p><em>-&iquest;Est&aacute;s seguro?</em></p> <p>&nbsp;</p> <p>&nbsp;Adri&aacute;n se acerc&oacute; a pap&aacute;, le dio un beso en la mejilla y &eacute;ste le devolvi&oacute; un &ldquo;buenos d&iacute;as, hijo&rdquo; sin separar la vista del mantel, rode&oacute; la mesa y se subi&oacute; a su banquetilla delante de un vaso de leche y dos trozos de pan que su madre habr&iacute;a tostado hace poco. El caf&eacute; de pap&aacute; seguro que ya estaba fr&iacute;o, porque no beb&iacute;a de &eacute;l ni parec&iacute;a querer hacerlo. Su panecillo estaba a medio comer encima del mantel que tanto observaba. Mam&aacute; siempre tostaba el pan que sobraba el d&iacute;a anterior para as&iacute; desayunar. A veces sobraba mucho pan y otras veces nada, y cuando no sobraba nada hab&iacute;a que tostar el pan que se hab&iacute;a guardado de los d&iacute;as que hab&iacute;a sobrado mucho. Adri&aacute;n sab&iacute;a perfectamente porque pap&aacute; no ten&iacute;a ganas de revolearle el pelo ni de pellizcarle el ombligo, ni de sonre&iacute;rle ni de mirarle cuando le dec&iacute;a buenos d&iacute;as hijo como hac&iacute;a los domingos. Toda la cocina estaba ocupada por una neblina olor a caf&eacute; reci&eacute;n hecho, leche fresca, moscas, panecillos reci&eacute;n sacados del horno y las risitas de Leire jugando con sus manos. Tambi&eacute;n quedaban restos del caf&eacute; que pap&aacute; se hab&iacute;a tomado hac&iacute;a ya un rato y que mam&aacute; hab&iacute;a dejado hecho la noche anterior. Tambi&eacute;n ol&iacute;a al caf&eacute; nuevo que estaba tomando pap&aacute; y el que a&uacute;n estaba en la cafetera. Dio un bocado a su panecillo y se convirti&oacute; en una gran pelota bajo el carrillo mientras observaba jugar a su hermana; una mano, otra mano, se escond&iacute;an y volv&iacute;an a aparecer, cinco ramas de olivo que nac&iacute;an de un matamoscas y que Leire mov&iacute;a una y otra vez y las sacud&iacute;a entre risas queriendo deshacerse de ellas. Adri&aacute;n pens&oacute; que a lo mejor les estaba buscando el nombre, el ya no podr&iacute;a porque sab&iacute;a el nombre de casi todas las cosas del pueblo pero Leire no, y si le dec&iacute;a que los girasoles se llamaban chicharras y que las nubes se llamaban sartenes seguro que igualmente lo iba a dar por bueno. Por un momento la envidi&oacute;, si hubiera estado en su lugar a&uacute;n estar&iacute;a a tiempo de poner nombre a las cosas antes de que se lo hubiera puesto mam&aacute;, pap&aacute; y el abuelo Melquiades, aunque luego le hubiera tocado decir a mam&aacute;, pap&aacute; y al abuelo Melquiades como se llamaban las cosas. As&iacute; podr&iacute;a haber llamado a todo como le diera la gana. De nunca entendi&oacute; porque la palabra oscuridad era tan larga cuando ni siquiera se ve&iacute;a.</p> <p>Era martes, y Adri&aacute;n sab&iacute;a que los martes pap&aacute; no estaba en la cocina cuando &eacute;l se levantaba, ni sentado, ni con Leire en brazos. Porque los martes su padre se despertaba antes que &eacute;l. Mam&aacute; casi siempre se despertaba al mismo tiempo que pap&aacute;. Y Leire al fin y al cabo se despertaba cuando le daba la gana y casi siempre cuando menos le apetec&iacute;a a los dem&aacute;s. Porque pod&iacute;a ponerse a llorar a todo volumen en medio de la noche y despertar a todo el pueblo. Tambi&eacute;n pod&iacute;a empezar a quedarse dormida cuando Adri&aacute;n m&aacute;s ganas ten&iacute;a de hacerla cucamonas y a veces pensaba que porque las cosas no pod&iacute;an ser m&aacute;s sencillas y que Leire tuviese sue&ntilde;o cuando &eacute;l lo ten&iacute;a y ganas de jugar cuando &eacute;l quer&iacute;a jugar. Adri&aacute;n sab&iacute;a perfectamente porque pap&aacute; no hab&iacute;a ido a trabajar. Ni los mayores estar&iacute;an trabajando ni los ni&ntilde;os ir&iacute;an a la escuela. Porque don F&eacute;lix tampoco hubiera ido a la escuela, y si don F&eacute;lix no iba a la escuela no ten&iacute;a sentido que ning&uacute;n ni&ntilde;o fuese a la escuela. Todos los padres estar&iacute;an en casa, desayunando caf&eacute; en silencio, y leyendo el peri&oacute;dico sin ganas de decirles nada o mirando el mantel. Y todos los hijos estar&iacute;an guardando panecillos masticados en los mofletes mientras ve&iacute;an a sus padres leyendo el peri&oacute;dico. Y pensando que estaba bien no tener que ir a la escuela, pero no de aquella manera.</p> <p>Hasta ese momento Adri&aacute;n no hab&iacute;a conocido a nadie que se hubiese muerto y pensaba que las personas estaban en el mundo sin m&aacute;s, sin principio ni fin. Que el mundo no se renovaba y las personas formaban parte de un todo peque&ntilde;o que no se mov&iacute;a de cuanto &eacute;l conoc&iacute;a. No sab&iacute;a si a partir de ese momento una sombra sustituir&iacute;a a don Juli&aacute;n. Una sombra que hiciese todas las cosas que hac&iacute;a don Juli&aacute;n en vida. As&iacute; &eacute;l habr&iacute;a muerto tranquilo y la gente no le echar&iacute;a tanto de menos. Acababa de morir y estaba m&aacute;s vivo que nunca para &eacute;l.</p> <p>Todo el pueblo pensaba que Leire no tardar&iacute;a en hablar. Lo pensaba mam&aacute;, pap&aacute; y el abuelo Melquiades. Cuando estaba jugando sentada en la mesa, o en el sof&aacute; todos &nbsp;se le quedaban mirando como si esperase que de un momento a otro soltase los juguetes y se pusiera a se&ntilde;alar las cosas que la rodeaban y a decir su nombre. Y es que Adri&aacute;n tard&oacute; tanto tiempo en comenzar a pronunciar sus primeras palabras que por una especie de compensaci&oacute;n t&aacute;cita del destino, todos cre&iacute;an que Leire deber&iacute;a de recuperar todo el que hab&iacute;a perdido su hermano.</p> <p>Muchas veces estaba el Adri&aacute;n beb&eacute; que fue tan tranquilo y llegaba alguien con algo en la mano y comenzaba a silabear aquel objeto delante de las narices de Adri&aacute;n, que miraba aquello con ojos bizcos, como si de aquel modo &eacute;l pudiese sacarse el chupete de la boca y decir &ldquo;na-ran-ja&rdquo;. Pero tras observar que tan solo sacaba algunos sonidos guturales todos se daban cuenta de que hab&iacute;a sido un paso en falso. Hasta que una tarde mam&aacute; le oy&oacute; por primera vez decir algo parecido a una palabra con sonidos m&aacute;s o menos articulados pero que no formaban parte de ning&uacute;n sistema fon&eacute;tico conocido, como si se hubiese estado guardando las palabras para aquella ocasi&oacute;n. Pero ah&iacute; no terminaba todo. Cuando Adri&aacute;n empez&oacute; a hablar se dio cuenta de que algo raro pasaba, porque &eacute;l entend&iacute;a a las personas, pero las personas no le entend&iacute;an a &eacute;l. Y &eacute;l cre&iacute;a que dec&iacute;a las cosas bien, porque as&iacute; era como deb&iacute;an de ser dichas y como &eacute;l sab&iacute;a decirlas, pero nadie m&aacute;s lo deber&iacute;a ver de ese modo. Esto le trajo muchas horas de dudas y moscas en la cabeza.&nbsp; Eran muchas las veces que delante del espejo, donde mam&aacute; se pon&iacute;a guapa los domingos, se cuadraba y pronunciaba sus palabras. &ldquo;Pues no puede ser&rdquo; pensaba a menudo &ldquo;pero si yo me entiendo perfectamente&rdquo;. Entonces bajaba las escaleras corriendo y se encontraba con su madre, abr&iacute;a la boca y pensaba que esa prueba no val&iacute;a porque mam&aacute; siempre le entend&iacute;a cuando hablaba y cuando no hablaba, cuando re&iacute;a sab&iacute;a porque se re&iacute;a y si algo le dol&iacute;a mam&aacute; le miraba al fondo de los ojos y le dec&iacute;a te duele aqu&iacute; o te duele all&iacute; acertando sin titubear, incluso cuando com&iacute;a caramelos de mas o jugaba a las piedras con los ni&ntilde;os m&aacute;s mayores del colegio y llegaba a casa y su madre lo llamaba y lo castigaba porque ol&iacute;a a culpa, y &eacute;l se ol&iacute;a una y otra vez y no se ol&iacute;a nada raro, pero mam&aacute; segu&iacute;a diciendo que ol&iacute;a a culpa. Tambi&eacute;n es verdad que a veces se equivocaba; como cuando iba a casa la madre de Pedro &ldquo;el ciento&rdquo; o alguna vieja del pueblo y se pon&iacute;an a hablar y mam&aacute; le dec&iacute;a a Adri&aacute;n que ten&iacute;a ganas de hacer pis y que fuera al ba&ntilde;o, y &eacute;l no ten&iacute;a ganas pero ten&iacute;a que ir porque si no mam&aacute; le echaba una mirada de las de &ldquo;luego toca pescoz&oacute;n&rdquo;. No, mam&aacute; no val&iacute;a para su prueba. Pero realmente daba igual, porque tampoco sab&iacute;a lo que trataba de decirle por mucho que le hiciera creer que s&iacute;, incluso le segu&iacute;a la conversaci&oacute;n de un modo m&aacute;s o menos l&oacute;gico. Entonces echaba a correr y se encontraba con pap&aacute; y le hablaba y pap&aacute; parec&iacute;a no enterarse de nada y se quedaba con cara de tonto cuando le ve&iacute;a irse tan r&aacute;pido como hab&iacute;a llegado, o corr&iacute;a hasta la tienda de la Matilde y la Matilde no sab&iacute;a que quer&iacute;a comprar el peque&ntilde;o Adri&aacute;n. De todos modos si la Matilde le hubiera entendido solo hubiera servido para reforzar su autoestima porque no ten&iacute;a ni una moneda en los bolsillos para pagar lo que ped&iacute;a. &ldquo;Pero ser&aacute; posible&rdquo; pensaba muy a menudo, &ldquo;estos adultos o se han vuelto todos gilipoyas o se han olvidado de las palabras&rdquo;. Se pas&oacute; mucho tiempo escuchando a los mayores las palabras que dec&iacute;an, pues podr&iacute;a haber sido que llevaban todos tanto tiempo all&iacute;, sin salir, que igual que se hab&iacute;an olvidado de los nombres de la gente que ya no ve&iacute;an tambi&eacute;n podr&iacute;an haber olvidado todos aquellos objetos que ha fuerza de nombrarlos parec&iacute;an no ver, pero por m&aacute;s que aguzaba el o&iacute;do no parec&iacute;an haber olvidado palabra alguna, es mas conoc&iacute;an palabras que Adri&aacute;n desconoc&iacute;a. No, las palabras no hab&iacute;an escapado de las bocas de los mayores.</p> <p>Por lo tanto uno de esos d&iacute;as en que las moscas le revoloteaban la cabeza dio con una idea, como si una lib&eacute;lula se le hubiera colado por las orejas y hubiera espantado a todas las moscas con su luz, &ldquo;pues va a ser&hellip; que a lo mejor es que yo hablo en otro idioma y por eso yo entiendo a las personas pero las personas no me entienden a mi&rdquo;. Se pas&oacute; d&iacute;as y d&iacute;as pensando que podr&iacute;a hacer con sus palabras, tal vez todos aprendieran aquel idioma nuevo a fuerza de o&iacute;rle. En momentos mam&aacute; se lo quedaba mirando como si se estuviera poniendo rojo entero del esfuerzo y la lucha que se estaba gestando en su cabeza, hasta que por fin call&oacute; en la cuenta. Si cuando mam&aacute; le ped&iacute;a lentejas a la Matilde y la Matilde se equivocaba y le daba arroz, cuando mam&aacute; llegaba a casa y se daba cuenta volv&iacute;a donde la Matilde y se lo cambiaba. Pues &eacute;l podr&iacute;a hacer lo mismo; llegar al mostrador y decirle a la Matilde que le disculpase, pero que estaba equivocado y necesitaba que lo cambiasen porque hablaba en otro idioma que no era el que hablaba todo el mundo y nadie le comprend&iacute;a. Pero&hellip; &iquest;y a quien se lo dir&iacute;a? Porque la Matilde vend&iacute;a garbanzos y chocolatinas pero no sab&iacute;a nada de ni&ntilde;os porque rega&ntilde;aba a Maruchilla cuando pintaba rayuelas en la puerta de su tienda, como si fuesen m&aacute;s importantes las lentejas que las rayuelas, y adem&aacute;s menos mal que no ten&iacute;a que acudir a la Matilde porque ella nunca le entend&iacute;a. No, no pod&iacute;a ser. Se contaba sus problemas a s&iacute; mismo en aquel lenguaje extra&ntilde;o que nadie comprend&iacute;a. Muy bajito, casi en silencio. Y como mediante aquel di&aacute;logo consigo mismo no consegu&iacute;a sacar nada en claro, trataba de explicarlo a objetos inanimados, a rocas por ejemplo, o a los p&aacute;jaros que pasaban volando como si esperase que saliera una voz del entresuelo y le dijera que era lo que deb&iacute;a de hacer. Por las noches, como sinti&eacute;ndose m&aacute;s &iacute;ntimo en la oscuridad, era cuando m&aacute;s hablaba consigo mismo. Desde entonces har&iacute;a como mam&aacute; cuando hablaba con los ojos, y le echaba esas miradas cuando jugaba en la plaza y &eacute;l solito ya sab&iacute;a que cuando llegase a casa y se quitase la chaqueta se iba a llevar dos o tres collejas. O cuando pap&aacute; romp&iacute;a algo y mam&aacute; giraba la cabeza como si fuese una lechuza y pap&aacute; se quedaba petrificado. Eso har&iacute;a.</p> <p>Entonces lo intentaba una y otra vez. Cuando algo se le preguntaba &eacute;l comenzaba a mover los ojos pronunciando con los p&aacute;rpados todo lo que no consegu&iacute;a con los labios. Y se imaginaba que sus pesta&ntilde;as se curvaban y se estiraban y que en vez de gui&ntilde;os sal&iacute;an palabras. Tambi&eacute;n se&ntilde;alaba y eso le ahorraba mucho esfuerzo, porque de ese modo no ten&iacute;a que pesta&ntilde;ear&nbsp; tanto y as&iacute; no le dol&iacute;a tan pronto la cabeza. Cre&iacute;a que a los que usaban la boca para hablar ten&iacute;a que dolerles mucho la garganta. Pero no solo no consegu&iacute;a expresar lo que quer&iacute;a sino que adem&aacute;s mam&aacute; empez&oacute; a pensar que ten&iacute;a tics moviendo de aquella manera los ojos como si quisiera dar palmas con las pesta&ntilde;as. Y mam&aacute; fue a preguntar a Petra, y a Carmen y tambi&eacute;n a don F&eacute;lix, que si alguna vez hab&iacute;an visto a un ni&ntilde;o con tics en los ojos. Y luego iba con Adri&aacute;n en la mano para que vieran en primera persona una demostraci&oacute;n de todo aquello que les contaba. Y ellos contestaban que no, que era muy extra&ntilde;o. Y que nunca hab&iacute;an visto nada as&iacute;, ni tan siquiera parecido. Fue cuando decidi&oacute; que jam&aacute;s tratar&iacute;a de hacerse entender de m&aacute;s ya fuera con la boca o con los ojos y que el que quisiera saber que pensaba o que quer&iacute;a se molestase en entenderle o en imagin&aacute;rselo o en seguir la direcci&oacute;n de su dedo.</p> <p>&nbsp;</p> <p><em>-Corre Vicente, corre. Dicen que ya entraron, que cogieron a tu padre.</em></p> <p><em>-&iquest;Qu&eacute; es lo que est&aacute;s diciendo? &iquest;A qui&eacute;n dices que cogieron?</em></p> <p><em>-Al alcalde se&ntilde;ora, al alcalde le cogieron. Ya entraron</em></p> <p><em>-&iquest;Tan pronto? A&uacute;n no se les esperaba</em></p> <p><em>-S&iacute;, entraron. Ya entraron. Corre muchacho corre que cogieron a tu padre.</em></p> <p>&nbsp;</p> <p>Al rato baj&oacute; mam&aacute; con ellos que habr&iacute;a estado terminando de hacer la cama de Adri&aacute;n. Se sent&oacute; frente a pap&aacute; y ni siquiera lo miro si no que se qued&oacute; cabizbaja frot&aacute;ndose las manos una y otra vez. Mam&aacute; estaba con la mirada perdida como si en su taza de caf&eacute; hubiera habido un naufragio, pap&aacute; sin despegar los ojos de las rayas del mantel y alguna vez observando por el rabillo del ojo que era lo que estaba haciendo Leire. Leire estaba descubriendo sus manitas con sus u&ntilde;as, con sus laderas y cordilleras, y las moscas revoloteando alrededor de la ventana como si su existencia se basara en eso, como si alg&uacute;n d&iacute;a el rey de las moscas le hubiera dicho a una mosca &ldquo;pues mira mosca, aqu&iacute; mando yo, y tu a partir de ahora y hasta que te hartes de vivir te lo vas a pasar revoloteando al lado de la ventana de la cocina de casa de Adri&aacute;n, y si no te hartas de vivir, que es lo m&aacute;s f&aacute;cil, tampoco te preocupes porque te vas a morir igual, al fin y al cabo solo vas a revolotear&rdquo;. Si hubiera tenido vida propia el panecillo de pap&aacute; hac&iacute;a ya mucho rato que habr&iacute;a salido corriendo medio mordido, porque pr&aacute;cticamente lo ten&iacute;a olvidado sobre el mantel. Todo esto hab&iacute;a durante el desayuno cuando mam&aacute; empez&oacute; a gritar a Adri&aacute;n, sin causa aparente, que desayunara m&aacute;s r&aacute;pido, que era muy lento, que cuando se tragase el pan ya iba a ser de antes de ayer. Adri&aacute;n no le vio sentido pero a&uacute;n as&iacute; se limit&oacute; a bajar la cabeza y tratar de comerse los panecillos m&aacute;s deprisa; royendo m&aacute;s r&aacute;pido con sus paletas de leche y haciendo fuerza con los carrillos para que la miga se disolviera en la saliva. Un d&iacute;a de colegio eso era v&aacute;lido porque desayunaba muy despacio y podr&iacute;a llegar tarde al cole y no esperarle ni Pedro &ldquo;el ciento&rdquo; y llegar a la escuela y que don F&eacute;lix le diera la bienvenida con un castigo y que despu&eacute;s, a la hora de salir, se tuviera que quedar borrando las pizarras, pero sab&iacute;a que probablemente Pedro &ldquo;el ciento&rdquo; le estuviera esperando, pero don F&eacute;lix no, y Pedro &ldquo;el ciento&rdquo; nunca ten&iacute;a prisa y probablemente mam&aacute; tambi&eacute;n lo sab&iacute;a pero como siempre se lo dec&iacute;a aunque fuera el &uacute;ltimo d&iacute;a se lo iba a seguir diciendo, tal vez, a lo mejor, solo por costumbre. Porque as&iacute; lo hac&iacute;a siempre.</p> <p>En la cocina tambi&eacute;n hac&iacute;a fr&iacute;o a pesar del fuego y del caf&eacute; reci&eacute;n hecho, tal vez algo menos que en el dormitorio por todo esto. Pero nadie le hac&iacute;a ya caso al fr&iacute;o.</p> <p>Adri&aacute;n muchas veces se preguntaba que como pod&iacute;a ser aquello de que estuviese siempre rega&ntilde;&aacute;ndole y porque mam&aacute; era dulce con todos los ni&ntilde;os del pueblo menos con &eacute;l. Cuando alg&uacute;n ni&ntilde;o iba a su casa a merendar despu&eacute;s de la escuela mam&aacute; siempre se paraba a hablar con &eacute;l, le preguntaba por sus padres, por sus estudios, le preguntaba que quer&iacute;a merendar, cu&aacute;l era su juego favorito &ndash;mam&aacute; a veces se acordaba de que un d&iacute;a tambi&eacute;n fue ni&ntilde;o-, incluso cuando les curaba las heridas parec&iacute;a que los acariciaba suavemente y apenas se quejaban&hellip; pero con &eacute;l&hellip; con &eacute;l era muy diferente, le rega&ntilde;aba por no lavarse las manos despu&eacute;s de comer, por no cepillarse los dientes antes de irse a dormir, por no hacer bien la tarea, por salirse de las l&iacute;neas al escribir, por confundir una resta con una suma, en fin que le rega&ntilde;aba por casi todo. Y sin embargo no se daba cuenta de las cosas m&aacute;s importantes; que era capaz de hacer que los cantos dieran saltos en las charcas y volver a caer, que tambi&eacute;n pod&iacute;a mover el dedo me&ntilde;ique como si no tuviese hueso o de que le gustaba ver a las hormigas meterse en un agujero cargadas de semillas que se hab&iacute;an encontrado. De todos modos, pensaba a menudo, a lo mejor por eso cuando era m&aacute;s peque&ntilde;o, tanto que no se acordaba ni de c&oacute;mo eran sus ojos, ni sus manos, aquella podr&iacute;a haber sido la forma de darse cuenta que mam&aacute; era su madre. Porque su madre tambi&eacute;n habr&iacute;a podido ser la madre de Pedro &ldquo;el ciento&rdquo;, o la Matilde su madre o la madre de Maruchilla, y se podr&iacute;a haber equivocado. De este modo, lo m&aacute;s probable, es que se hubiera dado cuenta que su mam&aacute; era dulce con todos menos con &eacute;l y por eso no quedaba otra posibilidad de que aquella fuera su madre. Porque la madre de Pedro &ldquo;el ciento&rdquo; tambi&eacute;n era agradable con &eacute;l y sin embargo a Pedro lo rega&ntilde;aba a menudo, hasta por esas cosas de las que mam&aacute; dec&iacute;a que pod&iacute;a aprender de &eacute;l a la propia madre de Pedro &ldquo;el ciento&rdquo; le sacaban de quicio. A lo mejor a pap&aacute; le pod&iacute;a haber pasado lo mismo, si no &iquest;C&oacute;mo sabr&iacute;a &eacute;l que era su mujer?, posiblemente en la escuela mam&aacute; fuese buena con todos los muchachos&nbsp; menos con pap&aacute; y as&iacute; pap&aacute; se hubiera dado cuenta de que era su mujer del mismo modo que Adri&aacute;n se hab&iacute;a dado cuenta. Mam&aacute;, en la escuela, podr&iacute;a haberle empujado del subibaja o haberle tirado piedras a la cabeza cuando sal&iacute;a de la escuela. Y a Adri&aacute;n le daba miedo porque a &eacute;l ninguna ni&ntilde;a le tiraba piedras en la escuela ni le empujaba por las calles y no quer&iacute;a quedarse solo cuando fuera mayor en las noches que eran muy oscuras y a &eacute;l le daban miedo. Tambi&eacute;n era cierto que la &uacute;nica ni&ntilde;a de la escuela era Maruchilla y que de mayor tendr&iacute;a que ser la mujer de todos los ni&ntilde;os. Pero no, eso no era posible porque mam&aacute; siempre era dulce con pap&aacute;, incluso cuando pap&aacute; no se lo merec&iacute;a y se enfadaba con las noticias que llegaban del otro lado del puente, o cuando se daba con el martillo en un dedo y llenaba de mierda a todos los santos y a toda la corte celestial. Eso no pod&iacute;a ser, seguro.</p> <p>&nbsp;</p> <p><em>-Ahora ellos est&aacute;n aqu&iacute; &iquest;no queda sitio para nosotros?</em></p> <p><em>-Parecer ser que no, no lo hay, no.</em></p> <p><em>-Vaya, no s&eacute; porqu&eacute;.</em></p> <p><em>-Dime, estando nosotros, todo en orden &iquest;hubiera habido sitio para ellos?</em></p> <p><em>-Tal vez no, probablemente no. No</em></p> <p>&nbsp;</p> <p>Hac&iacute;a un rato, antes de que Adri&aacute;n se despertara, pap&aacute; a&uacute;n estaba en casa prepar&aacute;ndose para salir cuanto antes y mam&aacute; estaba tostando los panecillos del desayuno y preparando caf&eacute;. Alguien llam&oacute; a la puerta, de forma airada, con los nudillos. Ni mam&aacute; ni pap&aacute; se esperaban que nadie llamase a esas horas tempranas en casa. Mam&aacute; le dijo a pap&aacute; que si pod&iacute;a abrir &eacute;l, que ella estaba con los panecillos y que si no se le quemar&iacute;an. Entonces fue pap&aacute; a abrir meti&eacute;ndose los faldones por dentro del pantal&oacute;n y abroch&aacute;ndose el cintur&oacute;n. Al otro lado se encontr&oacute; a Alfonso Pancorbo con la cara p&aacute;lida, como si hubiera visto un fantasma. Se hab&iacute;a quitado la gorra y la hac&iacute;a un ovillo entre las manos de forma nerviosa, luciendo un pelo ralo que pocas veces mostraba. Pap&aacute; se pregunt&oacute; que qu&eacute; estar&iacute;a sucediendo y le fue respondido antes de que ni siquiera saludara a Alfonso, ni le invitase a pasar ni le dijera nada. Le dijo que don Juli&aacute;n hab&iacute;a muerto. Que Carmen a&uacute;n estaba gritando como una loca en la puerta de su casa. A pap&aacute; se le qued&oacute; la misma cara que a Alfonso y a mam&aacute;, que lo escuchaba todo, se le quemaron los panecillos a pesar de tenerlos a un palmo de las narices. Entonces pap&aacute; cerr&oacute; la puerta sin darse cuenta de que Alfonso segu&iacute;a quieto frente a ella con la misma piel p&aacute;lida y la gorra echa un nudo, pero las palabras ya hab&iacute;an entrado en casa y Alfonso no parec&iacute;a tener la intenci&oacute;n de querer entrar. No hac&iacute;a falta que saliera ya. Dadas las circunstancias a Alfonso aquello no le molest&oacute;, tal vez ni siquiera se hab&iacute;a dado cuenta. Y pap&aacute; se fue a la cocina cabeceando s&iacute;es al suelo y se sent&oacute; en el mismo sitio del que no se movi&oacute; en toda la ma&ntilde;ana. Ya no era necesario que fuese a trabajar porque nadie ir&iacute;a a trabajar. Sab&iacute;a perfectamente lo que eso significaba.</p> <p>No hac&iacute;a falta ya que subiera arriba del todo con su hacha, y se pusiera a cortar los troncos de Noviembre. No ten&iacute;a porque arrancar las ramas bajas ni hacer caer los &aacute;rboles al suelo apart&aacute;ndose de un salto. Tampoco era necesario que atase todo eso con sogas, y las dejara en el cauce del r&iacute;o para que corriente abajo llegaran hasta el pueblo y las fuera recogiendo la gente que necesitaba m&aacute;s le&ntilde;a o m&aacute;s madera. Tampoco ten&iacute;a que llevar colgadas sus herramientas ni llevar puesto el abrigo gordo de lana. Aquellos a los que la noticia les hab&iacute;a cogido faenando ya hab&iacute;an vuelto a sus casas con la misma cara de fantasma que ahora ten&iacute;an Alfonso y Tom&aacute;s.&nbsp; Zacar&iacute;as estaba trabajando cuando se enter&oacute;. Vicente iba de camino, con su escopeta al hombro. Nicanor estaba en cuclillas con las manos sobre alg&uacute;n hierbajo cuando oy&oacute; los gritos. Y ahora todos ellos y alguno m&aacute;s ten&iacute;an cara de haber visto un fantasma. De haber visto un fantasma y de esperar a ver que dec&iacute;a &ldquo;El manco&rdquo;, que ten&iacute;a respuestas para casi todo.</p> <p>Pap&aacute; era alto. Era m&aacute;s alto que el abuelo Melquiades que como ya era abuelo se hab&iacute;a ido encorvando para acercarse a la tierra. Ten&iacute;a las espaldas anchas. Mam&aacute; de joven le dec&iacute;a que quer&iacute;a vivir colgada de sus hombros. Y pap&aacute; pensaba que a &eacute;l le hubiera gustado vivir en el ombligo de mam&aacute;. Pero pap&aacute; nunca dec&iacute;a esas cosas porque pensaba que esas cosas solo pod&iacute;an decirlas las mujeres y que los hombres solo pod&iacute;an sentirlas. Porque seg&uacute;n &eacute;l los hombres no pensaban, ten&iacute;an que sentir, las mujeres eran las que deb&iacute;an pensar porque se les daba mucho mejor a ellas. Cuando caminaba, los pies parec&iacute;a que se fuesen a desenroscar de los tobillos y quedarse en el suelo bailoteando porque siempre apuntaba con el dedo gordo hac&iacute;a el exterior. Su cara era similar a la de Adri&aacute;n, se parec&iacute;an bastante. Pero tal vez le brillaban mucho menos los ojos. Tambi&eacute;n ten&iacute;a una nariz prominente que le daba un perfil con aire importante e imponente. El pelo lo ten&iacute;a lacio y casi negro, el flequillo le ca&iacute;a sobre la frente y a veces lo apartaba de un soplido.&nbsp; Rara vez se enfadaba, pero cuando se enfadaba hac&iacute;a temblar toda la casa y le sal&iacute;an de la boca truenos y sapos. Adri&aacute;n pensaba que las personas mayores solo se enfadaban por cosas importantes e imaginaba que de mayor, en su caso, ser&iacute;a as&iacute;. Que solo se enfadar&iacute;a por cosas importantes. As&iacute; que ahora que estaba a tiempo ten&iacute;a que aprovechar para enfadarse de vez en cuando por tonter&iacute;as.</p> <p>Un d&iacute;a, estaba Alfredo tirado en la plaza del pueblo, llorando a l&aacute;grima viva y pataleando en el suelo. Como si el suelo tuviese toda la culpa de sus desgracias. Cuando le preguntaban que porqu&eacute; lloraba &eacute;l respond&iacute;a que porque estaba muy enfadado, enfadad&iacute;simo. Y por m&aacute;s que insist&iacute;an en preguntarle que porqu&eacute; lloraba &eacute;l lloraba y lloraba m&aacute;s. Hasta que por fin el berrinche le permiti&oacute; hablar y dijo que estaba enfadado porque se hab&iacute;a comido un caramelo y volvi&oacute; a llorar como si le estuvieran matando. Petra se le acerc&oacute; y le dijo que no se pod&iacute;a llorar porque uno se hab&iacute;a comido un caramelo que eso era bueno y solo se pod&iacute;a llorar por cosas malas. Petra siempre era muy dulce con todos los ni&ntilde;os, porque ella no ten&iacute;a hijos y de siempre quiso tener hijos y lo compens&oacute; amadrinando a todos los ni&ntilde;os como si fuesen suyos. Entonces &eacute;l la dijo que lloraba porque quer&iacute;a comerse otra vez el caramelo y Petra sac&oacute; un caramelo de su delantal y se lo meti&oacute; en la boca a Alfredo casi sin que le diera tiempo a reaccionar. Fue cuando Alfredo se puso a llorar m&aacute;s y m&aacute;s y con m&aacute;s rabia incluso luciendo el bulto en la mejilla del caramelo y Petra le pregunt&oacute; que porque lloraba ahora y &eacute;l contest&oacute; que lloraba ahora m&aacute;s fuerte porque &eacute;l no quer&iacute;a un caramelo si no que quer&iacute;a el caramelo que se hab&iacute;a comido antes. Petra reconoci&oacute; mentalmente que aquel ni&ntilde;o lloraba por una raz&oacute;n sincera y profundamente justificada y trat&oacute; de convencerle de que lo que pretend&iacute;a era imposible. Pero no lo consigui&oacute; y Alfredo estuvo todo el d&iacute;a llorando hasta que dejaron de hacerle caso. Por cosas as&iacute; era por lo que Adri&aacute;n consideraba que merec&iacute;a la pena enfadarse de verdad. Pero pap&aacute; a veces tambi&eacute;n se enfadaba por tonter&iacute;as aunque Adri&aacute;n no se diera cuenta. Y al d&iacute;a siguiente, cuando hab&iacute;a dormido de mal humor, se levantaba m&aacute;s cabizbajo de lo normal y sinti&eacute;ndose rid&iacute;culo por su comportamiento anterior. Mam&aacute; se enfadaba m&aacute;s a menudo que pap&aacute; pero los enfados le duraban menos, y nunca se sent&iacute;a culpable. Tal vez porque ten&iacute;a m&aacute;s pr&aacute;ctica en eso de enfadarse. Y enfadarse era como la ortograf&iacute;a; cuando uno m&aacute;s lo practicaba m&aacute;s maestr&iacute;a se consegu&iacute;a.</p> <p>&nbsp;</p> <p><em>-&iquest;A qui&eacute;n dice usted que se llevaron ahora?</em></p> <p>&nbsp;</p> <p>Cuando por fin termin&oacute; Adri&aacute;n de desayunar subi&oacute; las escaleras detr&aacute;s de mam&aacute; para ir al ba&ntilde;o. All&iacute; le pregunt&oacute; que si no ten&iacute;a ganas de hacer pis y &eacute;l contest&oacute; que no con la cabeza. All&iacute; tambi&eacute;n le pregunt&oacute; que si ten&iacute;a ganas de hacer caca y &eacute;l volvi&oacute; a contestar que no.&nbsp; Apoy&aacute;ndose con los brazos se aup&oacute; sobre la pila y se qued&oacute; mirando un ojo y al otro. Se quedaba fijamente mirando el uno pensando que cuando creciera ser&iacute;a un gran alivio porque no tendr&iacute;a que auparse en la pila y tendr&iacute;a las manos libres para poder medirse los ojos. Pero tambi&eacute;n pensaba que el verdadero alivio era darse cuenta de una vez por todas de que no exist&iacute;a diferencia alguna. Y luego miraba el otro convencido de que la apertura era menor. Miraba este &uacute;ltimo de nuevo con cuidado, sin que se le escapase el menor detalle, y volv&iacute;a a decepcionarse porque ve&iacute;a el otro m&aacute;s abierto. As&iacute; una y otra vez. Hab&iacute;a tomado esa costumbre de medirse los ojos con la incertidumbre de si uno estaba m&aacute;s abierto que el otro. Muchas veces cuando volv&iacute;a a casa con Pedro &ldquo;el ciento&rdquo; y hab&iacute;a charcos en la calle se paraba en seco para poder mirarse no fuese que hubieran cambiado en un instante, hasta que Pedro &ldquo;el ciento&rdquo; se daba cuenta que iba hablando solo y se daba la vuelta y ve&iacute;a a Adri&aacute;n mirando los charcos. Pedro &ldquo;el ciento&rdquo; pensaba que trataba de ver si hab&iacute;a hormigas ahogadas o si all&iacute; hab&iacute;a aparecido de repente un barco de papel cargado de piratas. Comenz&oacute; a mirarse y sent&iacute;a que la carne que le cubr&iacute;a el cuerpo no le pertenec&iacute;a a &eacute;l si no que era un traje prestado y que podr&iacute;a arrancarse la nariz, ponerla sobre el lavabo y probarse una nueva que fuera de otra persona. Porque en aquel instante se sinti&oacute; dentro de un cuerpo extra&ntilde;o, como si solo le pertenecieran los huesos y las tripas. Pero no los ojos, ni las orejas, ni los labios. Y pod&iacute;a salirse de all&iacute; y coger otro cuerpo. Y por un instante dej&oacute; de lado sus ojos y su propio ser para ver all&iacute; a los dos reflejados, &eacute;l mirando fijamente y mam&aacute; movi&eacute;ndose tras &eacute;l.</p> <p>Mientras esto hac&iacute;a pas&oacute; mam&aacute; detr&aacute;s de &eacute;l y la vio reflejada en el espejo. Vio su pelo casta&ntilde;o que le ca&iacute;a por las orejas, como algunos rizos hab&iacute;an escapado de la coleta y ca&iacute;an sobre las clav&iacute;culas. Tambi&eacute;n vio las caderas estrechas que se juntaban por encima de la cintura y luego volv&iacute;a a expandirse. Entonces le vino a la cabeza que qu&eacute; suceder&iacute;a cuando todo hubiese terminado. Que tal vez aquellos que estaban al otro lado del espejo se quedar&iacute;an quietos eternamente, tal como quedaron la &uacute;ltima vez que alguien se asom&oacute; ante ellos, esperando a que un nuevo ni&ntilde;o se mirase fijamente y una madre pasara detr&aacute;s de &eacute;l para que pudieran volver a cobrar vida. Deber&iacute;a ser muy aburrido quedarse all&iacute; quieto sin poder hacer nada hasta que alguien se le ocurriera asomarse a verlos. Ser&iacute;a algo as&iacute; como un eterno escondite ingl&eacute;s sin nadie que ligase. O tambi&eacute;n podr&iacute;a ser que dejasen de ser el reflejo esclavo de alguien y podr&iacute;an ejecutar sus propios movimientos dejando de ser imitadores de nadie mientras no los mirasen, pero si a alguien se le ocurr&iacute;a asomarse a mirar deber&iacute;an de adoptar r&aacute;pidamente la forma en la que hab&iacute;an quedado quietos, no levantasen sospechas. Que cuando la gente se fuera del espejo ellos sacar&iacute;an sus juguetes e ir&iacute;an all&iacute; dentro a su propia escuela con sus propios amigos. Por un momento pens&oacute; que tambi&eacute;n era una posibilidad el que las personas del otro lado del espejo fuesen seres reales, los que realmente viv&iacute;an y re&iacute;an e iban a la escuela y cocinaban y mam&aacute; y &eacute;l, sin saberlo, los que se dedicaban a ejecutar los gestos que otros hac&iacute;an, a imitar la vida que otros hab&iacute;an decidido vivir. Y que cuando todo terminase los se&ntilde;ores del otro lado del espejo podr&iacute;an estar tranquilamente sin que nadie los observase y sin que nadie hiciera lo que ellos quer&iacute;an hacer. Tampoco era dif&iacute;cil que as&iacute; fuera.</p> <p>Cerr&oacute; los ojos un instante y volvi&oacute; a abrirlos y all&iacute; apareci&oacute; un hombre montando sobre un monociclo haci&eacute;ndolo marchar delante y atr&aacute;s y sorteando bestias que se le cruzaban: leones y osos encadenados, iguanas gigantes que entraban de los l&iacute;mites del espejo amenazaban con una mand&iacute;bula feroz y ratas escondi&eacute;ndose tras las piedras que se asomaban cuando nadie las miraba. Tambi&eacute;n hab&iacute;a un payaso, con nariz roja de payaso y ojos pintados de payaso, ten&iacute;a media cara cubierta de espuma y se afeitaba con una navaja mir&aacute;ndose en un espejo &iquest;ser&iacute;a aquel espejo en el que estar&iacute;an mam&aacute; y &eacute;l mismo reflejado? Un hombre andaba sobre la cuerda de la ropa, atravesando el cielo, con una p&eacute;rtiga larga en sentido horizontal. Y un hombre menudo y con barba arrastraba una jaula en cuyo interior un monstruo con apariencia humana daba voces y amenazaba romper los barrotes. Dos hombres delgados caminaban con unos zancos, y dos chinas diminutas se pon&iacute;an morritos la una a la otra. Tambi&eacute;n hab&iacute;a un hombre con harapos y boina que estaba sentado en el suelo sin m&aacute;s. Hasta que mam&aacute; le rega&ntilde;&oacute; por quedarse embobado como un tonto mir&aacute;ndose al espejo y por perder siempre el tiempo.</p> <p>&nbsp;</p> <p><em>-Dicen que all&iacute; se lo encontr&oacute;.</em></p> <p><em>-&iquest;Y donde es all&iacute;?</em></p> <p><em>-Pues all&iacute; hombre, all&iacute;. Cerca del cuartelillo &iquest;Donde va a ser si no?</em></p> <p><em>-&iquest;Y qu&eacute; pas&oacute; entonces?</em></p> <p><em>-Lo se&ntilde;al&oacute; delante de aquellos hombres que no son del pueblo. Y dijo esto y lo otro de &eacute;l. Como si no le conociera nada m&aacute;s que de malhabladur&iacute;as.</em></p> <p><em>-&iquest;Se lo llevaron?</em></p> <p><em>-No, de momento no. Pero no tardar&aacute;n en hacerlo.</em></p> <p>&nbsp;</p> <p>Mam&aacute; empez&oacute; a quitarle la parte de arriba del pijama gris mientras &eacute;l estiraba los brazos para facilitar la tarea. Cuando se la hubo quitado, le dijo que se fijase bien lo delgado que estaba, que eso le pasaba por comer tan despacio. Que cada d&iacute;a estaba m&aacute;s flaco y las moscas de la casa m&aacute;s gordas y alg&uacute;n d&iacute;a habr&iacute;a en la cocina una mosca tan espabilada que se har&iacute;a gigantesca y se los comer&iacute;a enteros, con zapatos y todo. Que se fijase bien en c&oacute;mo se le marcaban las costillas, que parec&iacute;a tener la piel de cristal de tanto que se le ve&iacute;an, y que como no ten&iacute;a chichas bajo las costillas hab&iacute;a hueco suficiente para que las golondrinas pusieran un nido. Y que alg&uacute;n d&iacute;a por eso su coraz&oacute;n ser&iacute;a entero de paja y podr&iacute;a deshacerse si llov&iacute;a. Tambi&eacute;n si beb&iacute;a agua con mucho &iacute;mpetu. Adri&aacute;n pens&oacute; que le gustar&iacute;a tener un nido de golondrinas debajo de las costillas porque as&iacute; le acompa&ntilde;ar&iacute;an a todos los sitios y nunca estar&iacute;a solo. Y las oir&iacute;a piar y hasta podr&iacute;a darles de comer. Ver&iacute;a crecer a las m&aacute;s peque&ntilde;as y escapar de su pecho saliendo por la boca. E ir&iacute;an a visitarle. Y si llov&iacute;a con llevar paraguas o guarecerse valdr&iacute;a, para que no se mojasen las golondrinas y su coraz&oacute;n no se deshiciera.&nbsp; Y antes de que se diera cuenta se vio con una camisa blanca y un pantal&oacute;n gris por encima de las rodillas. &ldquo;Ten cuidado que siempre te caes y luego te despellejas las rodillas de tanto caerte&rdquo; le dijo su madre. Ten&iacute;a puesta la ropa de los domingos, pero &eacute;l sab&iacute;a que no era domingo porque era martes. Sab&iacute;a perfectamente porque no ten&iacute;a escuela, porque pap&aacute; no hab&iacute;a ido a trabajar y porqu&eacute; llevaba puesta la ropa de los domingos. Tambi&eacute;n sab&iacute;a que mam&aacute; no tardar&iacute;a en darle la rebeca para que no pasara fr&iacute;o, y que no pod&iacute;a quit&aacute;rsela aunque sudase que si no podr&iacute;a resfriarse, y muchos menos si llov&iacute;a. Porque ten&iacute;a pinta de llover, y si llov&iacute;a, le dijo mam&aacute;, que volviese r&aacute;pido a casa no se empapase. O que se quedara en la calle. Total, si era el &uacute;ltimo d&iacute;a. Pero siempre se acababa quitando la chaqueta dijera lo que dijera mam&aacute;.</p> <p>Cuando a punto estaba de salir por la puerta de su casa pap&aacute; le grit&oacute; que, como siempre que no hab&iacute;a escuela, no se olvidara de ir a ver al abuelo Melquiades antes de ir a buscar a Pedro &ldquo;el ciento&rdquo;. &Eacute;l pens&oacute; que lo ve&iacute;a siempre porque desde la ventana de su habitaci&oacute;n se ve&iacute;a la puerta de la casa del abuelo y &eacute;l siempre estaba all&iacute;, sentado, en la piedra que estaba debajo del &aacute;rbol &iquest;el abuelo Melquiades tambi&eacute;n tendr&iacute;a un espejo donde se ver&iacute;a su oreja cortada? A lo mejor se le hab&iacute;a roto y por eso estaba siempre all&iacute; quieto. O tal vez el se&ntilde;or al que reflejaba se hubiera muerto. Como no le importaba demasiado y lo hac&iacute;a todos los d&iacute;as que no ten&iacute;a que ir escuela lo acat&oacute; sin protesta alguna. Le dio un beso a Leire. Le dio un beso pap&aacute; elev&aacute;ndose en la punta de los pies y se march&oacute;.</p> <p>Abri&oacute; la puerta tirando de ella con las dos manos sujetas al picaporte y una vez fuera dio un portazo para cerrarla y que no quedara entreabierta. Se qued&oacute; un momento parado viendo el suelo; estaba mojado y en el uniforme cemento se hab&iacute;an formado peque&ntilde;os charcos. En el cielo hab&iacute;a nubes moradas. Por sorpresa oy&oacute; un traqueteo que se acercaba a &eacute;l &iquest;de d&oacute;nde podr&iacute;a venir? Acerc&aacute;ndose m&aacute;s a&uacute;n identific&oacute; un galope que se le aproximaba. Tan r&aacute;pido como pudo reaccionar se peg&oacute; fuertemente a la puerta todo lo que pudo pareciendo que quer&iacute;a entrar de nuevo en la casa sin ni siquiera abrir la puerta. Y vio pasar a unos palmos de sus narices un caballo negro corriendo todo cuanto pod&iacute;a, sin rumbo a pesar de que iba a salir por una calleja, solo por el hecho de correr mientras que Adri&aacute;n observaba, asustado, con los ojos como platos. La velocidad del animal hizo que se le moviera el cabello y por un momento se le erizara el flequillo. Aquel caballo negro con las crines salvajes parec&iacute;a un alma que llevase el diablo y probablemente no sab&iacute;a ni a donde iba ni de d&oacute;nde ven&iacute;a. Adri&aacute;n tampoco lo sab&iacute;a.</p> <p>&nbsp;</p> <p>&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Fri, 05 Nov 2010 17:04:00 +0000</pubDate></item><item><title>Cap&#xED;tulo 1</title><link>https://elespantapajarosdecomala.blogia.com/2010/110501-capitulo-1.php</link><guid isPermaLink="true">https://elespantapajarosdecomala.blogia.com/2010/110501-capitulo-1.php</guid><description><![CDATA[<p>Mir&oacute; todo asom&aacute;ndose desde la loma en la que se encontraba haciendo un barrido con su vista de izquierda a derecha. No era la noche m&aacute;s luminosa de la historia pero ello no imped&iacute;a que gran parte del pueblo se viera lo suficiente. Hab&iacute;a menos estrellas de lo normal, como si un zarpazo invisible las hubiera espantado. Fue entonces cuando se pregunt&oacute; c&oacute;mo podr&iacute;a alguien vivir en aquel lugar durante tanto tiempo. No, al lugar no le suced&iacute;a nada en especial. Pero, sin embargo, todo Zoar parec&iacute;a descansar sobre la palma de la mano de un demonio. Como si la mano de aquel demonio sujetase los cimientos, las ra&iacute;ces de los &aacute;rboles y entre sus l&iacute;neas serpenteasen los r&iacute;os. Sinti&oacute; que de un momento a otro romper&iacute;a la tierra agrietada un pu&ntilde;o invisible y comenzasen a recorrer todo aquello lenguas de azufre. Nada parec&iacute;a indicar que fuera as&iacute; realmente pero, sin embargo, era la sensaci&oacute;n que daba. Un aire raro. El lugar no ten&iacute;a nada de at&iacute;pico, tal vez algo m&aacute;s peque&ntilde;o incluso de lo que hab&iacute;a imaginado. Y ya lo hab&iacute;a imaginado demasiado peque&ntilde;o. Hab&iacute;a resultado tan dif&iacute;cil localizar todo aquello. Ol&iacute;a a lluvia pero a&uacute;n no llov&iacute;a y el cielo parec&iacute;a despejado. El lugar ten&iacute;a un r&iacute;o que se ve&iacute;a a lo lejos, y si no era un r&iacute;o era algo parecido. Pero no era ese tipo de olor a humedad, si no olor a lluvia. Pronto comenzar&iacute;a a llover, lo intu&iacute;a. A su derecha quedaba una casa, no muy lejos de donde se encontraba. Era la &uacute;ltima casa, o la primera, seg&uacute;n se mirase. No era ni grande ni peque&ntilde;a. Era una casa normal. Con todas las connotaciones de la palabra. Tal vez hab&iacute;a en ella una mezcla de solemnidad y humildad. Pero nada m&aacute;s. Despu&eacute;s hab&iacute;a un camino que bajaba. Algunas callejas que se ve&iacute;an estaban formadas por casas que goteaban del suelo y parec&iacute;an asomarse a la noche. Poco m&aacute;s se pod&iacute;a observar hasta el puente del fondo, que estaba sobre el r&iacute;o. El r&iacute;o sonaba como un rumor en la noche fresca. Y el ruido del r&iacute;o hac&iacute;a que pareciera la noche m&aacute;s fr&iacute;a a&uacute;n. Sobre el agua que llevaba el r&iacute;o la luna hab&iacute;a engordado. Y una parte de ella se reflejaba en el r&iacute;o. Era una l&aacute;stima que no cupiera por completo. Tan solo se ve&iacute;a como si girones de luna hubieran ca&iacute;do y estuviesen remando corriente arriba. Pero la luna se ve&iacute;a completa. Tan solo su reflejo era incompleto por manchas de sombras y de luces producto de su propio reflejo. Que inh&oacute;spito resultaba aquel lugar. Antes de que se diera cuenta la luna hab&iacute;a desaparecido del r&iacute;o. Tambi&eacute;n hab&iacute;a desaparecido del cielo. Tambi&eacute;n hab&iacute;an desaparecido las pocas estrellas que volaban. Algunas gotas afiladas comenzaban a atravesar el cauce. Resultaba una lluvia intermitente, en un principio no parec&iacute;a que lloviese demasiado. Nunca nada tan normal hab&iacute;a resultado tan l&uacute;gubre.</p> <p>&nbsp;</p> <p>Arrastrando los pies en unas zapatillas que hac&iacute;a ya mucho tiempo hab&iacute;an dejado de ser nuevas, con pasos lentos y cortos, como si un inexplicable magnetismo le impidiera separarlos del suelo m&aacute;s de dos dedos, se aproxim&oacute; a la ventana. Con el pulgar y el &iacute;ndice de la mano derecha haciendo pinza tir&oacute; de la delgada cinta carcomida y amarillenta. Resultaba incre&iacute;ble ver la rapidez con que envejec&iacute;a todo. Ante &eacute;l apareci&oacute; la ventana desnuda imperturbable ante la proximidad de la ma&ntilde;ana. En la otra mano llevaba el candil. El candil con la vela encendida. Le vela no era indispensable, es m&aacute;s, ni siquiera era necesaria, pues con pulsar el interruptor de la luz pod&iacute;a conseguir toda la luminosidad que quisiera y necesitara, pero era una de sus costumbres inamovibles; reci&eacute;n despierto encender la vela del candil y antes de dormir vigilar que no se hubiera consumido por completo para evitar quedarse sin la dichosa llama para la ma&ntilde;ana siguiente antes de que se hiciera de d&iacute;a y dejarla extingui&eacute;ndose para poder empezar una nueva a la noche siguiente. Supon&iacute;a incomprensible entender todo esto. El porqu&eacute; de todo aquello. Tal vez tan solo fuera por ocupar los minutos con minucias que le impidieran vivir m&aacute;s tiempo todo el tiempo que le quedaba por vivir. O de llenar con nada el est&uacute;pido existir.</p> <p>Sin embargo aquella ma&ntilde;ana se hab&iacute;a despertado m&aacute;s melanc&oacute;lico que de costumbre. Como si la memoria quisiera propinarle un mazazo definitivo en el &aacute;nimo para sumirle en el torbellino de los a&ntilde;os que se fueron. Si alguien le hubiera preguntado en aquel momento hubiera respondido que no. Que &eacute;l no quer&iacute;a seguir. Tan solo revivir lo ya acontecido marcha atr&aacute;s. Tanto lo bueno como lo malo.</p> <p>Acerc&oacute; el candil, con la vela, y &eacute;sta con su llama a la ventana muda y all&iacute; estaba, majestuoso, el sauce llorando. Fue cuando uno de esos pensamientos autom&aacute;ticos le llev&oacute; a la idea de que deb&iacute;a de haber estado lloviendo todo lo que llevaba de noche hasta hac&iacute;a bien poco, esa noche que a&uacute;n se resist&iacute;a a marcharse. Hasta hac&iacute;a pr&aacute;cticamente nada. Cuando de pronto millones de hilos comenzaron a descolgarse del cielo. Millones de ara&ntilde;as azules ca&iacute;an kamikazes para ir a morir a la tierra. De nuevo la lluvia en la noche. A&uacute;n no la hab&iacute;a visto ese d&iacute;a pero no le hubiera importado nada. Ya no se pudieron distinguir las l&aacute;grimas de los sauces.</p> <p>El sauce que se ve&iacute;a era extraordinariamente grande. Medir&iacute;a cosa de trece metros echando cuentas de vieja. Y eso para un sauce era bastante grande. El tronco ten&iacute;a la piel fisurada, llena de arrugas, como si alguien perturbara su sue&ntilde;o para rastrillarlo. Pero apenas se ve&iacute;a porque las ramas y hojas disfrazadas de fantasma verde llegaban, cansinas, casi hasta el suelo. Parec&iacute;a que tan solo asomase los pies. Todo lo verde parec&iacute;a igualmente l&iacute;quido y esperando para romperse contra el suelo y extenderse como una alfombra de oto&ntilde;o. Y as&iacute;, tal vez, tapar la lluvia.</p> <p>Ten&iacute;a por rutina despertarse antes del alba, nadie sab&iacute;a muy bien si era una de esas costumbres que se acent&uacute;an en la senectud o tan solo reminiscencia de alg&uacute;n tiempo que pas&oacute; en la sierra. Se acostaba temprano y seg&uacute;n dec&iacute;a &eacute;l con un sue&ntilde;o de mil demonios que le hac&iacute;a bostezar como un le&oacute;n enjaulado y amenazaba medrar de un zarpazo su inquebrantable car&aacute;cter paciente y afable, silencioso tal vez, para convertirse en gesto moh&iacute;no y monos&iacute;labos. Si alguna vez no se hab&iacute;a ido a dormir de d&iacute;a cuando las persianas todav&iacute;a pod&iacute;an mantenerse completamente arriba bien podr&iacute;a haber sido por verg&uuml;enza. O tambi&eacute;n porque Carmen para esas cosas siempre ten&iacute;a la escopeta cargada, y para otras tambi&eacute;n. Tambi&eacute;n, alguna vez, despu&eacute;s de comer empezaban a cerr&aacute;rsele lentamente los ojos como quien no quiere la cosa, y &eacute;l casi sin darse cuenta de que su estado de vigilia estaba adormil&aacute;ndose y antes de que su cabeza se hubiera descolgado y echado a rodar por el pasillo Carmen le daba una voz y re&iacute;a para los adentros. Y &eacute;l volv&iacute;a a erguirse rezando en silencio y mir&aacute;ndola de forma poco amistosa.</p> <p>Si sus costumbres a la hora de irse a dormir eran caprichosas y a veces, incluso, ritualistas las de despertarse no iban mucho m&aacute;s lejos. A falta de un largo trecho para que llegase el d&iacute;a sus ojos se abr&iacute;an como platos en medio del colch&oacute;n luchando contra la oscuridad y el silencio y quedaba vigilando que no hubiera salido ninguna grieta nueva en el techo. Mov&iacute;a una pierna para un sitio y el brazo para el otro, cambiaba el culo de posici&oacute;n y hund&iacute;a la cabeza en la almohada. Cualquiera que le viera podr&iacute;a decir que era una lagartija con apariencia humana. O una cola de lagartija con apariencia humana. Despu&eacute;s se mov&iacute;a hacia el otro lado y el brazo que coloc&oacute; aqu&iacute; ahora estaba all&aacute; y tras alg&uacute;n codazo de Carmen debajo de las costillas y alguna que otra vez un grito entre susurros en medio de la noche mand&aacute;ndole no precisamente cerca saltaba de la cama como un resorte, todo lo r&aacute;pido que le permit&iacute;a el moho de las articulaciones, enfund&aacute;ndose las zapatillas casi al mismo tiempo.</p> <p>Se qued&oacute; observando la lluvia. Como algunas gotas engordaban bajo las ramas haciendo crecer sus barrigas para caer y desaparecer para siempre, y otras como simplemente ca&iacute;an y ca&iacute;an y ca&iacute;an como si a alguien desde muy alto se le hubiera volcado una cesta de alfileres.&nbsp; La lluvia, siempre le gust&oacute; la lluvia. Incluso cuando en otro tiempo amenazaba convertirse en uno de sus enemigos m&aacute;s mortales y se pod&iacute;a quedar guard&aacute;ndola dos semanas dentro del pecho nunca la rechaz&oacute; por completo. En aquellos tiempos se quedaba observ&aacute;ndola sobre un chaparro con el fusil en la mano. En aquellos tiempos tan solo la observaba deleit&aacute;ndose de la belleza y del peligro que comprend&iacute;a al mismo tiempo. Como si lo uno fuese necesariamente unido a lo otro y si se separase lo uno de lo otro perdiesen sus propiedades para siempre. Cada vez m&aacute;s violenta, sin estr&eacute;pito, y cuando parec&iacute;a el culmen de la furia la lluvia se tranquilizaba. Y de nuevo las gotas mansas se posaban sobre las ramas y las recorr&iacute;an y se posaban sobre las hojas buscando un respiro ante su fin antes de desaparecer debajo de la hojarasca y los cantos convirti&eacute;ndose en barro. &nbsp;</p> <p>Aquella lluvia era digna de admirar, pero no tanto como la que hab&iacute;a visto una vez siendo ni&ntilde;o.&nbsp; A menudo cuando recordaba se le pon&iacute;a gesto bobalic&oacute;n en la cara y la mirada se le perd&iacute;a en la inmensidad de los a&ntilde;os. Aquella vez sali&oacute; de casa poco despu&eacute;s de comer. Su madre no estar&iacute;a, porque a veces su madre acompa&ntilde;aba a su padre en asuntos sumamente importantes que a &eacute;l no se lo parec&iacute;an tanto. Llevaba un aro de metal en la mano. Su padre estar&iacute;a sacando dientes. Abri&oacute; la puerta y se qued&oacute; ante ella. Su madre estar&iacute;a esperando a su padre en alg&uacute;n sitio a que dejase de sacar dientes. Jugaba con los dem&aacute;s chicos del pueblo a empujar el aro calle abajo, a que el suyo llegase antes que el de los dem&aacute;s muchachos. Y si as&iacute; era suya era la gloria de aquel d&iacute;a, o hasta la pr&oacute;xima ronda por lo menos en la que volv&iacute;a a subir el aro calle arriba con los calcetines subidos. Cay&oacute; delante de sus narices la mayor tromba de agua que jam&aacute;s hab&iacute;a podido imaginar y que nunca llegar&iacute;a a volver a ver. Los rayos empezaron a recorrer el cielo como culebras luminosas y los truenos resonaban en los tejados como si el tiempo quisiera vengarse de un verano demasiado caluroso. Se qued&oacute; mirando todo aquello embobado. De arriba abajo y de un lado al otro. Como si ante &eacute;l hubiera una cortina de agua que nac&iacute;a, nac&iacute;a y nac&iacute;a, sin hacer caso de su aro de metal que hace unos instantes tan interesante le resultaba. Como si estuviera ante un bombardeo impuesto por el clima. El aro se le escap&oacute; de las manos y avanz&oacute; unos metros sorteando la lluvia. Se fren&oacute;, pareci&oacute; retroceder y ca&iacute;a al suelo dando con un lado y otro del di&aacute;metro hasta que por &uacute;ltimo se tumb&oacute; en el suelo, empapado. &Eacute;l no se daba cuenta de nada. Estaba viendo la lluvia caer y casi la sent&iacute;a en el paladar. Antes de que le diera tiempo a reaccionar oy&oacute; como su abuela dec&iacute;a que tan solo era una tormenta de verano, rest&aacute;ndole cualquier importancia. En ese momento toda la lluvia pareci&oacute; caer en un instante y romperse en el suelo, con nubes negras y todo. Le agarr&oacute; del brazo y tir&oacute; de &eacute;l hacia el interior de la casa, y le dio un pescoz&oacute;n y cerr&oacute; la puerta. Por ser tan tonto, por haberse quedado embobado mirando una simple tormenta mientras cog&iacute;a una pulmon&iacute;a.&nbsp; Cuando cerr&oacute; la puerta hab&iacute;a terminado para siempre con la lluvia m&aacute;s espectacular que jam&aacute;s hab&iacute;a presenciado. Cuanto la echar&iacute;a de menos.</p> <p>Se apart&oacute; de la ventana dando por terminado el espect&aacute;culo. El olor a tierra mojada se le met&iacute;a en las narices a trav&eacute;s de la ventana cerrada. Era un olor reconfortante que por un momento provoc&oacute; que se le fueran las &aacute;nimas de la cabeza. Y en ese momento le hubiera gustado abrir la ventana e inspirar profundamente achicando la nariz para llenar los pulmones de tierra mojada. Pero no lo hizo. No hac&iacute;a fr&iacute;o, pero la ma&ntilde;ana estaba fresca. &Eacute;l s&iacute; que sab&iacute;a bien lo que era pasar fr&iacute;o y aquello no le parec&iacute;a nada.&nbsp; Sin volver a bajar la persiana pos&oacute; el candil en el escritorio y se sent&oacute; frente a lo que quedaba de lluvia. El sill&oacute;n era c&oacute;modo. Acolchado. Marr&oacute;n. De un marr&oacute;n bastante oscuro que si hubiera sido azul ser&iacute;a casi negro. Los reposabrazos, de algo parecido a madera barnizada, parec&iacute;an enroscarse sobre s&iacute; mismos al final, como si hubiese estado all&iacute;, esperando, silenciosamente para tal ocasi&oacute;n.&nbsp; A su derecha una cristalera que nunca cogi&oacute; polvo mas debido a la pulcritud de su mujer que su devoci&oacute;n por la limpieza. Siempre la observaba despu&eacute;s de acercarse a la ventana. Lo que muchos hubieran pensado que era fijarse todos los d&iacute;as unos instantes ante la novedad de algo nuevo, hac&iacute;a ya muchos a&ntilde;os que ning&uacute;n miembro nuevo formaba parte de su colecci&oacute;n, se hab&iacute;a convertido en rutina y admiraci&oacute;n de por vida, o tal vez ya fuera costumbre. Una de esas cosas que se hacen porque un d&iacute;a se hizo, y al d&iacute;a siguiente tambi&eacute;n se hizo y ya nunca se abandon&oacute;.&nbsp; Y es que todas las cosas nuevas o se entierran para siempre en el injusto rinc&oacute;n del olvido o se empe&ntilde;an en acompa&ntilde;arnos del brazo. &Eacute;l se qued&oacute; con la segunda. Y all&iacute; estaban el rojo y el blanco mezclados con el azul, el blanco con motas negras, las antenas con la capa extendida. El negro de luto y el azul casi metalizado como si fuera la piel de un avi&oacute;n. El arte natural de los brazos extendidos, las formas m&aacute;s simples, algunas que parec&iacute;an a medio terminar por un Dios temeroso y falto de talento y otras sin embargo, tal vez las menos bellas, no parec&iacute;an m&aacute;s que algo a medio camino entre una mariposa y la cucaracha. Otras parec&iacute;an retales de un traje de folcl&oacute;rica. Y para terminar la Trogonoptera como si estuviera coronando a todas las dem&aacute;s, vigilando que ning&uacute;n insecto disecado cobrase vida para romper el cristal de repente y echar a volar con las alas de tela oxidada, la &uacute;nica que conoc&iacute;a el nombre a ciencia cierta sin lugar a discrepancias. Porque de algunas tan solo lo intu&iacute;a y de otras pese a que las nombraba de tal o cual modo este pod&iacute;a ser de modo arbitrario y del mismo modo pod&iacute;a denominar a otra que se la parec&iacute;a pero que no era exactamente igual. La Trogonoptera era un rel&aacute;mpago negro con azabache negro y chal negro, en luto perpetuo. Y mostrando unos colmillos verdes, como pintajos, mostrando que la naturaleza, en ocasiones, puede ser injusta y violentamente feroz.</p> <p>De nunca fue una de esas personas con demasiada tendencia a echar cosas pasadas de menos. Si alguna vez eso ocurr&iacute;a se trataba de una leve molestia y un peso excesivo para los huesos y lo espantaba r&aacute;pidamente con un pisot&oacute;n al suelo o bebiendo infusiones. Como si la manzanilla ahogase los recuerdos y los dejase flotando en ella. Pero esta vez era diferente y sent&iacute;a como si las fotograf&iacute;as amarillas y las risas que ya no pod&iacute;a o&iacute;r se hubieran fundido con la hiel y se hubiera convertido en un bloque en su tripa que ahora le dol&iacute;a.</p> <p>Terminado el ritual se abr&iacute;an casi siempre las dos mismas posibilidades, o coger uno de los pocos tomos empolvados que adornaban su biblioteca o sacar del bureau un oscurecido tablero de ajedrez con piezas retuertas de roble. La mayor&iacute;a de los libros descansaban all&iacute;, algunos de pie otros recostados, sin m&aacute;s oficio que el ocupar un lugar. Casi la totalidad estaba le&iacute;da y a veces hasta rele&iacute;da, como aquel que a fuerza de una obstinada afici&oacute;n a lo que en &eacute;l se contaba hab&iacute;a hecho que se sintiera casi como el compa&ntilde;ero de viajes del propio h&eacute;roe Eneas. Para &eacute;l mejor que Odiseo, donde iba a parar. Esta vez le pareci&oacute; m&aacute;s llevadero poner sobre la mesa el tablero de ajedrez.</p> <p>Hac&iacute;a ya mucho tiempo que el poco pellejo que se le pegaba a los huesos hab&iacute;a dejado de estar firme sobre la osamenta larga y delgada, como el camino viejo. Sin embargo, con orgullo propio de hidalgo luc&iacute;a unas canas que nunca hab&iacute;a querido sepultar bajo una boina m&aacute;s por vanidad que por desapego a la prenda. Un traje viejo, cortado con cuidado por las cuidadosas manos de un sastre, en cuya tela a veces se adivinaban colores que ligeramente cambiaban el tono del marr&oacute;n claro dominante y que elevaban su posici&oacute;n y su ego lejos de la realidad y que guardaba celosamente desde hace mucho tiempo. Los ojos huidizos que se escond&iacute;an tras las pesta&ntilde;as como grillos negros acompa&ntilde;aban sin m&aacute;s. Alguna que otra cicatriz, unas inevitables y no deseadas, las de mayor longitud, y otras buscadas y probablemente perseguidas con obstinaci&oacute;n en sus piller&iacute;as infantiles.&nbsp; Todo esto antes mencionado, la humedad de a&ntilde;os y a&ntilde;os viendo caer la lluvia clavada en las entra&ntilde;as y el polvo que hab&iacute;a quedado atrincherado bajo las u&ntilde;as para siempre era todo cuanto ten&iacute;a. Desde muy joven hab&iacute;a comenzado a destacar por su estatura y ya en la escuela a menudo le tocaba coger las cosas a las que no llegaba el maestro, que tambi&eacute;n cabe mencionar que este no destacaba precisamente por su altura sino m&aacute;s bien por todo lo contrario. Nunca le molestaron este tipo de cosas. Tan solo protest&oacute; aquella vez en la que todos los d&iacute;as la misma mujer le dec&iacute;a lo alto que se estaba poniendo, cuando se la encontraba al ir a comprar el pan o a recoger la carne nueva que le llegaba al carnicero o pasando frente a su puerta, y lo largo que era y &eacute;l respondi&oacute; que ella estaba todos los d&iacute;as igual de vieja y no se lo dec&iacute;a cada vez que la ve&iacute;a. Tras el obsequio que le hizo su padre en forma de moflete amoratado en cuanto se enter&oacute; aprendi&oacute; la lecci&oacute;n de que a veces era mejor callar y protestar hacia dentro, y fue precisamente lo que se dedic&oacute; a hacer durante toda la vida hasta que se hart&oacute;.</p> <p>Coloc&oacute; cuidadosamente cada pieza encuadr&aacute;ndola perfectamente en cada casilla. Con sutileza. De forma minuciosa, como si el hecho de que el soporte de alguna tocase la l&iacute;nea que separaba el negro del blanco hubiera sido traspasar una frontera imposible. &iquest;Hab&iacute;a vuelto a llover? &iquest;Hab&iacute;a dejado de llover en alg&uacute;n momento? Al frente, los peones, todos iguales, con la cabeza gacha fija en los dedos de los pies ante las &oacute;rdenes que deb&iacute;an acometer de sus superiores que les respiraban en el cogote. Detr&aacute;s los caballos sonrientes, con las crines como el fuego, erizadas, parec&iacute;an mecerse delante y atr&aacute;s esperando que alguien los empujase al centro del tablero y comenzar alguna nueva aventura en solitario. A su lado estaban los alfiles serios y taciturnos, pulcros y rectos con un gesto en la cara de gato arisco y traicionero. Las torres con el pelo de punta, el rey con su barba blanca y aires de grandeza y a su lado la reina mir&aacute;ndole con el rabillo del ojo, como permiti&eacute;ndole tener el poder que ostentaba el monarca e ideando que hacer para que de un bandazo derrocarle en cuanto tuviera ocasi&oacute;n.</p> <p>Prob&oacute; alguna apertura, y luego otra. &ldquo;De esta gustaba Philidor&rdquo; sol&iacute;a decir su abuelo ante otra. Rechazaba las italianas aunque fuesen las mejores por prejuicios m&aacute;s morales que t&eacute;cnicos, probaba algunas de jugadores legendarios de siglos pasados pero unas las desechaba porque no las entend&iacute;a y las otras solo por lentas y aburridas por m&aacute;s que, en el fondo,&nbsp; tampoco las comprendiera del todo. De todas la que m&aacute;s le gustaba era la Ruy L&oacute;pez por din&aacute;mica y agresiva y casi tambi&eacute;n porque tal vez fuese la &uacute;nica que sab&iacute;a jugar y no con destreza de maestro. Cuando jugaba ante alg&uacute;n trebejista del cual sab&iacute;a que obtendr&iacute;a la victoria sin demasiada dificultad le daba igual pero si, por el contrario, las distancias se acortaban y no ten&iacute;a tan seguro que fuera a ganar echaba mano de esta apertura. De su autor le gustaba su origen extreme&ntilde;o y esto hac&iacute;a que le recorriera el cuerpo cierto orgullo patri&oacute;tico y no tanto su condici&oacute;n de religioso, que le daba lo mismo. O al menos siempre crey&oacute; que lo hab&iacute;a sido sin haberlo podido verificar por completo. Algunos hechos al abandonar su ni&ntilde;ez hab&iacute;an provocado que cada vez confiase menos en su memoria porque a veces se fund&iacute;a con su propia imaginaci&oacute;n, como aquella vez que hab&iacute;a visto en un libro una l&aacute;mina con el rostro de G&oacute;ngora y creyendo verle ataviado de h&aacute;bito se hab&iacute;a pasado media vida pensando que fue cura. Un pe&oacute;n. Otro pe&oacute;n. Otro pe&oacute;n que se le enfrentaba queriendo ponerle freno. Un caballo que saltaba del negro al blanco como una danzadora rusa con brasas en los pies. La lluvia intermitente que parec&iacute;a extinguirse poco a poco como el fin de una canci&oacute;n. Un alfil que se descolgaba. Y as&iacute; hasta que daba por concluida la lucha consigo mismo por no darse la raz&oacute;n ni quit&aacute;rsela o el inevitable exterminio que se produc&iacute;a con la muerte del indefenso monarca que ca&iacute;a lentamente dando un golpe sordo mientras profesaba &oacute;rdenes imposibles a sus vasallos.</p> <p>Pero aquella vez fue diferente y sin ninguna causa aparente, como si en un instante su cabeza se hubiera llenado de humo, se qued&oacute; mirando las motas de polvo suspendidas en el aire desafiando las leyes de Newton y por m&aacute;s que trataba de atender a los movimientos de las piezas una y otra vez volv&iacute;a a mirar a ese espacio vac&iacute;o como si no lo hubiera visto nunca antes. Las motas planeaban en la estancia para posarse en el suelo o en alg&uacute;n obst&aacute;culo que estuviera por el medio. Maldijo que ninguna se posase en alguna pieza para de ese modo poder aunar las dos cosas en una. Tanto le absorbi&oacute; aquella visi&oacute;n que lleg&oacute; un momento en el que perdi&oacute; la noci&oacute;n de si era el turno de las blancas o de las negras y no consigui&oacute; averiguarlo ni tratando de recrear la partida marcha atr&aacute;s en su cabeza movimiento a movimiento. Y con la percusi&oacute;n l&iacute;quida de los &uacute;ltimos cuchicheos de lluvia que quedaban, los inertes guerreros y el espacio vac&iacute;o donde no cab&iacute;a nada descubri&oacute; a la noche palideciendo y negociando con el d&iacute;a la hora del alba.</p> <p>Carmen se despertaba m&aacute;s tarde que don Juli&aacute;n, pero nunca ni la pereza ni el &uacute;ltimo sue&ntilde;o la dejaban enredada entre las s&aacute;banas pasadas las ocho de la ma&ntilde;ana. Sabiendo que su marido llevar&iacute;a ya un buen rato despierto se desperezaba poniendo en orden la cama, abriendo una boca feroz y con movimientos de contorsionista trataba de colocar a ciegas el desaguisado de su peinado. Sacud&iacute;a las almohadas d&aacute;ndolas palmadas en el pecho y en la espalda, la de don Juli&aacute;n con algo m&aacute;s de tacto porque siempre se quejaba de la forma m&aacute;s exagerada que pod&iacute;a de que la dejaba demasiado menuda y le daba la impresi&oacute;n de estar durmiendo en un ata&uacute;d cuando se acostaba. Como si su mujer de aquella manera le estuviera diciendo que haber cuando le daba la alegr&iacute;a de llevarla pronto de entierro siendo ella la viuda. Estiraba las s&aacute;banas, colocaba encima la manta sin que nada sobresaliera y con una precisi&oacute;n de relojero culminaba con el embozo dando por zanjado el orden del dormitorio.</p> <p>Not&oacute; como se la erizaba el vello bajo las mangas del pijama y se la punteaba la piel. Deb&iacute;a de hacer fr&iacute;o fuera. Se acerc&oacute; al perchero y dej&oacute; caer sobre su menudo cuerpo la bata azul moteada en pelusas azules y se la at&oacute; alrededor de la cintura con un nudo que no se deshac&iacute;a ni con los dientes. Entr&oacute; a la cocina a&uacute;n echando el pulso con el rebelde pelo que parec&iacute;a querer desafiar toda l&oacute;gica est&eacute;tica. Era una batalla perdida de antemano. Cogi&oacute; algo parecido a una taza de caf&eacute; que llevaba varios d&iacute;as sobre la mesa, pero m&aacute;s bien podr&iacute;a llamarse agua sucia. Cuando se despertaba no sent&iacute;a nada, ni mal humor ni bueno. Ni ganas de despertarse ni enfado por haber escapado de la cama. No era hasta que se tomaba el caf&eacute; cuando sus humores escapaban y sub&iacute;an a la superficie de la piel. Y pod&iacute;a ser que estuviese encantadora. Pocas veces. Casi nunca. O poco llevadera.</p> <p>Grit&oacute; dos veces a don Juli&aacute;n por si quer&iacute;a desayunar con ella. Seguro que ya hab&iacute;a desayunado al poco de levantarse. Muy de ma&ntilde;ana le gustaba mojar un par de tostadas del pan que hab&iacute;a sobrado el d&iacute;a anterior en la leche azucarada, nunca fue muy de caf&eacute;. Sin embargo si en la leche vert&iacute;a unos granos de az&uacute;car le resultaba mucho m&aacute;s sofisticado y mas que un desayuno a lo pobre le resultaba casi casi de se&ntilde;orito. Sin embargo no era raro que se sentase al lado de Carmen con su silencio infinito y algo parecido a docilidad conyugal para volver a desayunar. Como no obtuvo respuesta alguna se bebi&oacute; el caf&eacute; de dos tragos sin saborearlo a&uacute;n a riesgo de que saliera humo de su garganta. Trat&oacute; de recordar que hab&iacute;a pensado el d&iacute;a anterior&nbsp; que ser&iacute;a la comida, y como lo olvidaba a menudo de nuevo comenzaba a idear que deb&iacute;a de preparar siendo en alguna que otra ocasi&oacute;n una sorpresa, y no siempre grata, cuando se daba cuenta de que el plato realizado era el mismo que hab&iacute;a pensado el d&iacute;a anterior y hab&iacute;a olvidado repentinamente durante el desayuno.</p> <p>Ella no se acordaba de porqu&eacute; era, un d&iacute;a lo olvid&oacute; y no volvi&oacute; a recordarlo nunca m&aacute;s. Pero a veces cuando Carmen se encontraba con don Juli&aacute;n por el pasillo, o comiendo frente a &eacute;l o en el dormitorio, se lo quedaba mirando muy al fondo de los ojos y sent&iacute;a como un escalofr&iacute;o la recorr&iacute;a la espalda tan solo de mirarle y observaba sus ojos negros como si fuesen dos cristales que se iban a rajar y caer&iacute;an al suelo rompi&eacute;ndose. Y se imaginaba agachada y guardando los trozos en el bolsillo de la bata. Y entonces don Juli&aacute;n sonriendo la preguntaba que qu&eacute; miraba y ella cambiaba el gesto de enso&ntilde;aci&oacute;n y le contestaba malhumorada que porque pensaba que lo estaba mirando a &eacute;l y no pensando en sus cosas y que el estuviese frente a ella solo era casualidad. Pero no lo enga&ntilde;aba. Es m&aacute;s, no se enga&ntilde;aba ni a si misma. Y todo fue porque un d&iacute;a, le vio bajo el sol. Y se pregunt&oacute; que hac&iacute;a un muchacho con aires refinados en aquel rinc&oacute;n alejado de las cafeter&iacute;as y de la ciudad. En un pueblo que ol&iacute;a a animales y a pan tostado. Y &eacute;l la salud&oacute; y pregunt&oacute; algo, y ella como no le oy&oacute; se acerc&oacute; a&uacute;n m&aacute;s. Y fue la primera vez que le vio los ojos, y se los mir&oacute;. Y antes de que se diera cuenta no se estaba enterando de nada de lo que dec&iacute;a porque no le quitaba la vista del negro de los ojos. &Eacute;l no tard&oacute; en darse cuenta de lo que suced&iacute;a, entonces Carmen le contest&oacute; que si le parec&iacute;an maneras esas de ser forastero y tratar a una muchacha del pueblo a la que no conoc&iacute;a de nada. El joven don Juli&aacute;n nunca hab&iacute;a estado tan desconcertado antes en su vida y se preguntaba qu&eacute; podr&iacute;a haber importunado a aquella chica, qu&eacute; gesto o qu&eacute; palabra hubiera sido la ofensa. Y simplemente la vio alej&aacute;ndose por el mismo sitio por el que hab&iacute;a venido con un semblante que bien hubiera valido un retrato.</p> <p>Carmen, al contrario que don Juli&aacute;n, no era ni alta ni enjuta sino m&aacute;s bien todo lo contrario, se dec&iacute;a que escond&iacute;a tres cuartas de su cuerpo bajo tierra. De siempre dijo que en su mocedad hab&iacute;a lucido una cintura estrecha y que en los d&iacute;as de baile don Juli&aacute;n, como todo el mundo le llamaba pese a que ella siempre se olvidase del tratamiento de cortes&iacute;a y acentuase el posesivo con golpes de pecho, cuando no andaba cerca Dionisio, el padre de Carmen, ni Marina, la madre de Carmen, ni hubiera ning&uacute;n pariente de la familia de la novia lo suficientemente cerca como para darse cuenta, la agarraba del talle como quien coge una chaqueta del ropero para echar a correr con ella de la mano y llevarla lo m&aacute;s cerca de la orquesta. Sin importarle si para llegar hasta all&iacute; hab&iacute;a levantado polvo haciendo toser a las viejas y protestar a las m&aacute;s quisquillosas. Una vez all&iacute; la soltaba, porque a&uacute;n no era la &eacute;poca en la que estaba bien visto bailar agarrado, y trataba de mover los pies y la cadera como nuevamente pod&iacute;a, pero ten&iacute;a m&aacute;s estilo de escoba articulada barriendo el suelo que de bailar&iacute;n. Todo el mundo dej&oacute; esto en la memoria como una mentira aceptada por muchos a&uacute;n a sabiendas de que no era verdad pese a que nadie se lo hiciera ver as&iacute;, y much&iacute;simo menos don Juli&aacute;n, porque ella nunca tuvo cintura de avispa ni mucho menos se la pod&iacute;a coger como un abrigo del ropero, y siendo mentira esta minucia tambi&eacute;n pod&iacute;a cuestionarse el resto de la historia.</p> <p>Por el contrario los ojos de los dos si se parec&iacute;an. O se hab&iacute;an ido acercando los de uno a los del otro despu&eacute;s de los a&ntilde;os de convivencia y los restos del amor, o ya hasta compart&iacute;an los mismos grillos negros para distintos ojos.&nbsp; El pelo siempre le andaba tieso apuntando al techo en un intento t&iacute;mido de parecer el peinado de la actriz de alg&uacute;n cartel y el negro ceniza se ve&iacute;a invadido por el blanco que siempre se asomaba en el nacimiento de cada cabello a pesar de combatirlo con tinte e insultos. A don Juli&aacute;n de siempre le gustaron los p&oacute;mulos de Carmen y como parec&iacute;an salirse del rostro cuando re&iacute;a. A pesar de que su risa provocaba un sonido que hubiera sido el terror de un vidriero &eacute;l nunca le dio mayor importancia.</p> <p>Volvi&oacute; a gritar a don Juli&aacute;n para que cogiera un bote del estante superior del armario que trataba de alcanzar in&uacute;tilmente alargando el brazo y viendo que no aparec&iacute;a supuso que estar&iacute;a inmerso en una de esas lecturas que hac&iacute;an que provocara la p&eacute;rdida de la noci&oacute;n del tiempo incluso de la propia identidad y le compensaba m&aacute;s subirse a una silla que ir a buscarle y hacerle andar hasta la cocina con la melod&iacute;a de los reproches y los dientes afilados. Carmen de siempre se sinti&oacute; muy orgullosa de que Juli&aacute;n sab&iacute;a leer y escribir perfectamente sin cometer errores ortogr&aacute;ficos pues en el pueblo bastante era aquel que sab&iacute;a silabear las palabras y emborronar una hoja de papel. Desenrosc&oacute; todos los botes que era menester, incluso algunos que permanec&iacute;an vac&iacute;os, algunos de primeras y otros ayud&aacute;ndose de un trapo mientras mord&iacute;a la lengua a un extremo de la boca. Dej&oacute; todo encima de la mesa de madera y se lo qued&oacute; mirando sec&aacute;ndose unas manos que ya estaban secas con un trapo. Esper&oacute; por un momento como si por arte de magia los ingredientes echasen a volar y se mezclasen en el aire. Pero nada de eso suced&iacute;a mientras sacaba el puchero de debajo de la oxidada pila. Al agacharse a por &eacute;l le cruji&oacute; la espalda y se lo recrimin&oacute; mentalmente. Sab&iacute;a perfectamente que deb&iacute;a flexionar las rodillas, bajar el trasero e inclinar ligeramente el lomo para acceder a ello, sin embargo segu&iacute;a doblando la espalda cuanto pod&iacute;a solo por no darle la raz&oacute;n a Juli&aacute;n que tantas veces la hab&iacute;a indicado como deb&iacute;a agacharse para que luego no se quejase de dolor de espalda. Pero le pod&iacute;a el orgullo y la alegr&iacute;a de llevar la contraria a su marido. Finalmente lo coloc&oacute; en la chimenea que a&uacute;n estaba por encender.</p> <p>Don Juli&aacute;n s&iacute; que se acordaba perfectamente, pero sin embargo los recovecos del olvido se hab&iacute;an encargado de fabricarle un laberinto que provocaba que lo recordase a retazos. Y ten&iacute;a clavado en la memoria como aquella noche se le qued&oacute; riendo pensando en la tozudez de aquella muchacha a la que hab&iacute;a preguntado. Y antes de que pudiera darse cuenta la recordaba antes de dormir&nbsp; s&uacute;bitamente para olvidarla durante el sue&ntilde;o hasta la ma&ntilde;ana siguiente. Como no era de all&iacute; no ten&iacute;a ni la m&aacute;s remota idea de c&oacute;mo encontrarla. Cuando alguna puerta se abr&iacute;a a su paso trataba de que sus ojos se colasen al otro lado por si pudiera verla. Hasta que unos d&iacute;as despu&eacute;s sin venir a cuento la encontr&oacute; en el mismo sitio donde la hab&iacute;a encontrado la otra vez y se sinti&oacute; profundamente est&uacute;pido y peque&ntilde;o. Esta vez fue ella la que le pregunt&oacute; y ya no solo le pareci&oacute; tozuda si no que tambi&eacute;n osada.</p> <p>A Marina, la madre de Carmen, le gustaba aquel chico al que ve&iacute;a entre visillos. Dionisio, el padre de Carmen, pregunt&oacute; por el pueblo&nbsp; si alguien conoc&iacute;a aquel forastero que se ve&iacute;a con su hija y en cuanto algunas de sus preguntas fueron respondidas empez&oacute; a fantasear con la idea de que su hija podr&iacute;a haber pescado a un se&ntilde;orito de ciudad. Y le ven&iacute;an ideas de c&oacute;mo podr&iacute;a ser posible cuando sab&iacute;a que su hija no era ni guapa ni fea y que cuando sacaba el genio era capaz de revolucionar una casa entera. En ese momento empez&oacute; a compadecer a aquel muchacho.</p> <p>Grit&oacute; una vez m&aacute;s a don Juli&aacute;n para que le trajera algo de le&ntilde;a del cobertizo, que de ese modo &eacute;l tan solo hac&iacute;a un viaje mientras que ella deber&iacute;a de hacer dos o tres, pero ni apareci&oacute; la le&ntilde;a asomando por la puerta en los brazos de don Juli&aacute;n ni ninguna voz diciendo que no y mand&aacute;ndola al carajo. Empez&oacute; a ponerse nerviosa y a crecerla una rabia en el interior que la hac&iacute;a sentir calor en las venas. Se remang&oacute; y mientras tanto cogi&oacute; agua del cubo y verti&oacute; una parte dentro del puchero y otra parte encima de sus zapatillas de tela negra que llevaba desde que se levantaba hasta que se acostaba. Tom&oacute; un poco de sal entre tres dedos sosteni&eacute;ndola en vilo y la dej&oacute; caer sobre el puchero como si un druida preparase alg&uacute;n ung&uuml;ento. Se qued&oacute; mirando la mesa discerniendo que r&aacute;bano cortar primero o si picar antes los ajos y el perejil.</p> <p>Hac&iacute;a algunos meses don Juli&aacute;n, una ma&ntilde;ana, se hab&iacute;a despertado m&aacute;s hura&ntilde;o que de costumbre, por el mal final de un libro o incluso por una partida de ajedrez que no le dejaba la conciencia tranquila o tal vez un recuerdo fugaz y doliente, y cuando Carmen se acerc&oacute; a hablarle, &eacute;l contest&oacute; no de la manera m&aacute;s apropiada. No era consciente a&uacute;n de lo que acababa de desencadenar. Ella lejos de decirle nada pas&oacute; la ma&ntilde;ana sin m&aacute;s. Apenas se cruzaron y por lo tanto no tuvieron ocasi&oacute;n de decirse nada. Pero Carmen se cuid&oacute; mucho de preparar las lentejas lo m&aacute;s sosas que fueran posible. Antes de que don Juli&aacute;n se sentase a comer ech&oacute; sal en su propio plato cuidando de que no la hubiera visto. Cuando &eacute;l la prob&oacute; solt&oacute; la cuchara con gesto de asco y se quej&oacute; de que las lentejas no sab&iacute;an a nada ni ten&iacute;an indicios de sal. Fue entonces cuando Carmen se levant&oacute; de su silla tir&aacute;ndola al suelo del impulso, dio un pu&ntilde;etazo a la mesa y le dijo que si se hab&iacute;a levantado con el pie izquierdo no era culpa suya y que las lentejas estaban estupendamente y ten&iacute;an su punto de sal, ni de m&aacute;s ni de menos. Don Juli&aacute;n se levant&oacute; sin decir nada, con su parsimonia habitual, y sali&oacute; mientras segu&iacute;a oyendo como Carmen soltaba por la boca sapos y culebras. Pasaron el d&iacute;a evit&aacute;ndose el uno al otro. Si se encontraban por el pasillo cada uno miraba a un lado diferente de la pared como si no se hubieran visto.</p> <p>Al d&iacute;a siguiente cuando don Juli&aacute;n se despert&oacute; se encontr&oacute; sin vela en el candil. En ese momento supo que eso tan solo era el principio. Cuando se encontraba con Carmen por el pasillo ella lejos de apartarse enfilaba con m&aacute;s ganas el recorrido como si fuera una locomotora echando humo por la nariz. Rara vez se dirig&iacute;an la palabra y cuando lo hac&iacute;an era para que la una le reprochase cualquier cosa desde recordarle que era viejo, o que viv&iacute;a en el fondo de un s&oacute;tano para no mostrar sus sentimientos o le dec&iacute;a chaquetero. &Eacute;l la contestaba con temblor en la voz que con la afici&oacute;n que ten&iacute;a a los chismes y a los lloros bien pod&iacute;a haberse ganado la vida de pla&ntilde;idera y entre sollozo y sollozo podr&iacute;a contar nuevas de los dem&aacute;s. Desde entonces le esperaron en la mesa para comer en los d&iacute;as siguientes un pimiento crudo en un plato con agua, una manzana rellena de carne de gusano, hierba de la que crec&iacute;a en la parte baja de la fachada de la casa e incluso un par de botas viejas con las punteras dobladas hac&iacute;a arriba y las suelas a medio caer que Carmen se habr&iacute;a encontrado por casualidad en alg&uacute;n rinc&oacute;n. Don Juli&aacute;n pensaba que en momentos como ese era cuando su mujer m&aacute;s disfrutaba de los placeres del matrimonio. Y Carmen la verdad es que no se lo pasaba mal del todo porque se pasaba los d&iacute;as con una sonrisa burlona en los labios cual ser&iacute;a su pr&oacute;xima escaramuza. Ya no solo le desaparec&iacute;an al bueno de don Juli&aacute;n las velas del candil si no que tambi&eacute;n algunos libros que pasados unos d&iacute;as aparec&iacute;an en los sitios m&aacute;s inveros&iacute;miles. A tanto llegaron las venganzas de Carmen que Don Juli&aacute;n se despertaba por las ma&ntilde;anas con la psicosis de que nueva sorpresa le habr&iacute;a sido preparada y m&aacute;s de una vez al tomar conciencia de s&iacute; mismo se daba cuenta de que le rechinaban los dientes cuando la sent&iacute;a pasar cerca suya. Lleg&oacute; a tener bajo la cama solo calzado del pie derecho y tuvo que remediarlo poniendo otro zapato del pie derecho de un modelo diferente en el pie izquierdo. Toda represalia no era suficiente para Carmen. Hasta que un d&iacute;a, por fin, se encontr&oacute; Juli&aacute;n con las mondas de una patata sobre el plato y &eacute;l se las comi&oacute; sin rechistar, haciendo de tripas coraz&oacute;n, cort&aacute;ndolas cuidadosamente con cuchillo y tenedor antes de dar cada uno de los bocados. Terminado el plato le dijo a Carmen que era la monda de patata mejor cocinada que hab&iacute;a probado en su vida. Fue as&iacute; como dieron por zanjada aquella guerra sin trincheras.</p> <p>Elevando la voz nombr&oacute; tres veces m&aacute;s a don Juli&aacute;n, esta vez no porque le necesitase para nada. Probablemente ni ella sab&iacute;a por qu&eacute; lo hab&iacute;a hecho, tal vez porque la corro&iacute;a las entra&ntilde;as haberle llamado anteriormente y que no la hubiera hecho el menor caso. Y como obtuvo m&aacute;s de lo mismo resopl&oacute; con aires equinos y con el cuchillo en la mano se decidi&oacute; por dar muerte al r&aacute;bano con maneras de descuartizador no sin antes haberlo cogido y haberle regalado una mirada sentenciadora. Despu&eacute;s lamin&oacute; los ajos casi sin mirar y a una velocidad mucho mayor de la indicada para su edad y para la salud de las yemas de los dedos.&nbsp; El perejil simplemente lo arrug&oacute; entre sus manos como si fuese un peri&oacute;dico viejo y los dej&oacute; marchitos sobre la superficie esperando un mejor trato.</p> <p>Alguna vez Dionisio, el padre de Carmen, y Juli&aacute;n discutieron. Discut&iacute;an sobre todo por las cosas que suced&iacute;an lejos de ellos y de lo que se hablaba en los peri&oacute;dicos. Dionisio no sab&iacute;a que letras representaban que palabras y firmaba con un borr&oacute;n en el dedo pero ten&iacute;a una idea bien formada de los acontecimientos que se suced&iacute;an y por m&aacute;s que su yerno trataba de convencerle &eacute;l sacaba argumentos suficientes para no dar su brazo a torcer e incluso a veces hacer ceder a Juli&aacute;n. Tambi&eacute;n es cierto que el hombre se hab&iacute;a desilusionado cuando comprendi&oacute; que su hija no se convertir&iacute;a en una urbanita porque inexplicablemente para todo el mundo aquel se&ntilde;orito hab&iacute;a enraizado en un mundo rural en el cual no terminaba de encajar y todo eso provocaba que, de un modo inconsciente, de vez en cuando no fuera del todo justo con &eacute;l. Por el contrario Juli&aacute;n desde el principio s&iacute; que se llev&oacute; bien con Zacar&iacute;as desde el principio. Pero es que era imposible que alguien se llevase mal con Zacar&iacute;as pese a que en algunas ocasiones diera muestras de un excesivo radicalismo. Hablaba de cosas como si tuviese un disco en la cabeza y se limitase a utilizar determinados t&eacute;rminos de modo obstinado. Zacar&iacute;as era familiar de Carmen. El padre del uno y la madre de la otra eran primas segundas o algo similar.</p> <p>Trat&oacute; de hacer otra vez que don Juli&aacute;n le hiciera algo de caso a voces y antes de que hubiera ocasi&oacute;n alguna para la r&eacute;plica sali&oacute; de la cocina bufando y envenenando todo cuanto ve&iacute;a. Debido a la velocidad de sus pasos la parte inferior de la bata se iba levantando al vuelo, las plantas de las macetas se inclinaban a su paso, y m&aacute;s parec&iacute;a un caballero camino de las cruzadas que de una anciana con achaques de reuma. De un empuj&oacute;n abri&oacute; la vieja puerta del sal&oacute;n que don Juli&aacute;n siempre dejaba cerrada con la excusa de no despertarla a&uacute;n a sabiendas de que Carmen no se despertaba ni siquiera cuando la pasaba corriendo por el pecho una manada de lobos, o cuando don Juli&aacute;n se desvelaba y comenzaba a moverse en la cama. Don Juli&aacute;n a veces fantaseaba con la idea de que Carmen era capaz de pasarse una noche entera haci&eacute;ndose la dormida tan solo por el gusto de darle un buen codazo en cuanto le sintiera moverse. La puerta se quej&oacute; y antes de que amenazase con hacerse a&ntilde;icos en ese mismo instante se abri&oacute;. Fue entonces cuando lo vio todo.</p> <p>Vio el tablero de ajedrez volcado con algunas piezas intentando rodar hasta el suelo y otras que ya hab&iacute;an alcanzado la liberaci&oacute;n y permanec&iacute;an con sus huesos sobre las baldosas. M&aacute;s all&aacute;, como si la hubieran crecido pies de la base y hubiera echado a correr todo lo lejos posible permanec&iacute;a la dama negra habi&eacute;ndose librado del desastre por un capricho de la divina providencia. Hasta los caballos rodando boca abajo hab&iacute;an dejado de sonre&iacute;r. La ventana cubierta con gotas de lluvia ara&ntilde;ando a&uacute;n el cristal y las hojas de un libro extendi&eacute;ndose por el piso queriendo huir de la esclavitud impuesta en la imprenta. Y en medio de todo ello don Juli&aacute;n, con los ojos abiertos, en el suelo de medio lado, recostado sobre el lado izquierdo y las rodillas contra&iacute;das. Observando a las mariposas. El brazo a&uacute;n extendido sobre el suelo parec&iacute;a se&ntilde;alar&nbsp; la ventana abierta por donde hac&iacute;a un rato se habr&iacute;a colado el amanecer. En el rostro la boca y los ojos abiertos de un modo exagerado, como si hubiese querido encontrarse con la muerte con el peor de sus gestos para que no tuviera un grato recuerdo de &eacute;l.</p> <p>Carmen se llev&oacute;&nbsp; las manos a la boca queriendo contener un grito de horror y sali&oacute; corriendo tirando todo cu&aacute;nto se encontraba a su paso; macetas y cachivaches inservibles por igual. Corriendo m&aacute;s de lo que nadie hubiera imaginado. Dobl&oacute; la puerta del sal&oacute;n hacia la derecha casi sin cambiar la trayectoria de su cuerpo&nbsp; y enfil&oacute; el pasillo principal de la casa a la velocidad del viento. Abri&oacute; de un golpe brutal la puerta que daba a la calle, que&nbsp; era la m&aacute;s pesada de todas, y se dej&oacute; caer de rodillas al suelo sosteni&eacute;ndose las l&aacute;grimas con las manos, mand&oacute; callar el trino de los p&aacute;jaros y los zigzagueos que se o&iacute;an entre las piedras y en voz alta, llorando las palabras, sin la intenci&oacute;n de que nadie la escuchase grit&oacute; que Juli&aacute;n, su Juli&aacute;n, hab&iacute;a muerto, que don Juli&aacute;n estaba muerto en el suelo de su sal&oacute;n y que como podr&iacute;a haber sido posible eso. Ya hab&iacute;a dejado de llover, pero el suelo segu&iacute;a h&uacute;medo. &nbsp;Maldijo el cielo, el suelo que pisaba, a los &aacute;rboles, la lluvia. Se maldijo a si misma e incluso parece que fruto de la ira maldijo al mismo don Juli&aacute;n sin ser consciente de las palabras que se la escapaban de la boca. Maldijo la sierra, la tierra que jam&aacute;s debieron abandonar y la nueva que hab&iacute;an encontrado, maldijo tambi&eacute;n el porqu&eacute; de que se hubieran puesto del lado equivocado. Todo ello, y por primera vez en su larga vida, sin importarla lo m&aacute;s m&iacute;nimo que hab&iacute;a salido a la calle con pelos de loca y una bata repleta de pelotillas.</p>]]></description><pubDate>Fri, 05 Nov 2010 17:02:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
